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Una pareja muy limpia

En la esquina de un patio cualquiera se encontraba recargada una vieja pero eficaz escoba. Observaba con detenimiento cómo, cada día, llegaban nuevos compañeros y sabía que pronto su fin estaba cerca.

No se engañaba. Ya le había tocado despedir al recogedor, su fiel compañero de equipo. De tanto andar de aquí para allá, un día se quejó de un dolor y, sin más ni más, sufrió la fractura y el desprendimiento del mango. Así que, al siguiente lunes, cuando escucharon la campana del camión de la basura, no les quedó más que despedirse.

En otra ocasión fue la amiga tina verde la que se averió gravemente. La nueva señora del aseo la aventó sin consideración por sus años de servicio y se escuchó un fuerte tronido.

La tina verde le echó la viga.

—¡¿Cómo se atrevía a maltratarla?! Ella, que diligentemente llevaba el agua a todos los rincones y que se esmeraba en hacer equipo con don Trapeador, por cierto, un viejo cascarrabias y desaliñado.

El colmo llegó cuando, al sonido de las campanas del camión de la basura, el hombre, sin ninguna consideración, tomó la tina y se la puso de sombrero.

Dentro de la casa todos murmuraban escandalizados por la falta de respeto y por la manera en que habían tratado a su compañera de limpieza.

Por cierto, don Trapeador y doña Escobina eran viejos esposos. Tan viejos en aquel patio que ya no recordaban los días en que se conocieron.

Ella había quedado impactada por la cabellera larga y frondosa del galán. Y él, a su vez, se había impresionado al ver llegar, tan derechita y altiva, a doña Escobina aquel lunes de quincena.

Desde entonces se volvieron un equipo inseparable. Presenciaron historias familiares, barriendo capítulos cotidianos y, otras veces, el confeti de los momentos inolvidables.

Incluso habían trapeado lágrimas cuando el abuelo partió o durante las despedidas de los hijos al marcharse de casa para iniciar nuevos horizontes.

Cuando el tiempo pasa, uno no suele reparar en ello.

Fue una mañana cuando doña Escobina juntó varios mechones atorados en las patas de la mesa y, al volver al patio, observó que don Trapeador se estaba haciendo viejo.

Pensó que pronto serían reemplazados.

Y así fue.

Un domingo, mientras soñaban, la campana sonó y se los llevaron, muy derechitos y acomodados, en el camión recolector.

No hubo despedidas ni tristezas, porque sabían que en aquel nuevo lugar los esperaban sus amigos de guerras pasadas, recostados y descansando del ajetreo de la vida…

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MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento para el Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Junio 21 de 2026.

En la esquina de un patio cualquiera se encontraba recargada una vieja pero eficaz escoba.
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