He nacido de un cabello. Al tiempo, se me han pegado otros y luego diminutos amigos que deambulaban por la casa. Así, de ser una diminuta pelusa, me he convertido en Pelusón.
Ser pelusa tiene sus ventajas. Puedo pasear por todos los rincones de la casa y, en cuanto escucho que llega Juanita con la escoba depredadora, corro a esconderme bien en la pata de una cama. A veces me descubren y ahí voy al recogedor, pero en cuanto siento un poco de viento, corro presuroso hacia cualquier abrigo de lana y me quedo pegado, tratando de ser invisible.
Otra de las ventajas de ser Pelusón es que puedo crecer invitando a más amigos o bien fragmentarme y seguir diminuto de pieza en pieza. Dicen que ese cabello tenía una carga eléctrica, lo que permite mi crecimiento, pues otras partículas se suman como imanes. Será el sereno.
En ocasiones he pasado las de Caín. Un día, por ejemplo, Pepito dejó su paleta y yo intenté probar bocado. ¡Zaz! Me he quedado pegado. Esa noche lloré y lloré y supongo que, por mis lágrimas, el dulce se fue derritiendo y me liberé de semejante trampa.
Hoy ha llegado algo que no había visto por la casa. Es una máquina cuadrada con una trompa impresionante. La escucho pasar por cada cuarto mientras Juanita canta “Él me mintió” con una injundia terrible.
Se abre la puerta y escucho a la devoradora.
—¡Mi Dios, viene por mí!
Me ha tragado de un solo bocado. Quería llorar, pero en el instante del aterrizaje me he encontrado un mundo de amigos pelusines.
¡Es el oasis!
¿Y qué creen?
Ya llenamos la bolsa de Juanita.
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MAYRA DÍAZ LARA / Cuéntame un Cuento Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Mayo 10 de 2026.

