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Duelo de un amor

La abuela Agustina era sabia. A sus 86 años, le había tocado mirar todo aquello que pasa por el mundo, como a través de un lente de cámara. Observadora, de esas a las que no se les iba ni un gesto, ni un color y menos aún un aroma. Así que el día que me encontró hecha un ovillo en el sillón de la sala, me miró unos cuantos segundos y, con su bastón, se acercó despacio.
—Y tú, chamaca, ¿estás de mal de amores, verdad?
—Abue, me duele mucho —contesté.
—Y te va a doler más, porque sentirás la ausencia, porque no habrá domingos de paseo, ni meses de aniversario, ni besos enmielados.
—¿Y qué se hace en estos casos, abue? —le cuestioné con los ojos hinchados de tanto llorar.
—Mira, hija, te voy a decir lo siguiente: por las noches agarra su almohada y muérdela fuerte, tan fuerte que te duelan los dientes. Llora hasta que te sacudas y te sientas tan cansada que el sueño te venza. Dentro de un mes platicamos.
Mi abue era la mujer más lista que yo he conocido y siempre tenía el consejo certero. Así que, cuando me regaló aquellas palabras, seguí al pie de la letra sus sugerencias.
Por supuesto que durante el día me sentía invadida de una melancolía impresionante. Dejé de prestar atención a mi alrededor y el llanto llegaba como un invitado indeseable. La abue Agustina se sentaba en su mecedora y, desde lejos y calladita, me observaba discretamente.
Justo al mes, ese bastón me tocó para sacarme de mis cavilaciones.
—Abue, todavía duele.
—Y seguirá doliendo —contestó.
—Pero, ¿sabes, abue? Me empieza a llegar otro sentimiento. Me siento enojada, y más aún estoy enojada con el innombrable.
Mi abue soltó una sonora carcajada y me dijo:
—Nómbralo todas las veces que puedas y, por las noches, imagina una olla de esas grandes de barro donde pongo a cocer los frijoles. Enójate, échale maldiciones, dile palabrotas y aviéntalas a la olla. Si la olla se llena, imagínala más grande. Hazla del tamaño de un cazo de esos donde se ponen a cocer las carnitas los domingos en el rancho de tu tío Julián.
Y así sucedió. Al caer la oscuridad, una mezcla de lágrimas y enojo se iba directo al cazo. Había días en que estaba tan enojada que las palabrotas querían salirse y llegar al celular para decírselas al susodicho. Luego recordaba hacer más grande el cazo y me vencía el sueño.
Al tercer mes, la abuela me mandó llamar.
—¿Cómo te sientes? —preguntó.
—Abue, anoche soñé que el cazo se rompía y hoy desperté sin ganas de llorar ni de decir palabrotas.
A partir de ese día, la abue me preguntaba una y otra vez:
—¿Y por qué te gustó? ¿Qué dices que te enamoró? ¿Qué te hizo sentir especial? ¿Cómo eran esos ojos que tanto te gustaban? ¿A dónde paseaban?
Y así, día tras día, le conté la historia de amor.
Una tarde, mientras mi abuela se sentaba con su café en la mano y se disponía a comenzar con las incesantes preguntas, le dije:
—Abue, mejor vamos a hablar de ti, de cuando eras niña.
Ella esbozó una sonrisa, me guiñó el ojo y terminamos recordando sus ayeres.
—¿Y ahora qué sigue, abue? ¿Qué hago con este amor?
Y, como siempre, sus respuestas eran tan insospechadas.
—Ahora te vas a comer un chocolate diario. Vas a cerrar los ojos y disfrutar de su sabor. Te vas a salir a caminar y, por las tardes, me contarás cómo se veían las nubes, el movimiento de las hojas de los árboles, el sonido de los pájaros, la sensación de tus tenis al pisar. Te voy a pedir que, cuando te bañes, cantes muy fuerte, disfrutes el agua y luego, al salir, te pongas una crema de esas olorosas.
De pronto, me vi saboreando un chocolate como un manjar. Reparé en paisajes que habían pasado frente a mí cientos de veces inadvertidos. Me llené de energía cantando a todo pulmón.
Pasaron los copos de hielo, arribaron las mariposas monarca y, un día, caminando en un centro comercial, me encontré al innombrable.
Solo fueron breves instantes, un intercambio de miradas.
Ya no dolió.
Mayra Evangelina Díaz Lara / Cuéntame un Cuento Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Mayo 24 de 2026.
Abuelita cuenta un cuento.
Duelo de amor.
LA BRECHA
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