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El último deseo

Desde que era un polluelo, cuando escuchaba la palabra fiesta, le brincaba el corazón.

En la granja se armaba el alboroto. Veía correr a los guajolotes de un lado a otro, con sus largos cuellos estirados hacia la casa principal. Los cochinos se ponían inquietos y despedían un olor más intenso que de costumbre. La gallina se emocionaba al ver a las criadas caminar apresuradamente por los patios, cargando grandes canastas repletas de cacahuates, piloncillo y chocolate.

Por eso, en medio de toda aquella agitación, ella trataba de espiar para descubrir qué ocurría con esa música que se escuchaba hasta las caballerizas.

Así que el día que llegaron a la granja, lejos de huir como todas las demás gallinas, se quedó inmóvil. De hecho, levantó la cabeza y esperó pacientemente a que la tomaran.

¡Tenía tantas ganas de ir a la fiesta!

Solo que el camino no fue como ella lo imaginaba. La llevaron a la cocina, donde todo olía delicioso. Miró las ollas de agua hirviendo y pensó:

—Segurito van a preparar chocolate caliente.

Las mujeres comenzaron a amarrarla y ella creyó que le pondrían un hermoso vestido.

Entonces se escuchó un ruido seco…

Le habían torcido el cuello.

Aquella noche fue la invitada de honor, presente en cada mesa de la celebración, convertida en un mole bien sazonado acompañado de un magnífico arroz rojo.

Finalmente, había cumplido su último deseo.

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MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento Para El Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Junio 7 de 2026.

El último deseo.
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