Eran las tres de la mañana y me encontraba profundamente dormida cuando empecé a escuchar un ligero ruido:
—Tic, tic, tic.
Me desperté un tanto desconcertada y, por un momento, creí que había sido un sueño, pero no. Nuevamente escuché:
—Tic, tic, tic.
Prendí la luz y vi que mi lapicero, sobre el escritorio, muy paradito, brincaba como si estuviera bailando tap.
Al principio me asombré un poco, pero casi me caigo de la cama cuando me dijo:
—Oye tú, vente a escribir. Me tienes olvidado y, francamente, ser un lapicero en desuso es bastante aburrido.
—Es que no puedo —le contesté.
—¿Y eso por qué?
—Pues no sé, ando un poco distante de la imaginación.
—Ven acá, no seas floja.
—Es que es muy temprano, tengo sueño.
—¿Y eso qué? ¿No sabes que los mejores cuentos han salido en un momento de casualidad?
—Pero… ¿de qué escribo?
—¿Cómo que de qué? ¿No te parece que en el mundo hay suficientes temas que observas cada día? Yo, por ejemplo, aquí desde el escritorio, acostado y calladito, miro cómo doña Agustina entra a barrer el cuarto. Llega con alguna canción guapachosa y a todos nos zangolotea con su escoba.
«Luego viene el señor Don Pelos Largos», muy recién bañado y oliendo a pinol. Pasa su enorme cabellera por el piso y deja el cuarto con un aroma muy agradable. Debo confesarte que es medio creído, pues se levanta y mueve su cabello de un lado a otro. A veces lo saludamos, pero él, muy altivo, responde:
—Buenas tardes.
Creo que trae competencia con doña Escobina del Hogar Rincón. Ella llega primero y entra a todos los rincones del piso. Algunos le tienen un poco de temor, pues no perdona. Hemos visto partir a los amigos pelusas, a los papelitos indiscretos y, vaya que sí, barre con todo.
En cuanto llega don Trapeador, se siente la competencia por ver quién deja mejor el cuarto. Pero, francamente, creo que ambos trabajan muy bien. Eso sí, observo que doña Agustina zangolotea mucho a Don Pelos Largos y empiezo a darme cuenta de que se le está cayendo su frondosa cabellera.
Desde aquí también hemos notado que las cortinas andan molestas, pues últimamente, con el calor, las amarran y se quejan de que parece que traen faja. El otro día olvidaron hacerlo y hubo un aire que las levantaba como esos fantasmas que nadie ve, pero que existen.
Uno que se siente muy, muy importante es el espejo, siempre brillante y reluciente.
Las que han estado un poco olvidadas son las amigas brochas de maquillaje. Supongo que, por el calor, no las necesitan tanto.
A quienes desempolvaron del cajón fue a los lentes. Salieron de todos colores, muy listos para entrar al quite con la primavera.
También han guardado en bolsas negras a los señores Abrigo y Botas de Peluche.
Ahora llegaron los vestidos de colores, muy alegres y dispuestos a empezar la temporada de modelaje.
—¡Ring, ring!
Ya son las cinco.
Hora de levantarse para Mayra Díaz.
Caray… y yo pensando que no tenía de qué escribir.
Aunque usted…
no lo crea.
MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Cuéntame un Cuento Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Junio 14 de 2026.

