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El gran secreto

Nadie sabía cómo había llegado. Unos decían que era obra de un artista contemporáneo muy afamado que quiso mostrar su pieza de incógnito.

Las filas del Vértice Contemporáneo estaban a reventar. Cada día, miles de turistas llegaban a observar las exposiciones permanentes de Picasso, de Dalí y otros autores de renombre mundial.

A las diez de la mañana comenzaba el ingreso. Con filas interminables, la gente observaba a detalle las pinturas, las esculturas e incluso el acomodo de las salas y el sofisticado juego de luces.

Cada obra estaba custodiada por aparatos de seguridad de vanguardia. Se mantenía una distancia prudente; si alguien osaba traspasar el perímetro señalado, las alarmas sonaban inmediatamente y los custodios acudían a retirar al intransigente.

El lugar contaba con una ventilación especial, luces tenues y cristales de gran grosor e irrompibles. Las obras estaban absolutamente a salvo de cualquier tragedia.

Chinos, alemanes, franceses, mexicanos… de todos los continentes, era una parada obligada en la Ciudad de México.

Y, como es casi tradición, justo en septiembre, nuestro ombligo del país tuvo una gran sacudida. Las alarmas sísmicas comenzaron a sonar escandalosamente.

Los mexicanos, ya acostumbrados, guardaron la calma y apoyaron a los extranjeros. En medio del caos, de los gritos y las crisis de nervios, los coordinadores orientaron a la gente hacia las puertas de salida.

Y como «a río revuelto, ganancia de pescadores», no permitieron que ningún extraño se quedara en la sala.

Jaimito, el conserje, fue el único que no se inmutó. Después de casi sesenta y cinco años en el museo, ya se las sabía de todas, todas.

Era un hombre viejo pero de buenas raíces, con cimientos que no le impedían trabajar, aunque el cansancio ya cobraba factura.

Tan acostumbrado estaba al «zangoloteo» de septiembre que siguió barriendo con su habitual tranquilidad. Quiso adelantar la faena en los amplios salones.

Pero a los ochenta años la escoba cansa, así que decidió bajar al sótano para sentarse un momento y comerse su torta de jamón que su esposa le había preparado con esmero.

Sabía que las cámaras estarían en automático y, si después las revisaban, no pasaría nada. Jaimito era ya casi parte del inventario.

Bajó con cuidado y encontró una piedra con mezcla de acero que habían dejado los albañiles. Los maestros de la construcción le habían pegado unos cristales luminosos que encontraron por ahí. Resultaba muy cómoda.

Con esfuerzo, la subió al diablito y la acomodó al lado de los Picasso. Allí se comió su torta de jamón. Se tomó un trago de Coca-Cola, recogió las sobras y fue a buscar un bote de basura.

Justo entonces llegó un segundo temblor, pero esta vez sí se asustó. Polvoradas de tierra caían por el techo y las vigas empezaron a ceder.

Una viga le cayó en la cabeza. El impacto fue certero y letal; la vida de Jaimito se apagó en un instante.

Al día siguiente lo encontraron, con su uniforme gris y una escoba a su lado.

Días después, cuando todo volvió a la normalidad, las obras seguían intactas. Arreglaron las vigas y la vida siguió su curso.

Sin embargo, algo había cambiado.

Dicen que fue un europeo quien «descubrió» la piedra de Jaimito. Comentó que era un original de Clauves Sirrate, escultor cotizado en billones de dólares.

La versión corrió veloz. En medio del caos del sismo, el panel de iluminación había sufrido un cortocircuito. Una luz de emergencia roja había quedado apuntando directamente hacia la piedra.

Al hacer contacto con los cristales pegados por los albañiles, le daba una apariencia elegante, con personalidad.

Expertos y curadores llegaron a dar testimonio de la supuesta veracidad del hallazgo. En un proceso apresurado y más basado en la reputación que en un estudio exhaustivo, «comprobaron» la antigüedad y semejanzas, autentificando la obra.

Clauves Sirrate había muerto un año antes, así que no pudo desmentirlo.

Los dueños del museo, viendo el flujo de visitantes, decidieron guardar silencio.

Entre los albañiles se contaba el chiste local. Ahí estaba la piedra que había servido para sentarse y calentar sus tacos. Y ahora resultaba ser una de las siete nuevas maravillas del mundo.

Solo soltaron una sonora carcajada y se fueron a la tienda a comprar una caguama bien fría. Nadie diría nada, sería su secreto y su anécdota.

Total, a nadie le convenía que los albañiles se quedaran sin trabajo, ¿no?

Mayra Evangelina Díaz Lara / Cuéntame un Cuento Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Abril 26 de 2026.

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