Ocho años y mis pies me dolían intentando acabar de vender la caja de chicles. Había caminado tanto que lo único que deseaba era una silla cómoda y un buen vaso de agua.
Pero, en cambio, apareció ante mí una enorme carpa de circo roja.
Flaco, de esos que parecen forrados, así era yo. Era temprano y las funciones todavía no comenzaban, así que me escabullí sin que nadie reparara en mi presencia.
Ante mis ojos parecía como si hubiera entrado a un universo paralelo. Parado e hipnotizado, me atraparon los colores, las lianas enormes que colgaban, los círculos donde más tarde vería enormes leones obedientes.
Seguí caminando y reparé en un lugar donde tres elefantes platicaban amenamente.
Llegué a un tráiler y descubrí un mundo de pelucas de colores, pinturas, narices de bola y unos trajes justo del tamaño de un niño malcomido. Inmediatamente me quité los zapatos y me puse la vestimenta. Me acomodé la peluca, tomé pintura blanca y, por último, la nariz de pelota. Miento, aún me faltaba el toque final: un par de zapatotes bicolor.
En eso estaba cuando escuché un ruido. Corrí a esconderme en un armario y los vi llegar. Eran siete enanos, casi como los del cuento de Blanca Nieves. Uno a uno fueron tomando su ropa y las pelucas; no sé por qué había una extra, que por cierto traía yo.
Uno de ellos llegó a mi escondite y, al abrir la puerta, solo me dijo: “¡Date prisa, que ya vamos a comenzar!”.
En dichas circunstancias, uno no atina más que a seguir la corriente, y así sucedió.
De pronto me vi formado con un montón de enanitos payasos que hicieron fila atrás del hombre del sombrero, que medía como tres metros y caminaba extraño con una gran capa roja.
Y, como si las sorpresas no fueran suficientes, quién sabe de dónde salieron un par de changos que correteaban a los enanos. Me llevé el susto del siglo, pues uno de ellos se quería subir a mis hombros. Empecé a correr dentro y fuera del círculo de los artistas y la gente comenzó a aplaudir.
No atinaba todavía a reaccionar cuando, de los cielos, una muchacha me tomó de las manos y me elevó. Apenas intentaba reponerme cuando me aventó a otro hombre volador; me cachó entre sus piernas y me dejó caer en una gran malla, en donde un hombre fortachón me cargó como quien agarra un lápiz y me llevó al cañón.
Para esos momentos, la gente se carcajeaba y comía palomitas, y yo no tenía ni idea de que me convertirían en hombre bala.
Allá fui a parar y una mujer enorme me tomó en sus brazos y me dio unos aros gigantes junto con los enanos, que se acomodaron en semicírculo, así que inmediatamente hice lo mismo. ¡Qué cosa cuando van saliendo los leones y pasaban entre los aros de fuego! Creo que ese día temblé más que una gelatina.
Finalmente entró un elefante y la mujer voladora me tomó de los brazos y me depositó sobre él.
Las familias comenzaron a aplaudir y yo, con toda la inocencia de mis ocho años, alcé la mano y salí despidiéndome.
He de reconocer que ese día no me importó no vender la caja de chicles ni la golpiza que me dio mi padrastro.
Siempre tendría mi gran momento para recordar, aún hoy, a mis 72 años
Un cuento para el domingo
Copyright
MAYRA EVANGELINA DÍAZ / Cuéntame un Cuento Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Mayo 3 de 2026.


