- ** La narrativa oficial fue poderosa.
- ** Ninguna organización compleja puede sostenerse únicamente mediante normas y procedimientos.
- ** El conflicto actual no surge únicamente de demandas salariales.
En medio de las movilizaciones magisteriales que hoy recorren diversas regiones del país, el debate público parece atrapado en una falsa dicotomía: los maestros tienen razón o no la tienen. El gobierno debe ceder o mantenerse firme. El sindicato defiende derechos o defiende privilegios.
Sin embargo, la verdadera pregunta es otra, mucho más profunda y necesaria:
¿La reforma educativa de 2013 resolvió los problemas que prometió resolver o terminó construyendo un sistema más burocrático, centralizado y conflictivo que hoy sigue cobrando factura a México y particularmente a Zacatecas?
Han pasado más de diez años desde que aquella reforma fue presentada como la gran transformación educativa del siglo XXI. Se prometió transparencia, calidad, profesionalización docente y recuperación de la rectoría del Estado sobre la educación.
La narrativa oficial fue poderosa. El problema era el sistema. El obstáculo era el sindicato. La solución era la evaluación.
Pero la historia, como suele ocurrir, resultó más compleja.
El investigador Carlos Ornelas ha sostenido que la reforma representó una profunda reconfiguración del poder educativo nacional. No solamente se modificaron procedimientos administrativos; se transformó la relación histórica entre el Estado y el magisterio. Lo que durante décadas había funcionado mediante negociación y acuerdos bilaterales fue sustituido por mecanismos centralizados de control y regulación.
En términos políticos, el Estado recuperó espacios de decisión.
En términos laborales, miles de docentes percibieron que perdían espacios de participación.
Y en términos psicológicos ocurrió algo todavía más delicado: comenzó a fracturarse la confianza.
Niklas Luhmann, uno de los grandes teóricos de la confianza institucional, advertía que ninguna organización compleja puede sostenerse únicamente mediante normas y procedimientos. Necesita confianza. Cuando ésta desaparece, las instituciones empiezan a funcionar sobre la base de la sospecha permanente.
Eso fue precisamente lo que ocurrió.
La evaluación docente, concebida inicialmente como una herramienta de mejora, fue percibida por amplios sectores del magisterio como un mecanismo de vigilancia y sanción. La autoridad dejó de ser vista como acompañante y comenzó a ser vista como supervisora.
La reforma buscó resolver un problema técnico, pero generó un conflicto simbólico.
Y los conflictos simbólicos suelen ser mucho más difíciles de resolver.
Porque mientras los gobiernos hablan de indicadores, los trabajadores hablan de dignidad.
Mientras la administración habla de eficiencia, los docentes hablan de reconocimiento.
Mientras las autoridades defienden la legalidad, los maestros defienden lo que consideran derechos históricos.
La distancia entre ambas visiones fue creciendo hasta convertirse en una brecha de desconfianza que todavía hoy no logra cerrarse.
En Zacatecas, además, el problema adquirió características propias.
La implementación de nuevos esquemas de financiamiento, la transición hacia el Fondo de Aportaciones para la Nómina Educativa y Gasto Operativo (FONE), la coexistencia de trabajadores federalizados y estatales, y la incapacidad histórica para resolver el déficit educativo, fueron generando una tormenta perfecta.
La consecuencia fue conocida por todos: crisis recurrentes de pago, incertidumbre laboral, movilizaciones y una creciente percepción de abandono institucional.
Lo paradójico es que la reforma que buscaba ordenar el sistema terminó exhibiendo sus debilidades estructurales.
El conflicto actual no surge únicamente de demandas salariales.
Detrás de cada marcha existe una discusión mucho más profunda sobre la bilateralidad, el Sistema para la Carrera de las Maestras y los Maestros (USICAMM), la estabilidad laboral, las jubilaciones y la autonomía profesional.
Por eso resulta insuficiente calificar las movilizaciones como simples actos de presión o caprichos sindicales.
Tampoco sería correcto idealizar todas las demandas magisteriales.
La realidad exige mayor seriedad intelectual.
Porque una democracia madura no se construye descalificando al que protesta ni glorificando automáticamente cualquier protesta.
Se construye comprendiendo las causas.
El sociólogo Pierre Bourdieu afirmaba que las instituciones conservan su legitimidad mientras los ciudadanos creen en ellas. Cuando esa creencia se erosiona, el conflicto deja de ser administrativo y se convierte en político y cultural.
Eso es exactamente lo que estamos observando, hoy no sólo está en disputa un modelo educativo, está en disputa la confianza.
La confianza de los maestros hacia el Estado, a confianza de los padres hacia las instituciones, la confianza de la sociedad hacia quienes tienen la responsabilidad de formar a las nuevas generaciones.
Y quizá ahí radique la mayor lección de estos últimos doce años, las reformas pueden modificar leyes.
Los gobiernos pueden cambiar estructuras, los sindicatos pueden reinventar estrategias.
Pero ninguna transformación educativa será sostenible mientras quienes enseñan perciban que las decisiones se toman sin ellos y no con ellos.
La educación siempre ha sido mucho más que planes de estudio, evaluaciones o presupuestos, es una relación humana.
Y toda relación humana se sostiene sobre una palabra que la política suele olvidar con demasiada frecuencia:
Confianza.
Mientras esa deuda permanezca pendiente, ninguna reforma podrá considerarse verdaderamente exitosa.
Y Recuerda que… Entre Todos, La Familia.
Tres para ti Doc.
Facebook: Víctor De LA Brecha
Twitter: @GarciaVicko
VÍCTOR HUGO GARCÍA / Tercera Fuerza / Zacatecas, Zac. / 18 / junio / 2026.

