Era la casa de mi abuelo: un enorme y viejo edificio de muchos cuartos y un gran pasillo. A mis diez años, ocho habitaciones se veían como la entrada al paraíso. Largas y pesadas cortinas de terciopelo rojo, cuadros con olor a encierro —que por nada del mundo cambiaría—, mesas de madera pesada y muchos espejos, algunos de ellos con cristales que me parecía habían sido traídos de algún castillo.
Pero de todos los cuartos había uno que era mi favorito: definitivamente el último, al cual no entraba mucho, pues mi abuelo decía que ahí tenía sus mayores tesoros. Al abrir la puerta se sentía el olor a libros; desde entonces, ese aroma me recuerda a mi abuelo y a una historia que nadie me creyó jamás.
Eran pasadas las ocho de la noche y el abuelo se había retirado a dormir. Yo, con mi bata larga, me quité las pantuflas para no hacer ruido. Tomé una vela y, sigilosamente, me dirigí al cuarto del tesoro.
En medio de la habitación, el loro José, subido en un atril, leía un cuento. Sentados al pie del sofá, los cuatro gatos del abuelo permanecían muy atentos al relato. Los perros, que toda la mañana ladraban sin parar, también estaban en silencio, recostados, escuchando la historia. Pero eso no era todo: en la repisa, los libros se habían acomodado muy ordenados y derechitos, para no perderse ninguna palabra.

Al entrar, empujé la puerta suavemente, pero esta emitió un rechinido. El loro, con el lápiz en la garra, gritó:
—¡Guarda silencio, niña Sofía, o serás expulsada! Ya todos saben las reglas.
En ese momento, todos voltearon a mirarme para expresar su disgusto por la interrupción.
El sillón café reclinable me silbó:
—Pasa, niña, siéntate.
No sé cuánto tiempo transcurrió, pues el cuento me atrapó completamente, y solo cuando dijo “fin” me atreví a moverme.
Los gatos estiraban sus garras lentamente y, en ese instante, el loro volvió a hablar:
—¡Atención, atención! El libro de la fila cinco, Los frijoles mágicos, se ha enfermado severamente; le duele el lomo y necesita quien le ayude.
En la vitrina dos se asomó el de medicina con plantas naturales:
—¡Yo, yo le ayudaré! —dijo.
—En el punto número dos de la sala de lectura —continuó el loro—, quiero informarles que al señor ratón no se le prestará ya ningún libro, pues me temo que esos pedazos carcomidos que regresó se deben a la tentación.
—Como punto número tres: el abuelo se duerme continuamente y debemos ayudarlo a que no se le pierda la hoja donde va. ¿Alguna idea?
—Sí —dijo la regla—, yo me mudaré al interior del libro para que siempre sepa en qué página se quedó.
—Como punto final, pido un aplauso para Sofía, que según nos cuentan, cada día lee más. Solo quien lee es capaz de imaginar y observar este tipo de reuniones.
Las palmadas no se hicieron esperar.
Me puse tan roja como camarón y me escondí en mi larga cabellera. Era hora de volver al cuarto y, definitivamente, seguiría leyendo al otro día, y al que le sigue, por el resto de mis días.
De vez en cuando observo pasar a un diminuto ratón cargando un libro, pero prefiero guardarme ese secreto. Solo los que leen pueden observarlo… y, por cierto, ahí va cargando un gran pedazo de pizza que se ha de haber robado de la cocina.
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- R.
MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Cuéntame un Cuento Mayra / Abril 05 de 2026.

