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EL PAN Y EL CIRCO DEL SIGLO XXI

  • ** Mundial, maestros y la batalla por la atención pública.
  • ** La disputa silenciosa por el alma de la nación.
  • ** Las sociedades más sólidas son aquellas capaces de celebrar sus logros sin dejar de atender sus pendientes.

 México vive hoy una paradoja que merece ser observada con atención.

Mientras el país se prepara para mostrarse al mundo como anfitrión de uno de los espectáculos deportivos más importantes del planeta, miles de maestras y maestros continúan exigiendo respuestas a demandas que, en muchos casos, llevan años sin resolverse. Mientras los estadios se convierten en vitrinas internacionales, las calles siguen siendo escenario de protestas. Mientras las cámaras enfocan la fiesta, otros intentan que no se pierda de vista la inconformidad.

No es una contradicción nueva.

Es una constante histórica.

Desde la antigua Roma, los gobernantes comprendieron el enorme poder de los espectáculos públicos para fortalecer la cohesión social y disminuir las tensiones colectivas. El poeta romano Juvenal lo resumió hace casi dos mil años en una expresión que atravesó los siglos: panem et circenses, pan y circo.

La frase ha sido simplificada muchas veces, pero conserva una vigencia inquietante. No porque los espectáculos sean negativos en sí mismos, sino porque con frecuencia se convierten en poderosos mecanismos para desplazar la atención pública de los problemas estructurales hacia las emociones inmediatas.

Hoy el circo ya no es el Coliseo, es la pantalla global, es el espectáculo transmitido a millones de hogares.

Es la narrativa cuidadosamente construida para mostrar modernidad, estabilidad, desarrollo y éxito.

Nada de eso es ilegítimo, lo preocupante surge cuando la imagen comienza a importar más que la realidad, cuando la fotografía vale más que el diagnóstico, cuando la celebración ocupa el lugar de la discusión, y cuando la emoción sustituye al pensamiento crítico.

El sociólogo francés Guy Debord advirtió este fenómeno en su obra La sociedad del espectáculo. Según Debord, las sociedades contemporáneas tienden a sustituir la experiencia real por representaciones cuidadosamente construidas. Lo importante deja de ser lo que ocurre y pasa a ser lo que parece ocurrir.

La observación resulta especialmente pertinente en tiempos donde la política y la comunicación pública se encuentran cada vez más fusionadas.

Los gobiernos modernos no solamente administran recursos; administran narrativas, no solamente gobiernan territorios; gobiernan percepciones, no solamente toman decisiones; gestionan imágenes.

Por ello, los grandes eventos internacionales poseen un enorme valor político. Permiten proyectar capacidad organizativa, atraer inversiones, fortalecer la marca país y generar orgullo nacional.

Pero también pueden funcionar como una gigantesca cortina emocional que reduce temporalmente la capacidad de observación crítica de la ciudadanía.

La psicología social lleva décadas estudiando este fenómeno.

Gustave Le Bon, uno de los pioneros en el estudio de las masas, observó que los individuos reunidos bajo una emoción colectiva tienden a actuar más desde el sentimiento que desde la reflexión. Décadas después, autores como Serge Moscovici profundizarían en cómo las representaciones colectivas moldean la percepción de la realidad.

Dicho de otra manera: cuando una sociedad está emocionalmente concentrada en un gran acontecimiento, otros asuntos pueden perder visibilidad, aun cuando sean fundamentales para su futuro.

Y aquí aparece el verdadero dilema nacional.

Porque mientras los reflectores iluminan los estadios, las demandas del magisterio siguen hablando de jubilaciones inciertas, sistemas de pensiones cuestionados, rezagos salariales, condiciones laborales complejas y una discusión inconclusa sobre el rumbo de la educación pública.

Se podrá estar o no de acuerdo con las formas de protesta, se podrá coincidir o discrepar con determinadas dirigencias.

Lo que resulta difícil de negar es que detrás de las movilizaciones existe un problema real que ninguna ceremonia inaugural puede resolver.

La historia demuestra que los conflictos sociales ignorados no desaparecen.

Solamente se posponen.

Y cuando se posponen durante demasiado tiempo, suelen regresar con mayor intensidad.

Paulo Freire sostenía que la educación es un acto profundamente político porque define la manera en que una sociedad comprende su realidad y construye su futuro. Desde esa perspectiva, cada conflicto educativo es mucho más que un conflicto gremial; es una señal sobre la relación que existe entre el Estado y quienes tienen la responsabilidad de formar a las nuevas generaciones.

Por eso el debate no debería ser maestros contra futbol.

La verdadera discusión es otra.

¿Qué nos revela sobre nuestras prioridades colectivas el hecho de que podamos movilizar miles de millones para proyectar una imagen internacional exitosa, mientras persisten disputas históricas en sectores fundamentales para el desarrollo social?

La pregunta incomoda porque obliga a mirar más allá de la celebración, obliga a preguntarnos si estamos construyendo un país para las cámaras o para los ciudadanos.

Si la educación ocupa realmente el lugar estratégico que todos los discursos oficiales le atribuyen, si la inversión en infraestructura simbólica avanza al mismo ritmo que la inversión en capital humano.

Y si la política pública está resolviendo problemas o simplemente administrando percepciones.

Ningún país puede vivir permanentemente en la fiesta, tampoco puede construirse únicamente desde el conflicto.

Las sociedades más sólidas son aquellas capaces de celebrar sus logros sin dejar de atender sus pendientes.

Aquellas que comprenden que la emoción colectiva es necesaria, pero insuficiente.

Que el orgullo nacional es valioso, pero no sustituye la justicia social.

Que la imagen importa, pero la realidad importa más.

Dentro de algunas semanas, los estadios volverán a la normalidad, las transmisiones especiales terminarán, los comentaristas buscarán nuevas historias, las banderas dejarán de ondear en las pantallas.

Pero las escuelas seguirán ahí, los maestros seguirán ahí, los estudiantes seguirán ahí.

Y con ellos permanecerá una pregunta que ningún campeonato puede responder:

¿Estamos educando una ciudadanía capaz de mirar más allá del espectáculo o una sociedad cada vez más acostumbrada a confundir la emoción del momento con la solución de los problemas?

Porque al final de cuentas, el verdadero marcador no se encuentra en la cancha, se encuentra en las aulas, y ese partido define el futuro de la nación.

 

“Los pueblos que sólo celebran terminan olvidando. Los pueblos que sólo protestan terminan agotándose. Los pueblos que avanzan son aquellos capaces de celebrar sin dejar de pensar y de exigir sin dejar de construir.”

 

Y Recuerda que… Entre Todos, La Familia.

Tres para ti Doc.

Facebook: Víctor De LA Brecha

Twitter: @GarciaVicko

VÍCTOR HUGO GARCÍA / Tercera Fuerza / Zacatecas, Zac. / 10 / junio / 2026.

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