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Romualdo

Un cuento para el Domingo

Nací un 25 de julio. Por más resistencia, allá fui a dar al mundo. Al salir me bautizaron como Romualdo, un burro chiquito a quien inmediatamente me presentaron con quien sería mi mejor amigo.

Renato fue mi acompañante o yo fui el de él. Al caso es lo mismo; nos encantaba subir por la ladera. No sabíamos quién cargaba a quién. De ida, Renato en mi lomo; de venida, Renato arrastrando la cuerda, pues yo no daba para más.

De noche, mi amigo me acomodaba en el establo con una frazada de cuadros y la promesa de seguir en el juego al día siguiente.

Cuando nos tocaba río, yo nomás metía una pata… capaz que pescaba resfriado. He de confesar que el agua no es lo mío.

A veces nos tardábamos en regresar y ma Pancha nos esperaba a medio camino, con chancla en mano y sendos gritos que se escuchaban por todo el pueblo. Renato se trepaba y ni el polvo nos alcanzaban a ver.

Romualdo.

Llegó el día de ir a la escuela y Renato, bañado y perfumado, se agarró de la mano de su mamá. ¡Cómo es que me dejarían!… Allá fui atrás de ellos.

Llegamos, pues, y no les quedó de otra que dejarme bajo la sombra de un árbol frondoso. Calladito, calladito escuchaba las lecciones: vocales —a, e, i, o, u—, “repitan niños”, y ahí estaba yo parando oreja. Después siguió el abecedario y, pa’ pronto, que me lo aprendo.

Al pobre Renato creo que le costaba más trabajo aprender que a mí. Cuando llegaron las tablas… ¡Válgame Dios! Dos por una, y luego del diez, y peor aún, de corridito y cantado. Pues no más no le entraban a mi querido amigo.

Pero solución inmediata: tabla no aprendida y chanclazo seguro. Por más que movía las orejas, por más que bailaba con ritmo para que se acordara, pues nada. Pero supongo que la chancla de ma Pancha era mágica, porque acabó por memorizarlas.

Cuando ya habíamos dominado las letras y las “matebrúticas”, realmente me estaba aburriendo. La maestra no solo enseñaba a leer y escribir. Cada mañana les ponía a Mozart, Verdi y Beethoven, y mis orejas comenzaban a bailar. Daba vueltas como burro, pues supongo que esa música llegaba muy, muy profundo, muy adentro del alma de un equino.

La maestra además ponía libros a lo largo de la barda para que los niños se acercaran a leer. Como no queriendo la cosa, me acerqué y empecé a hojear. He de confesar que, en un principio, creyeron que me los comería, hasta que optaron por dejarme en paz.

Fue ahí donde conocí a García Márquez y El coronel no tiene quien le escriba, entendiendo que una ilusión puede mantener una vida. También descubrí a Mario Benedetti —supongo que era el novio de la maestra, pues ella gozaba leyendo sus poemas—. Kafka, Sabines, Carlos Fuentes, Emilio Pacheco y Las batallas en el desierto.

Caray… qué suerte descubrir otro mundo más allá del pueblo.

Cuando Renato cumplió 16 empezó un romance. Se llevaba a la novia atrás de la iglesia. Solo que algún chismoso fue con ma Pancha y ese día llegó no solo con chancla, sino cinturón en mano.

Al ver que seríamos descubiertos, enfilamos rumbo. Burro, burro, pero no tanto. Se subieron el par de enamorados y patitas ¿para qué las quiero?

Al otro día, desvelados y sin comer, no nos quedó más que regresar a la hacienda. Ma Pancha lloraba a moco tendido y hasta enchiladas nos preparó por el feliz retorno.

Don Herculano, hombre grande y testarudo, papá de mi amigo, gustaba de salir los fines de semana a la cantina de la plaza. Ma Pancha me mandaba a que lo siguiera y esperara su regreso.

Vieran nomás las cosas que aprendí. Palabrotas que, dicho sea de paso, se escuchaban a todo dar. Me tocó presenciar a las señoras arrastrando maridos para regresarlos a sus casas. Observar a los chiquillos agachados, asomándose por las puertas de las cantinas.

Finalmente salía el apá y me lo recostaba sobre el lomo. ¡Ah, qué buenas pachangas nos aventamos!

Un día, en una de esas tertulias, José el cantinero le dijo al apá:

—Oye, este de burro no tiene nada.

Fue ahí donde reparé que los burros eran burros. Solo que a mí en la vida nadie me trató como un burro; me liberé de pensar como burro, mejor aún… de actuar como burro.

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MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Cuéntame un Cuento, Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Marzo 1 de 2026.

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