Olegario Carmona era un hombre de pocas pulgas y un enamorado empedernido. Cacique de esos de hueso colorado en donde su poder era tal, que la mitad de los comercios del pueblo eran de él y las mujeres también.
Algunas por gusto pues el hombre de un metro ochenta y cinco, sonrisa de encanto y genio de los mil demonios era imán y tortura.
Las que no sucumbían por las buenas caían por las malas; después de unos días las devolvía mancilladas para convertirlas en mujeres solteronas, porque nadie que hubiera pasado por las manos del mandamás, se atrevería a meterse con sus quereres.
Una riestra de chiquillos mocosos y con ojos verdes como el padre, abundaban por las calles empolvadas.
Pero ninguno es perpetuo en sus fechorías y un día de muertos entre olores de flor de cempasúchil y veladoras, Olegario Carmona desapareció.
En medio del kiosco y muy tempranito un altar divinamente acomodado con flor picada, naranjas, camote, hartas botellas de mezcal, el tradicional camino de sal y un ciento de veladoras apareció.
Al centro un féretro blanco; arriba del mismo, unas botas de víbora con punta y casquillo.
Los hombres comentaban: ahora sí, se lució el Presidente Municipal.
El Presidente por su parte decía: que detalle de estos cabrones de poner esta chulada de altar y mientras, los chiquillos se robaban el pan y las naranjas.
El mas osado, el travieso del lugar agarro las botas y se las puso para dar un zapateado entre carcajadas de los visitantes.
Sólo las mujeres, calladitas, sabían de quien eran esas botas y porqué cada vela prendida en el altar.
Días antes Don abusivo había pasado en caballo correteando a Mercedes, sólo que esta vez no reparó que era día de lavada en el río y las mujeres salieron a la defensa, ya hartas de tanta fechoría.
Lo amarraron y metieron en una caja de muerto y decidieron que lo dejarían el primero y dos de noviembre en el mérito centro del kiosco.
Dos días le bastaron para escarmentar, pues al tercero lo dejaron libre.
Nunca se supo quién estaba adentro de la caja.
Sólo Olegario Carmona que desde ese día camino más derechito que de costumbre quitándose el sombrero ante cuanta mujer coincidiera a su paso y respetándolas hasta con la mirada.
Definitivamente fue el mejor altar de muertos que se haya visto en un pueblo cualquiera.
Así la historia de Olegario Carmona.

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MAYRA DIAZ LARA / Cuéntame un Cuento Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Marzo 22 de 2026.

