Cuéntame un cuento, Mayra
Julia gustaba de correr en el parque de la gran ciudad. Era una delicia de adrenalina; cuanto más corría, más parecía que su cuerpo le exigía continuar. Sus amigos, que alguna vez la acompañaron, decidieron no hacerlo más. Resultaba imposible igualar su trote: en algún punto dejaban de verla, perdida en la velocidad.
Nunca detectó aquello como algo inusual. Lo que sí percibía eran ciertos cambios evidentes en su persona. Podría decirse que poseía más que un par de ojos. En alguna ocasión, ya adentrada en el espesor de los árboles, un tipo se acercó demasiado. De inmediato, un impacto seco y severo lo dejó tirado, con un hilo de sangre escurriendo por la nariz. Más tarde, al regresar a casa y pensarlo con detenimiento, se preguntó cómo había logrado ver a su atacante en la oscuridad que cubría las capas del follaje.
Finalmente restó importancia al incidente. Bien merecido se lo tenía aquel sujeto, cuyas intenciones, con toda obviedad, no eran buenas.
Esa noche, mientras se bañaba, notó la picazón y el ardor persistente en la cabeza. Días antes, recostada en el parque sobre un colchón de hierba, se había permitido el lujo de no hacer nada. Entonces sintió un pequeño piquete en el cerebro, apenas un malestar leve. Se quedó dormida y, al despertar en un estado de semiconciencia, se tocó la cabeza: varios piquetes, semejantes a pequeños alfileres. El suceso cayó en el olvido. Solo regresó a su mente durante ese baño refrescante, cuando contó diez diminutos puntos en el cuero cabelludo.
Llamó entonces a Miguel, su amigo y doctor de cabecera, y le narró lo ocurrido.
—Seguramente fueron piquetes de araña —le dijo—. El veneno pudo haberte causado un desmayo. Pero si ocurrió hace varios días, no debió de ser muy agresivo.
Julia pasó la página y continuó con su vida habitual: correr, desayunar algo ligero, acudir al trabajo en aquel almacén húmedo y caluroso, archivando viejos expedientes. La paga era buena, aunque detestaba el olor rancio que impregnaba el sitio.
Últimamente, sin embargo, esa temperatura pegajosa y ese aroma que tanto había odiado comenzaban a resultarle agradables. Caray, pensó, no cabe duda de que uno se acostumbra a todo.
Por la noche, cuando el clima de su cuarto descendía, le resultaba casi imposible dormir. Decidió entonces cambiar los viejos muebles y libreros de lugar. Se levantó de la cama y empujó, ella sola, los pesados estantes repletos de enciclopedias hasta otro cuarto.
Pensó que correr le había devuelto la fuerza. Resultaba impresionante mover semejante peso sin ayuda.
Otros cambios comenzaban a hacerse evidentes: escuchaba conversaciones a distancia, el roce de algún roedor colándose en la cocina, el canto de los grillos. Lo más extraño era percibir incluso el andar de las hormigas o el zumbido de las moscas en pleno vuelo.
Pasaron las semanas y descubrió que el vello de brazos y piernas, antes casi inexistente, empezaba a brotar fino, dorado. Quizá sean las pastillas anticonceptivas, se dijo. Cambios hormonales.
Para ir al trabajo cruzaba un sendero que, a mitad del trayecto, bordeaba un lago. Aquella tarde, al regresar, el croar de las ranas la atrajo como un imán. Brincaban de un lado a otro. Con una precisión inaudita atrapó dos. No supo en qué momento ocurrió; fue un antojo inesperado, exquisito.
Al llegar a casa observó una telaraña minuciosa y elaborada en la reja de la entrada. Permaneció allí durante horas, escuchando el silbido del aire al atravesar la malla perfecta, que parecía crecer a cada instante.
Llegaba exhausta. Dormir se había vuelto imposible. Incluso comenzaba a sentirse más cómoda al llegar a la bodega, agradecida por el calor que emanaba de aquel espacio cerrado.
Como cada noche, se metió a la ducha. Entonces notó una especie de ampollas en la cabeza. Frente al espejo tomó una aguja —la misma que usaba para despegar las pestañas del rímel— y reventó una. Brocó un líquido blanquecino. De inmediato distinguió una minúscula araña que cayó en el lavabo. Repitió el gesto una a una, hasta que lo entendió todo.
La lógica, la ciencia, las teorías… todo podía irse al carajo.
Era una más. Julia era una araña atrapada en el cuerpo de una mujer. Ese sería su secreto inconfesable. No valía la pena buscar explicaciones: algunas cosas carecen de sentido, y esta era una de ellas.
Por lo pronto, seguiría corriendo, gozando de una fuerza inaudita y del sofocante calor de su lugar de trabajo. En sus momentos de placer, disfrutaría del conveniente poder de escuchar conversaciones ajenas y de comerse algunos grillos y sapos sin que nadie la viera.
MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Cuéntame un Cuento, Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Febrero 1 de 2026.
Un cuento para el domingo.
D.R.

