La sordera, también conocida como hipoacusia o discapacidad auditiva, es una condición que afecta a millones de personas en todo el mundo. No es posible generalizar ni recomendar un mismo enfoque de rehabilitación para todos los casos; sin embargo, existe la tendencia a percibir la sordera como una condición homogénea, ignorando que esta abarca diversos niveles que influyen profundamente en la forma en que cada individuo experimenta y se conecta con su entorno.
Es importante recordar que desde el vientre materno los bebés comienzan a percibir sonidos; después del nacimiento, los primeros cinco años de vida son fundamentales para el desarrollo del lenguaje y serán cruciales para lograr una buena pronunciación, un adecuado ritmo y entonación al hablar.
El momento en que ocurre la pérdida auditiva también influye significativamente en la calidad del habla y la comprensión del lenguaje. La sordera puede clasificarse según el momento en que se presenta: hablamos de sordera prelocutiva cuando la pérdida auditiva ocurre antes del desarrollo del lenguaje y de sordera postlocutiva cuando se manifiesta después de que el lenguaje ya ha sido adquirido.
La medida que se utiliza para cuantificar la sordera son los decibeles (dB) los cuales a través de una prueba especializada determina la capacidad de escuchar sonidos a diferentes frecuencias y volúmenes.
La sordera de acuerdo a la pérdida se clasifica en:
- Leve (26 -40 dB) aquí se ubica el sonido de las letras f/s/th
- Moderada (41 -70 dB) Entre la pérdida moderada y severa es donde se hallan la mayoría de las letras, ya sea vocales y consonantes
- Severa (71 – 90 dB)
- Profunda (91 ó más dB). Sólo se perciben sonidos muy fuertes como un avión, una batería, una perforadora, etc.
Cuando no se comprende que la sordera no siempre implica la pérdida total de la percepción del sonido, puede asumirse erróneamente que las personas sordas no podrán hablar y que deben recurrir siempre a un lenguaje de señas (método signado), sin embargo, cada nivel de sordera conlleva sus propios desafíos, desde la pérdida auditiva leve hasta la sordera profunda.
Al tener la oportunidad de conversar con otras madres de jóvenes que han nacido con discapacidad auditiva, hemos coincidido que la sordera profunda suele ser más fácil de detectar desde nuestro rol como madres. En el caso de los bebés, los indicios de una sordera profunda suelen ser más notorios, lo que permite identificar el problema a una edad temprana.
Contrariamente, cuando la sordera es leve o moderada, es más probable que pase desapercibida por un tiempo considerable. A menudo se atribuye a falta de atención del niño o distracciones, lo que retrasa un diagnóstico oportuno y valioso para su desarrollo. La principal ventaja en los casos de sordera leve a moderada es la presencia de más restos auditivos, es decir, la capacidad residual de audición que facilita una rehabilitación más rápida y efectiva cuando se utilizan auxiliares auditivos (curvetas, audífonos o implantes cocleares) adecuados.
Es importante señalar que, si un recién nacido nace con sordera sin otras condiciones que afecten significativamente su calidad de vida, podría lograr ser oralizado lo que significa hablar con su propia voz; sí se le brinda el apoyo adecuado, incluso si la sordera es profunda.
Sin embargo, insisto es indispensable acudir a especialistas para confirmar o descartar cualquier sospecha que nos lleve a un diagnóstico y determine el grado o nivel de sordera.
En conclusión, comprender los niveles de sordera y el momento en que ocurre la pérdida auditiva es esencial para garantizar un diagnóstico oportuno y una intervención adecuada. La detección temprana, junto con el uso de dispositivos auditivos de calidad y la constancia en las terapias especializadas, puede marcar una gran diferencia en el desarrollo del lenguaje, la pronunciación, el ritmo, la entonación pero sobre todo en la comprensión.
Al hablar de las personas con discapacidad auditiva es importante resaltar que nuestra participación activa en la sociedad es prioritaria para apoyar a pequeños con sospecha de padecer una discapacidad auditiva; invitando con sensibilidad a los padres a buscar una opinión profesional que les lleve a descartar una pérdida auditiva, principalmente si nuestro trabajo se relaciona con la docencia, la salud o bien como parte de la familia donde es más el tiempo de convivencia.
Al sensibilizarnos sobre estos aspectos, no solo fomentamos una atención más efectiva, sino que también contribuimos a que las personas con discapacidad auditiva vivan de manera funcional, independiente y productiva; además permite derribar mitos y prejuicios en torno a la sordera, promoviendo una inclusión plena y significativa.
ROCÍO ALONSO MÉNDEZ / Reflexionando sobre discapacidad auditiva / Mérida, Yucatán / 13 de Enero de 2025.

