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El poder de coincidir

A veces, la vida no grita, susurra y en esos susurros nos presenta personas que llegan sutilmente para cumplir con un propósito. Se habla mucho de lo que es la amistad, entrega, cuidado mutuo, lealtad, comunicación, apoyo y muchas cosas más. Sin embargo, a menudo en los momentos difíciles aquellos amigos de las reuniones, de fiesta, de encuentros lindos no están disponibles y la realidad es que no saben como cobijarnos o en el dolor uno se puede volver una persona difícil para convivir y lo más conveniente es dar espacio.

Hoy dedicaré este artículo para hablar de un gran amigo que ha sido un guía, que apareció justo cuando las dudas me asfixiaban y el camino parecía difuso. Gracias a su presencia oportuna, tomé una de las decisiones más importantes de mi vida, la que marcaría el futuro de mi hijo. Hoy sé que ese encuentro fue la respuesta a mis oraciones para hallar el camino a la rehabilitación de Alberto, quien nació con hipoacusia profunda bilateral (sordera).

En el año 2002, cuando Alberto fue diagnosticado con sordera profunda, empezamos su padre y yo a buscar caminos de rehabilitación; siempre recuerdo que pensé que toda la familia debía aprender señas y difícilmente hallaría escuela que nos ayudara. Alberto tenía 7 meses y los especialistas iniciaban las sugerencias de atención, el servicio médico del padre de Alberto nos ofrecía la rehabilitación a través de  método signado. Todo me resultaba extraño, desconocía qué podría ser lo más conveniente. El padre de Alberto recordó que nuestro amigo Jorge tenía una hija con hipoacusia y podría platicarnos sobre su experiencia, ella tenía 17 años en esa época, ya había superado las etapas más complicadas.

Una tarde Jorge llegó con su siempre cálida sonrisa, la ocasión para mí era triste. Nos sentamos en el comedor para iniciar la conversación. El padre de mi hijo y Jorge se conocían de años atrás, había una confianza y ellos tenían temas en común de trabajo. Así fue como todo comenzó dándole los detalles del diagnóstico, exponiendo el miedo, la angustia que nos embargaba y las dudas no dejaban de acosarme.

Jorge escuchó paciente, nos dejó hablar y luego nos expuso su historia que por mucho fue mas complicada.

Cuando su hija fue diagnosticada, el doctor no tuvo empatía, tacto ni intentó darles opciones de rehabilitación; fue duro, les dijo “Su hija, no hablará, no podrá estudiar”.

Palabras crudas que no dejaron duda de que podría ser diferente. Nosotros sabíamos que no había sido así, nos lo  relató nuevamente, su hija había logrado hablar con su propia voz y cursar con éxito  hasta ese momento los primeros años de una carrera técnica. Todo gracias al método audioverbal, el cual le permitió aprender cómo hablar y cómo comunicarse por sí sola.

Nos explicó que el desarrollo del lenguaje implica muchos elementos importantes y recalcó “lo más importante es la familia, la disciplina. Asistir a terapia dos o tres veces por semana no logrará mucho…sí no se integra a todas las áreas de su vida”.

Recuerdo su respeto al dolor que en ese entonces teníamos pero supo como exponernos su experiencia para brindarnos esperanza y certeza de que todo se podría superar, es importante recalcar que en esa plática no nos dio una imagen pintoresca del camino; nos dijo que sí sería un camino largo, de trabajo, en el que deberíamos hacer acopio de fortaleza, requeríamos disciplina y nos tendríamos que acompañar del terapeuta por muchos años.

Esa tarde lloré mucho, no pude ver que esa visita sería un parteaguas en la vida de mi hijo. Tomé las recomendaciones sin dudar, pues su hija era evidencia del éxito del método audioverbal.

Jorge nos consiguió el espacio para que nos atendiera la terapeuta indicada. Los primeros años de terapia coincidimos de vez en cuando. Fue hasta hace unos días que pudimos reencontrarnos y darnos ese abrazo que envuelve tanto agradecimiento por haberme mostrado el camino.

Nos permitió recapitular lo vivido, lo aprendido, nos reímos y llegando a casa, reflexioné sobre ¿qué hubiera pasado si Jorge no hubiera estado esa tarde en casa? ¿Qué camino hubiera tomado de no ser porque nos presentó la terapeuta adecuada? ¿Habríamos renunciado al método audioverbal sí no nos hubiera comentado de sus resultados a largo plazo?

Este reencuentro con Jorge y su esposa fue tiempo para ver que tenía razón, mi hijo llegaría a estudiar una carrera, sería independiente y productivo. La vida me envió a alguien para darme impulso y avanzar. Su dolor lo transformó en propósito y me ayudó a ver que la hipoacusia de mi hijo no era una limitante, era una oportunidad de transformación para la familia.

Por otro lado, me mostró que al hallar el camino de rehabilitación es una responsabilidad compartirlo, la gente podrá sentirse aliviada al ver que existen personas sordas con buenas oportunidades para estudiar y trabajar. Así es como a través de la Asociación AYPRODA (Asociación Yucateca Pro Deficiente Auditivo) ayuda a tanta gente como le es posible. “Desde 1986, funge como un espacio en donde padres, madres de niños sordos aprenden a guiar, dirigir y servir a otros padres de niños sordos, no sólo a través de su experiencia, sino también por la participación en una serie de actividades ligadas al servicio comunitario”.

Para concluir quiero decir que un verdadero amigo no te endulza el camino en los momentos difíciles, te lo ilumina. No oculta los retos, los señala con firmeza, no para detenerte, sino para que te prepares.

Jorge esa tarde me explicó que habría noches sin respuestas, días de terapias largas, de avances lentos y retrocesos inesperados. Pero también me enseñó que, incluso en medio del vaivén de la sordera -que a veces parece más una marea que un camino recto-, hay momentos de luz. Porque aunque la tormenta regrese, siempre deja un cielo más claro y en ese cielo, uno aprende a agradecer no solo el sol, sino también a quien te enseñó a vencer el miedo y te puso un paraguas para caminar bajo la lluvia.

ROCÍO ALONSO MÉNDEZ / Reflexionando sobre discapacidad auditiva / Mérida Yucatán / 28 de Julio de 2025.

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