La sordera, mas allá de ser una condición que afecta la comunicación, representa un desafío emocional y social que muchas personas enfrentan desde la infancia o a lo largo de la vida. Sin embargo, la diferencia entre aislarse o integrarse al mundo con confianza muchas veces radica en un factor fundamental: el apoyo familiar.
La presencia activa de una familia empática y comprometida no sólo fortalece la autoestima de la persona sorda, sino que también impulsa su capacidad para comunicarse, aprender y formar parte activa de la sociedad.
Hoy dedicaremos esta columna al importante papel que representa la familia en la integración a la sociedad de un niño sordo.
Mi hijo Alberto, hace 23 años llegó a la familia que lo esperaba con mucha ilusión, siendo el primer nieto para la familia paterna y segundo para la familia materna; en ambos casos deseosos de abrazarlo y disfrutar de su crecimiento.
Nuestra dicha, pronto se empañó al descubrir que viviría con la condición de hipoacusia. Esta situación nos tomó por sorpresa y las diferentes personalidades de cada integrante de la familia rápidamente mostraron sus rasgos predominantes.
En esta circunstancia hubo quienes como medida de protección se negaban a aceptar la condición que nos ocuparía mucho tiempo resolver. Nadie podía ver claramente que era lo más adecuado y las decisiones nos correspondía tomarlas al padre de mi hijo y a mí. Ambos estábamos tristes, dudando sobre qué auxiliares comprar, qué método de rehabilitación elegir, cuándo iniciar el contacto escolar, etc.
Con todo el caos rodeando el ambiente… ¿Qué nos mantuvo “enfocados”? Hoy puedo ver en retrospectiva que el respeto de la familia ante las decisiones que tomamos fue el primer elemento que fortaleció los pasos que dimos.
En muchas ocasiones no falta la persona que opina y aconseja sin tener la menor idea sobre lo que se vive. Sin embargo, en nuestra familia se abstuvieron de hacer observaciones sobre nuestras decisiones. Eso permitió disminuir las dudas y avanzar en el proceso.
Por otro lado, para mí resultaba complicado organizarme para asistir a todos los especialistas. Afrontar el estado de ánimo también era un reto, ya que la tristeza me invadía con frecuencia y el trabajo se convirtió en mi refugio. Considero que continuar trabajando, aunque físicamente resulte agotador, ofrece un descanso mental valioso. Estar ocupado evita que la mente se concentre constantemente en la condición con la que se debe aprender a convivir. Además, el tiempo pasa rápidamente y, al dejar de ser indispensable para mi hijo, descubrí que existía una vida completamente ajena a la sordera, en la que podía crear y disfrutar.
Para poder crecer en mi trabajo (capacitaciones, cursos, etc) siempre conté con el apoyo de mi madre quien estuvo pendiente por las tardes que así se necesitara. En algunas ocasiones mi padre también se hizo cargo de llevar a mi hijo a terapia ya que la terapia no se omitía a pesar de mi trabajo.
En cuanto a un espacio de socialización, mi hermana y mis sobrinos estuvieron tan cerca como si fueran una segunda madre y mis sobrinos cómo unos hermanos. Ellos eran sus compañeros de juego y peleas. Mi hermana mayor, siempre dispuesta a fomentar espacios de convivencia, siendo paciente y cariñosa. Sin embargo, cuidaba de ser una tía que también hacía respetar los límites al igual que mis padres e integrar a la vida cotidiana lo que la terapeuta nos fuera indicando.
Mi padre fue quien me infundió fortaleza cuando comenzamos a rehabilitar a Alberto, ha sido la figura que brinda confianza, da certeza y fomenta ese carácter para continuar cuando las cosas no salen tan bien.
Hoy Alberto es muy cercano a él; se ha creado un lazo fuerte entre un abuelo de 88 años y un nieto de 23 años, surgen temas de conversación que brindan espacios de comunicación y crecimiento personal. Este ambiente de confianza es un lugar seguro para acudir en busca de ayuda cuando Alberto duda y la opinión de una madre queda lejos de ser suficiente. Su abuelo con un abrazo le proporciona fortaleza para descubrir que el día difícil sólo fue una gran lección que ha sido puesta a su disposición y que lejos de llevarlo a renunciar a sus sueños, es una herramienta de aprendizaje para no claudicar ante los retos.
Y así, queda hacer una pregunta ¿Solo los familiares cercanos físicamente, influyen? La respuesta es ¡No! Alberto acudió a mi hermana menor; su tía Paty en los momentos que se sintió muy frágil, ya que no había ingresado a la universidad y el panorama era incierto.
La vida de su tía le permitió reconocer que la vida es una serie de oportunidades para vivir las experiencias que así desee, solo hay que ir por ellas e insistir si no se logra al primer intento. Fortalecer la comunicación a pesar de la distancia trae nuevas fuerzas y se refresca la esperanza para alcanzar los sueños.
Toda la familia ha sido solidaria con Alberto, han respetado las indicaciones que la terapeuta nos dio en su momento, y se le ha dado oportunidad de ser un integrante más de esta familia que en un principio le cuidó; pero que hoy Alberto también puede cuidar de los demás, gracias a que todos le consideran capaz, suficiente y aceptamos su diferencia.
Por último, es necesario reconocer que la llegada de su hermano menor me impulsó a tomar decisiones que marcaron la mejoría en su rehabilitación; es decir decidir colocarle un implante coclear (auxiliar auditivo que se coloca dentro de la cabeza a través de una cirugía) para lograr una audición que le brindó independencia, autoestima e integrarse de manera más fácil a los diferentes ámbitos sociales.
Recordando ese inicio de la rehabilitación viene a mi mente una persona que me decía que yo era muy dura con mi hijo, me decía que en una familia uno debe ser el bueno y otro el malo; refiriéndose a los padres, no estuve de acuerdo pues un niño que ve este desacuerdo entre padres se vuelve manipulador, su conducta no logra autorregularse pues sabe que uno puede apoyarle a salirse con “la suya” y el otro padre no, se resta autoridad a alguno de los dos y con el tiempo ni uno ni otro podrán poner límites.
De manera contraria ¿Qué sucede si toda la familia participa activamente respetando límites, exigiendo las responsabilidades que van con su edad y se persevera en la rehabilitación? Los resultados tardarán en ser evidentes pero la independencia y felicidad serán más frecuentes de lo que se pensaba el día que recibimos el diagnóstico que retumbaba en nuestra mente “Su hijo es sordo profundo bilateral”…
En conclusión; la familia es el primer círculo de apoyo para un niño con sordera y su poder se multiplica cuando cada miembro se compromete desde su rol; algunos con acciones visibles, otros con su ejemplo o simplemente con su presencia constante.
Un abrazo en los momentos difíciles no es solo un gesto, sino un mensaje claro “Estoy contigo”. Todo pasa, lo bueno y lo malo, pero lo que permanece es la huella de una familia unida, cercana incluso en la distancia, que se convierte en la base firme sobre la cual ese niño podrá crecer, convertirse en un adulto sordo integrado, productivo, feliz e independiente.
ROCÍO ALONSO MÉNDEZ / Reflexionando sobre discapacidad auditiva / Mérida Yucatán / Julio 14 de 2025.

