Tengo 87 años. Me alegro, en primera instancia, de recordar mi edad. Llevamos ventaja.
Ocho meses en este asilo donde huele a naftalina. Me hartan las papillas.
Isaac, mi enfermero, llega a las siete puntualmente con su bote de pastillas. Doce, para ser exactas.
Supongo que serán como la gasolina para arrancar. En cuanto Isaac se voltea, yo las paso a otro botecito.
Caray, tanta pastilla y a mí que no me duele nada.
La casa es un encanto. Clases de manualidades… ¡Con lo que siempre me han disgustado!
A mí pónganme a cantar, a bailar. Eso sí es lo mío.
Prefiero salir al jardín y mirar las flores, todas muy coquetas y oliendo como un perfume caro, de esos franceses que me regalaban a mis quince años.
Hoy he visto la puerta abierta.
¡Ahora o nunca!
Tengo 87 años y algunos pendientes.
Me he puesto mi vestido azul de bolitas, mis aretes de perla y ahí voy con mi bastón. Sí, pues a esta edad es como traer una refacción a la mano.
Sin más ni más, me he escapado.
Así como no queriendo la cosa, tomé un taxi. Le pedí que me llevara al cine del centro. Es una sala donde pasan las antigüitas. Ah, cómo me fascinó «Cumbres borrascosas».
Me compré mi tina de palomitas y he vuelto a vivir cada escena.
Al salir, quizá por el aire acondicionado, me han dolido las piernas. ¡Pero qué importa!
Casi a la vuelta están mis pasteles favoritos. Pedí uno grande de fresa con un capuchino. Al carajo con respetar el azúcar.
Al salir, comenzó a llover. En otros tiempos hubiera corrido por el paraguas, pero ni puedo correr ni pretendo perderme el placer de disfrutar el agua.
¿Qué importan las reumas? Allá van los zapatos.
¡Ah, qué delicia la sensación de mis pies mojados y el agua resbalando por mi cara!
Después volvió a salir el sol y apareció un arcoíris que me recordó toda la gama de colores de la vida.
Me senté en ese parque hasta secarme por completo.
El edén estaba a unos pasos: una librería antigua. Me sentí como en casa. Ese olor… ¡qué maravilla!
Un repaso a mis libros favoritos.
Ya hace hambre. Nada de sopa aguada, por favor.
Tráigame una pasta y una copa grande de vino tinto.
Luego ese museo, con pinturas para deleitar el alma.
A esta edad, la ropa es una opción secundaria. Más vale mirar el alma de otros mediante sus obras.
A lo lejos escucho un piano interpretando una pieza hermosa. Beethoven y su «Claro de luna».
Despacio me acerco y tomo asiento en la primera fila.
El pianista me guiña un ojo. Supongo que observó lo feliz que me he sentido escuchando esa maravilla.
Ya es tarde. Las luces del centro comienzan a encenderse.
Una banca perfecta, destinada a saborear un día excepcional.
Veo pasar a las familias y a los novios.
Cuántos recuerdos…
Alegría, nostalgia y una foto en mi bolso. Una que siempre me acompaña, desgastada por el paso del tiempo. Consuelo en muchos momentos de mi vida.
Hace un aire fresco y una luna llena perfecta.
¿Podría llamarse a este momento felicidad?
Ahora lo sé. De esto se construye la vida: de efímeros momentos que quedan grabados para siempre.
Hoy, hoy fue un gran día.
Hora de abordar el taxi.
Seguro que Isaac estará preocupado, pues no me tomé las doce pastillas…
D.R. ©

MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Cuéntame un Cuento Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Mayo 31 de 2026.

