Era el sexto piso; para ser exactos, el cuarto 347. La camarera entró, como habitualmente lo hacía, para dar mantenimiento al lugar. Demasiado limpio, pensó.
La maleta, cerrada y perfectamente acomodada sobre una pequeña mesa; una caja de puros; unos zapatos negros, elegantes y bien boleados en un rincón del pequeño clóset. Una bolsa roja de diseñador, un sombrero… y una sola maleta. En fin, quizá la pareja llevaba todo en el mismo lugar.
Abrió el cajón para sacudir y encontró un hermoso reloj de acero inoxidable, unas mancuernillas plateadas con negro y cinco pares de calcetines. Seguro que alguno costaría lo que su sueldo quincenal. Abrió el segundo cajón: tres cajas de pestañas postizas al frente; aretes largos y brillantes, un par de pulseras, medias caladas y unos lentes que ella solo había visto en revistas de famosos.
Al abrir la puerta del armario, encontró colgados un traje negro y uno blanco, de telas finas. Caray, debe ser un excéntrico millonario. Un saco largo, excesivamente largo, y dos pares de zapatillas del número ocho. Vaya que la señora tiene el pie grande, pensó.
Una chalina dorada, un tanto exótica, y un bolso de mano completaban el conjunto.
Llevaba diez años trabajando en el hotel y jamás había tomado nada que no le perteneciera; solo le gustaba rociarse un poco de perfume caro. Ese, ese sí era su pequeño pecado.
Se puso un poco y cerró la puerta.
Al día siguiente por la mañana, tomaba un breve descanso en el corredor cuando vio salir al hombre dueño del traje. Un hombre de no menos de 1.85 metros, delgado, atractivo, de cabello castaño, un tanto entrado en años, con unas canas interesantes. Seguro tendría cincuenta. Ese traje blanco le venía demasiado bien. Un poco raro, a decir verdad, pues no era usual ver ese color, salvo en un novio.
Caminaba con firmeza, con elegancia, y al pasar dejó un rastro de su perfume. Lupita lo absorbió muy adentro. Esos aromas hacían de cada persona su sello, y ella lo sabía, pues muchos huéspedes habían compartido sus esencias con ella.
Nuevamente, cuarto 347. Tocó suavemente. Nadie contestó, y ella se dispuso a hacer el aseo. Ahora estaban los dos perfumes, y lo único diferente era una peluca rubia, muy bien cuidada, colgada en la silla.
La cama, destendida; pero, fuera de eso, un orden que ella valoraba, pues hacía menos cansada su faena.
Al mediodía se topó con el hombre elegante. Estaba sentado en el bar, fumando un puro y carcajeándose con otro caballero. Qué raro, se dijo para sus adentros Lupita. ¿Y dónde andará su pareja?
Un día de descanso y Lupita abandonó sus pensamientos del hotel.
A la tarde siguiente, la rutina otra vez. Abrió la habitación: estaba casi en penumbras; movió las cortinas para dejar entrar el sol. La cama, levemente destendida; el traje blanco, colgado; y un olor delicioso de mujer. Ahora el vestido rojo no estaba, ni tampoco las zapatillas.
Esa noche Lupita dobló jornada y le tocó cubrir a una mesera en el bar.
En la mesa cinco, una mujer extremadamente bella, ataviada de rojo, coqueteaba con un cliente. Lupita miró sus manos largas, su cabello hasta la cintura, esos ojos azules que cautivarían a cualquiera… y unas zapatillas ya conocidas: las del cuarto 347.
Ahora lo entendía todo: esa cama destendida de un solo lado, esas zapatillas enormes.
En fin —reflexionó Lupita—, cada quien sus perfumes.
- R.
Mayra Díaz Lara / Cuéntame un Cuento Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Abril 19 de 2026.

