Cuéntame un Cuento, Mayra
Lupita Martínez amaneció sintiéndose un tanto extraña; le dolía la cabeza y todo le daba vueltas. Era una mujer de 80 años que desde hacía largo tiempo vivía sola en una vecindad, acompañada únicamente por su gato Manuel. Cuando los hijos se fueron, horrorizados por la vida precaria que habían llevado, decidieron dejar atrás todo, incluso a su madre.
Por las mañanas, los vecinos saludaban a la anciana, sentada en los pasillos, y ella amablemente contestaba el “buenos días”. El tiempo, que no perdona, transcurrió inexorablemente y, con él, llegaron los años, los achaques, los dolores de piernas y, últimamente, los de cabeza.
Era un jueves, para ser exactos, y la mujer parecía dormida en su mecedora. Los vecinos pasaron, pero no obtuvieron la respuesta habitual. Al atardecer, al regresar del trabajo, uno de ellos se percató de que no estaba bien. Llamaron al 911 y, tres horas más tarde, llegó la ambulancia para trasladarla a un hospital público.
Es de todos sabido que ingresar a una clínica de gobierno no garantiza la mejor atención. La llevaron a urgencias, pero el lugar se encontraba repleto: un partido de fútbol había terminado en guerra campal, dejando varios malheridos que eran atendidos de inmediato por instrucción del gobernador, ya que la presión mediática tenía los ojos puestos en el suceso y había mucha tela de donde cortar.
Mientras tanto, a la anciana la colocaron en una camilla y la llevaron a un pasillo de consulta general. Aquello era un caos; la gente entraba y salía, y ella, adormecida por sus males, ni siquiera reparó en dónde se encontraba.
La primera noche, algún vecino llegó a preguntar por Lupita Martínez y le informaron que estaba siendo atendida, posiblemente en terapia, por lo que no tendrían acceso a su persona.
Mientras tanto, una señora que esperaba en una fila observó la vulnerabilidad de la desconocida y decidió cubrirla con una sábana para resguardar su dignidad.
Así transcurrieron jueves, viernes y sábado, hasta que un camillero vio a la mujer cubierta con la sábana y, creyendo que estaba muerta, la llevó a la morgue.
La anciana pasó todavía dos noches más allí. El lunes por la mañana, el encargado del área llegó para realizar las preparaciones necesarias de cada difunto. Cuando le correspondía el turno a la viejita y le tocó las piernas para quitarle las chanclas, ella despertó indignada al sentir el contacto de un hombre.
Al pobre trabajador casi se le sale el corazón. La mujer exigió un vaso grande de agua, su bastón de madera y sus chanclas de vuelta. Todo le fue concedido. Se levantó, aún mareada, se puso en pie y, de paso, se comió el lonche del encargado: un par de tortas de huevo con frijoles.
Agarrándose como pudo, salió de la clínica y abordó un taxi que la llevó de regreso a su querida vecindad. Entró a su cuarto, se metió a la regadera y, ya limpia y satisfecha, salió a sentarse en su mecedora. Su gato se acomodó en su regazo mientras ella volvía a saludar a sus vecinos.
—Buenas tardes, Lupita…
D.R.
MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Cuéntame un Cuento, Mayra / San Luis Potosí, S.L.P. / Enero 25 de 2026.


