En los momentos más difíciles, cuando el dolor, la frustración o el miedo amenazan con frenar nuestro avance en ese camino que se trabaja cada día, unas pocas palabras —no siempre dulces, pero nacidas del corazón— pueden ser suficientes para sembrar resiliencia y fortaleza, y así construir los cimientos de la seguridad y la autoestima.
Las distintas etapas del desarrollo humano implican cambios abruptos que, en muchas ocasiones, resultan incómodos y difíciles de afrontar. En esta columna se recopilan anécdotas de dos personas con discapacidad, quienes vivieron durante su infancia experiencias en las que estos cambios resultaron ser doblemente desafiantes.
Cuando los niños son bebés, dejar el biberón y los pañales representa una etapa de cambios que puede generar frustración, pero que con paciencia y apoyo, logran superar. Al llegar el momento de asistir a la escuela, comienza un nuevo desafío; abandonar la seguridad del hogar para abrirse al mundo.
Esta transición también despierta miedos y ansiedad, pero con el acompañamiento adecuado, la mayoría de los niños logra adaptarse. Sin embargo, en las etapas escolares donde emergen los primeros grupos de socialización, la experiencia puede volverse especialmente difícil.
Los niños pueden llegar a ser crueles entre sí y es en ese entorno donde conductas o palabras agresivas o mal intencionadas hacia un niño que viva con una condición especial puede afectar profundamente su autoestima y desarrollo emocional.
Acompañar a los hijos en el desarrollo de nuevas habilidades y destrezas, como ir al baño solos, comer sin ayuda o vestirse, suele ser una etapa que se supera con relativa facilidad. Sin embargo, a medida que crecen, los retos se vuelven más complejos, especialmente cuando llega el momento de permitirles “caminar solos” y enfrentar por sí mismos las pequeñas dificultades que surgen en la convivencia con sus pares.
Si además existe una condición especial que exige un mayor esfuerzo para superar estas etapas, el entorno puede volverse especialmente estresante, tanto para los padres como para los niños y todos los involucrados en sus relaciones cotidianas.
En la mayoría de las ocasiones, los padres de niños con alguna discapacidad tardamos unos años en superar la depresión, el duelo no tiene un tiempo específico, cada quien vive su proceso de manera muy particular y también nos sentimos afectados por miradas indiscretas de adultos y pequeños, preguntas inoportunas o comentarios inapropiados.
En una ocasión asistí a una consulta con el otorrinolaringólogo; una señora me hizo plática y después de algunos momentos me dice “su hijo es muy guapo; lástima que es sordo”; la gente no piensa en lo que pronuncia, habla sin analizar el mensaje que externará y sí ha sido un día complicado pueden salir de nosotros comentarios de los que después nos arrepentiremos.
Sin embargo, hay un poder superior que trae a la mente de los padres las palabras más apropiadas, sanadoras para poder fortalecer a ese pequeño que sufre.
Los padres no podemos andar por la calle educando a niños y adultos sobre cómo tratar al pequeño que vive con una condición especial; no podemos corregirles a cada paso, lo mejor es fortalecer a nuestro hijo.
Es así como la semana pasada escuché el relató de una persona muy especial, que ha superado la discapacidad, su anécdota es muy inspiradora. Él vive con una discapacidad de movilidad que requiere de apoyo para desplazarse; en su infancia le ilusionaba asistir a fiestas a las que no le invitaban, se sentía decaído y le externó a su madre que no deseaba continuar asistiendo a la escuela, porque sentía vergüenza por su condición.
Su mamá lo miró fijamente y con voz firme le dijo “¡Qué vergüenza, ni qué ocho cuartos! Ve al baño, escupe tu vergüenza y te vas a la escuela”. Él muy obediente fue al baño se enjuago la boca con agua y al escupir el agua, también escupió su vergüenza.
Esa acción le llevó a enfrentar su temor de asistir a la escuela. Hoy ya siendo un adulto comenta que esa acción física de escupir materializó esa expulsión de vergüenza.
Otra anécdota importante que el padre de mi hijo protagoniza es cuando mi hijo era perseguido por la mirada indiscreta de otros niños y se acercaban a preguntar qué era lo que traía en la oreja (sus audífonos para sordera), decía que era un dispositivo de superhéroe con lo que podía escuchar a través de las paredes, en una ocasión un niño le dijo a su padre “Yo quiero uno, cómpramelo”.
La vez que mi hijo percibió que su condición le traía rechazo, lloró mucho, me abrazó y me dijo “odio mis audífonos, odio no escuchar”. Con preguntas le hice reflexionar: ¿No escuchas? tú sí escuchas con tus audífonos, sin ellos ¿Podrías comunicarte? a lo que obviamente respondió que ¡No! Entonces le volví a cuestionar ¿Sigues odiando tus audífonos? Él me miró y me abrazó, las frases o reflexiones como éstas no convencen inmediatamente, pero llevan a enfrentar los obstáculos; al igual que el caso anterior con la edad agradecen esos momentos en los que lejos de compadecer y afirmar que es una gran desventaja se analiza objetivamente la situación para continuar.
Para concluir diré: Las situaciones son hechos a los que cada quien le imprime la emoción que quiera.
Nosotros somos quienes guiamos y apoyamos a nuestros hijos en la construcción de ese carácter, de esa personalidad.
Como madres y padres amorosos no deseamos que nuestros hijos sufran, deseamos que no experimenten dolor. Sin embargo, como anteriormente comenté, no podemos corregir, regañar o pedir que se disculpe cada persona que no cuida sus palabras y que pueden lastimar u ofender a nuestro hijo.
Por lo tanto fortalecer a nuestro hijo, acariciar su corazón, abrazarlos, celebrar cada logro o aproximación a la conquista de la meta traerá una gran fuerza para encarar los retos que la vida imponga. Seguirá siendo complicado pero decirlo, estacionarse ahí y permanecer en la autocompasión no ayuda a creer que se puede crear una vida feliz.
Bien va el famoso dicho “Lo que no te mata te hace más fuerte”. Animemos a todos a respetar, evitemos miradas insistentes, incómodas, que vulneran y lastiman, antes de hablar pensemos sí lo que diremos es apropiado. La sociedad integradora se forma desde el respeto mutuo hacia cualquier condición especial o discapacidad.
Unamos esfuerzos, no sabemos si algún día podríamos estar del otro lado.
ROCÍO ALONSO MÉNDEZ / Reflexionando sobre discapacidad auditiva / Mérida Yucatán / 26 de Mayo de 2025.

