Para quienes convivimos con la hipoacusia, el sonido no es algo que damos por sentado: es un milagro cotidiano. Entre todos los sonidos posibles, hay uno que marca el alma; la primera vez que escuchamos a nuestro hijo decirnos «mamá». No importa si llega tarde, si es pronunciado con esfuerzo o es una aproximación; ese instante vale más que mil palabras. En esta columna, exploramos el vínculo entre el oído, el amor y la identidad materna, recordando que, a veces, lo más bello no se ve… se escucha.
Cuando empezó la terapia mi hijo tenía diez meses de edad, la terapeuta me comentó que serían 14 años de terapia, recuerdo bien el impacto que causó en mi estado de ánimo esa noticia, iba a las terapias con tristeza, así que no pensé cuándo podría escuchar sus primeras palabras. Ahora que lo pienso bien no logro identificar exactamente cuando empezó a hablar fluido. Su comunicación se basaba en sonidos guturales, gestos, señalaba los objetos o bien nos jalaba hacia lo que quería.
Durante los primeros festivales escolares, entre 1 y 2 años de edad, no era muy evidente la falta de vocabulario, los niños eran pequeños y aunque había quienes hablaban bien, la mayoría aún estaban iniciando su lenguaje.
Al entrar a la etapa preescolar es cuando se vio la gran diferencia entre mi hijo y los demás, era difícil ver que los demás cantaban una canción, decían una poesía para mamá y Alberto solo se paraba junto al grupo. A veces intentaba balbucear algunas palabras al final, su esfuerzo se acompañaba de los típicos regalos del día de las madres: las manitas en la camiseta, el portaretrato de sopa con la foto de él, las huellas de sus pies en cemento, etc
Sus terapias eran dos o tres veces por semana con la terapeuta y conmigo diariamente. Realmente su padre no se involucró. Era cansado y desgastante persuadirlo para realizar onomatopeyas, los sonidos de los transportes, repetir sílabas, practicar dónde colocar la lengua para poder sacar ciertas letras, etc. Todo se resume a realizar arduo trabajo a diario.
Sin embargo, una noche después del trabajo, de la terapia, mientras tomaba un baño, escuché que su padre le decía “Mírame, dí mamá, vamos, dilo. Mamá, mamá” Presté atención y me pareció escuchar que dijo “Mamá”. Salí apresuradamente y vi que estaban en la cama recostados boca abajo viéndose uno frente al otro. Su padre me dijo “Escucha. Di mamá Alberto” mi hijo dijo “Mamá” claramente por primera vez. Su padre le incitaba nuevamente a repetir mamá y nuevamente lo pronunciaba bien, cada vez que escuchaba su voz decirme mamá, mis lágrimas caían de alegría.
No recuerdo ningún regalo tan valioso cómo su vocecita llamándome “mamá” y es que lo relevante de esta anécdota es que fue un 9 de mayo, un día antes del día de las madres.
El día de las madres suele convertirse en una excusa comercial para vender productos, promover descuentos o llenar restaurantes. En medio de este caos consumista, el verdadero significado de la celebración puede perderse. Desde electrodomésticos hasta artículos de belleza, los regalos se acumulan… pero muchos terminan olvidados en un cajón, los perfumes se evaporan y nada de eso perdura tanto como el instante en que mi hijo, con hipoacusia, pronunció por primera vez la palabra “mamá” a sus cuatro años. Ese momento sin envolturas ni promociones, es eterno.
Si hoy tienes la fortuna de ver a tu mamá, dale un fuerte abrazo y piensa cuántas veces te ayudó con la tarea, te llevó al médico en mitad de la madrugada, aguantó tus berrinches, te defendió, estuvo pendiente de enseñarte a ser limpio, organizado, responsable y persona de bien. Te aseguro que en su mente sus prioridades siempre fueron sus hijos mientras eran pequeños, sobre todo si vivían con alguna discapacidad. No compres regalos, dale el regalo de ser autosuficiente, honesto y respetuoso, sobre todo con ella .
ROCÍO ALONSO MÉNDEZ / Reflexionando sobre discapacidad auditiva / Mérida Yucatán / 12 de Mayo de 2025.

