Para la mayoría de las madres, nuestros hijos son nuestra adoración y prioridad. Por ellos, hacemos malabares con todas las actividades del día, procurando darles suficiente tiempo de calidad.
Hoy hablaré de mi segundo hijo, quien tuvo una gran influencia positiva que nos llevó a tomar grandes decisiones para la rehabilitación auditiva de mi hijo mayor.
Cuán importante ha sido para mi su presencia desde que fue engendrado; me sorprende hoy reconocer que estaba aterrada por el segundo embarazo. Pensé que también podría llegar con hipoacusia y esa situación me llevó a meses muy difíciles en los que la angustia y el temor regían mi vida.
Mi primer hijo nació sordo y cómo he contado en mi libro “¡Vamos! Hay esperanza soy sordo; ha sido un camino largo, complicado y que involucra a muchos especialistas y recursos económicos. La discapacidad auditiva consumió mucho de mi tiempo, estaba completamente comprometida con la rehabilitación. Al pensar que llegaría otro bebé a casa me sentí abrumada e inmediatamente comprendí que no era justo no brindarle el tiempo adecuado, tendría que hallar la manera de darle calidad y suficiente tiempo de atención.
Así fue como mi pequeño bebé dentro de mi vientre me impulsó a hallar la manera de implantar a Alberto mi hijo mayor con sordera profunda bilateral. Ya antes habíamos buscado esa opción y nos habían dicho los especialistas que no, argumentando que sus curvetas le daban la ganancia auditiva adecuada. La terapia era constante y sin imaginar que era complicado ya llevábamos 8 años de terapia ininterrumpida. La gran energía que un pequeñito ser dentro de mi generó, me llevó a encontrar la oportunidad para que mi hijo mayor recibiera un implante coclear.
Lo segundo tan importante que me permitió experimentar mi segundo hijo, fue la emoción, el disfrute de abrazar y besar a un bebé sin preocupación, sin imaginar a cada segundo que las palabras eran metas y no placer poético sin cometido alguno. La primera infancia de mi segundo hijo fue un remanso de paz y una inyección de energía para continuar en la vida.
Cuando mi pequeño bebé tenía 10 meses, su hermano fue intervenido para recibir un implante coclear que le permitiría escuchar de manera más eficiente y natural. Fue una experiencia difícil para mi bebé pues lo tuve que alejar de mi para aislarme con su hermano y concentrarnos en su recuperación durante una semana. Estuvo bien cuidado entre su abuela materna, su tía materna y su padre, mi bebé no estaba desatendido. Sin embargo, mi presencia le hacía falta.
Una vez que recuperamos nuestra vida cotidiana; la terapia de mi hijo mayor continuó y mi bebé era testigo de todas las actividades. Formaba parte de esa rutina diaria y para mi sorpresa, aprendió a leer antes de cumplir los dos años. Este avance se lo atribuyo a la terapia audioverbal, que integraba el método Doman, basado en el libro “Cómo Enseñar a Leer a su Bebé” del autor Glenn Doman”. Letreros por toda la casa y vídeos de palabras escritas; las cuales les proyectaba todos los días a mi hijo mayor, eran comunes en la casa y mi pequeño bebé acostumbraba a tomar su leche dentro del corral mientras se distraía viendo esas palabras.
Su atención fue más relajada que la que su hermano tuvo, gozamos más cada pequeña sonrisa; por otro lado, la influencia de un hermano mayor le infundió seguridad, lo inspiraba a nuevas travesuras y le mostraba caminos para explorar.
Con el implante coclear llegó una reestructuración del equipo multidisciplinario, un cambio de terapeuta y cambio de escuela para mi hijo mayor, para mi bebé vino el ingreso a la primera institución escolar un C.A.I. centro de atención infantil y las circunstancias le llevaron a adaptarse rápido.
Ahora analizo la situación y veo la tercera situación importante que mi hijo menor trajo a la familia; su fragilidad de pequeño entre los 2 y 3 años me obligó a soltar a Alberto mi hijo mayor, para poner en práctica todo lo aprendido, fueron momentos en los que debí dejar que mi hijo mayor comenzara a recibir ayuda para sus tareas por parte de otras personas que no fuera yo. Eso era muy difícil para mi pero fue lo mejor para mis dos hijos. me ocupé del menor y el mayor fue sintiéndose más independiente y autónomo. Seguro sintió alivio al no tenerme siempre presionando y supervisando cada área de su vida. Él también pudo participar en el cuidado de su pequeño hermano dándole la oportunidad de sentirse útil.
Es importante mencionar que durante esa época yo trabajaba como responsable de una sala de pequeños en primera infancia (0-3 años de edad) así que mi hijo era con quien ponía en práctica las primeras actividades los cantos, nanas, juegos de manos, lecturas de poemas y rondas. Que gran oportunidad de disfrute fue para los tres vivir los cantos y lecturas por la noche antes de dormir, mientras mi hijo con condición de sordera ponía su mano sobre mi cuello para sentir las palabras y el pequeño se dormía escuchando.
La vida nos trae situaciones adversas, que en el momento que se viven son complicadas de visualizar como oportunidades de crecimiento. Un hijo con discapacidad tendrá mayor oportunidad de rehabilitación cuando se acompaña de un hermano, la familia se relaja, la vida corre más fácil aunque los esfuerzos se multipliquen, todo se transforma y los retos conquistados traen fortaleza, resiliencia y alegrías al ver el camino recorrido.
La conclusión a la que llego es que mi hijo menor trajo la energía, impulso y fuerza para mejorar la rehabilitación de su hermano. Que gran misión cumplió siendo tan pequeño.
ROCÍO ALONSO MÉNDEZ / Reflexionando sobre discapacidad auditiva / Mérida Yucatán / 28 de Abril de 2025

