RELACIONADOS

La Travesía

El llegar es lo de menos, lo importante es la travesía. Una frase trivial, pero inaplicable a mi llegada al país donde la vida no vale nada.

Trajinera colorida y mariachi tan absorto en su música que no repararon en mi presencia. Una, por el jolgorio y el tequila; otra, por la densa niebla que se mezclaba con la contaminación y el tenebroso paisaje de las cinco de la mañana, en pleno noviembre.

Por cierto, pasar frente a una casa llena de muñecas tuertas, desgreñadas y colgadas en sus afueras es cosa de miedo. Y darme miedo a mí es realmente una contradicción de la naturaleza.

Sea, pues, que la hora les había llegado. Así que, en medio de los tlapehues, los doce integrantes bailaban al son del jarabe tapatío sin reparar en que la singular embarcación, curiosamente llamada «La Catrina», comenzaba a volcarse.

Allá fueron a dar los embriagados mariachis y lo único que logró salir a flote fueron sus sombreros y un centenar de flores que adornaban la trajinera.

Los mariachis callaron y, a esa hora, ni La Llorona se hubiera atrevido a aparecerse por las aguas gélidas de Xochimilco.

Un par de horas más tarde, otras trajineras repararon en su compañera de viaje, volteada como cucaracha y sin un solo visitante.

En un santiamén llegaron los de la nota roja, pues esos aparecen más pronto que las ambulancias y los policías.

Los curiosos nunca faltan y, en tres patadas, aquello ya era todo un espectáculo. Verdaderamente estaba yo asombrada. ¿De dónde había salido tanto cristiano? La noticia corrió como pólvora y, pa’ pronto, llegaron los parientes.

Verdad de Dios que el cuadro bien pudiera ser un lienzo de Diego Rivera: mujeres llorando a todo pulmón, niños corriendo a diestra y siniestra y, quién sabe de dónde, aparecieron el tequila y el pulque. En tres patadas, aquello se convirtió en un festín de emociones al que mis ojos no daban crédito.

En un rincón, aliviando las penas, los compañeros músicos se dejaron llevar por el sentimiento y un cuente que terminaría en anécdotas, recordando a los ausentes. Al grito de «¡Por los que se jueron!», se vaciaron las botellas.

Quién sabe de dónde, tres mujeres sacaron el anafre y las ollas de café. Y no hay mejor remedio para el dolor que unas buenas gordas de maíz con chile, así que la gente comenzó a formarse.

Mis ojos creo que cada vez se abrían más, pues definitivamente eso de la muerte al mexicano le sienta bien.

En otro extremo, un par de compadres ya contaban los chistes de rigor. Una anciana fue a reprenderlos por semejante insolencia, pero más tardó en darse la vuelta que ellos en volver con los de Pepito.

Los niños, para esas horas, ya se habían encuerado y hasta nadando andaban.

Precisamente, la fecha coincidía con las vísperas de muertos, así que las vendedoras hacían su agosto ofreciendo flores de cempasúchil.

—¡De a veinte, lleve el ramito de a veinte pa’ los difuntos!

Mientras tanto, las viudas ya andaban a moco tendido y los compadres trataban de consolarlas para mitigar su pena.

Supongo que alguien que reparó en mi presencia creyó que ya andaba disfrazada para la ocasión. Solo sentí cómo un par de manos me jalaban y comenzaban a colocarme unas flores en la cabeza.

Había culminado mi misión y, con doce en carreta, regresé al mundo de los muertos, porque definitivamente en México, la vida, la vida no vale nada.

D.R.

MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento para el Domingo / San Luis Potosí,S.L.P. / Noviembre 1 de 2026.

LA BRECHA
LA BRECHA - Información Puntual

POPULARES

article .entry-content p, article .entry-content ul li { text-align: justify; }