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La última mañana

Entró en la habitación y la vio en el reflejo del espejo. No hizo ruido. No era su intención asustarla y mucho menos al verla con ese rostro tan dulcemente triste.

Le dolió el alma. Sabía el motivo de sus lágrimas.

Cáncer. Una palabra fuerte, dura, que cimbra y lastima hasta la raíz.

Habían transcurrido ocho meses desde aquella llamada del oncólogo. Todavía recordaba a detalle cómo vio palidecer a su mujer y cómo le temblaron las manos.

—Está confirmado, Julio. Tienes cáncer y el doctor nos quiere ver hoy mismo.

A veces los oncólogos deben ser francos, dolorosamente francos. Cáncer en los pulmones. Le seguirían las quimioterapias, las radiaciones y la medicina experimental. Las probabilidades eran bajas, pero a los cuarenta años y siendo deportista, todavía había una luz al final de la penumbra.

Esa noche lloramos a mares. Ella se quedó dormida y, como un ovillo asustado, suspiraba a cada momento.

Mientras tanto, me levanté de la cama y salí al patio a fumarme un último cigarro.

Llegaron todas las preguntas de golpe.

Solo un año atrás, un pleito por el deseo y la presión de que ella anhelaba ya formar una familia.

Yo no me sentía listo. ¡Carajo! Un hijo vendría a romper la rutina de una pareja en soltería: las fiestas, el trabajo en exceso y el dinero también.

Alguna discreta aventura en esos viajes del despacho. Un hijo significaría ponerle fin a aquel delicioso ritmo de vida.

En medio de aquella hecatombe de incertidumbre llegaron mil preguntas más. Múltiples visitas al hospital, dolores de cabeza insoportables, náuseas y una pérdida considerable de peso.

Nadia, al pie del cañón. Hombro a hombro, cuidando día y noche, atravesando cada una de las crisis.

Cuando el cabello comenzó a caer, ella fue quien me rapó y dibujó un enorme corazón en mi cráneo. Creo que aquel detalle aligeró, aunque fuera por un momento, el impacto emocional.

Evidentemente, las circunstancias cambian, se transforman de un momento a otro. Adiós a las reuniones de trabajo, adiós a las fiestas interminables, al constante ir y venir. Empiezas a cerrar círculos y a quedarte con los verdaderamente tuyos.

La vio llorar. Era lógico. Era extremadamente difícil lidiar con tanto.

La amaba y, quizá, en medio de aquel caos, era lo único absolutamente certero.

El pasado no podía remediarlo: cada falla, cada enojo, cada momento de indiferencia, de egoísmo. Pero sí podía redireccionar el futuro.

La chimenea en el cuarto había sido una buena idea. Un poco de calor en un día extremadamente frío.

Era momento de dejarla desahogarse. Se metió en silencio a la cama y se quedó profundamente dormido.

A la mañana siguiente despertó sin dolor alguno.

Hoy será un gran día.

Ninguna opresión en el pecho, ningún dolor de cabeza. Se levantó como muchos meses atrás y abrió las puertas del patio trasero.

Qué más da. Otro cigarro más.

Pero algo no estaba bien. Quizá fue el olor a cigarro lo que atrajo a Nadia.

Vestía aquel hermoso traje negro, de corte impecable, que le sentaba de maravilla.

Lucía pálida, más pálida que de costumbre.

Fue ahí cuando reparó en que no estaba su reflejo en el ventanal.

Solo quedó un ligero olor a cigarrillo y una caja de cenizas en la vitrina.

Ya no habría más hijos, más tiempo, más mañanas.

Solo el dulce recuerdo de una vida inconclusa…

  1. R.

MAYRA DÍAZ / Un Cuento para el Domingo / Septiembre 27 de 2026.

Silueta de un hombre fumando un cigarrillo.
La última mañana.

 

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