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Radiografía de una depresión

Se levantó por la mañana con esa sensación de haber cargado piedras durante toda la noche. Había dormido ocho horas, al menos eso indicaba el reloj, pero cada hora despertaba durante unos minutos. Al final, ya no sabía cuánto había descansado realmente.

Encendió las noticias. Era el Día de la Salud Mental. Se quedó sentada escuchando estadísticas, explicaciones sobre nuevos fármacos y palabras que parecían describir una realidad ajena, hasta que recordó las pastillas que había tomado la noche anterior. Quizá por eso sentía aquel letargo, aquel sueño persistente que ni siquiera una ducha con agua helada conseguía disipar.

Depresión y ansiedad funcional. El término parecía suave, casi inofensivo, pero la realidad distaba mucho de serlo.

Finalmente, se levantó y tomó la siguiente dosis que le habían recetado para evitar los ataques de pánico en el trabajo. En calidad de zombi, comenzó a arreglarse. No tenía un ápice de ganas, pero había que cumplir.

Dentro de ella se libraba una lucha silenciosa entre volver a meterse entre las cobijas o continuar. Una parte quería rendirse al cansancio; la otra sabía que el día ya había comenzado y que el mundo no se detendría a esperarla.

Observó su rostro frente al espejo. Se preguntó dónde se habría ido aquella energía que, todavía algunos años atrás, parecía iluminar su mirada. Se quedó contemplándose unos segundos, como si esperara reconocer a la mujer que había sido.

Pero el maquillaje hizo lo suyo. Cubrió las huellas del cansancio y le permitió elaborar una máscara social. Después de todo, nadie tenía por qué enterarse de lo que ocurría detrás de aquella apariencia.

Sintió un vacío en el estómago. No supo si estaba comenzando un ataque de ansiedad o si simplemente era consecuencia de no haber cenado. Lo último que deseaba era comer.

Dos huevos. Como si fueran medicina, casi se los atravesó enteros. No le apetecían, pero había que intentar ayudarse, aunque fuera de esa manera, obligándose a hacer lo mínimo indispensable para continuar.

Ya vestida y lista para salir, caminó lentamente. Al pasar frente a un escaparate, descubrió su reflejo en el cristal y se enderezó de inmediato. El mundo no tenía por qué saber qué batalla estaba librando aquella mañana.

Llegó al trabajo y comenzaron las numerosas actividades, las responsabilidades y la diversidad de funciones que parecían no dejar espacio para sus pensamientos. Sonreía, saludaba y recibía indicaciones. Desde fuera, cualquiera habría pensado que todo marchaba con normalidad.

Sin embargo, si alguien hubiera podido habitar su cuerpo durante unos minutos, habría escuchado aquellas indicaciones como un eco lejano. Las palabras llegaban, pero su mente parecía estar en otra parte, atrapada en un lugar al que nadie más tenía acceso.

No era una situación nueva. Llevaba años cargando pesos que se acumulaban como piedras en una mochila que nunca podía quitarse. Algunas eran consecuencia de decisiones equivocadas, otras de circunstancias que no había sabido cómo enfrentar. Tal vez ambas cosas. En la vida nadie recibe un manual para actuar siempre correctamente, para evitar las pérdidas o para aprender a tiempo a soltar aquello que termina aplastándolo.

Se preguntó cuántas personas estarían sintiéndose como ella en ese preciso instante. Cuántas acudirían a sus trabajos, atenderían a sus familias y responderían mensajes mientras libraban una batalla invisible. También se preguntó cuántas tendrían una red de apoyo, alguien capaz de escuchar sin juzgar, de permanecer sin exigir explicaciones.

Lo que sabía con certeza era que las enfermedades mentales resultaban difíciles de comprender para quienes nunca habían experimentado una lucha semejante. Y dentro de esa lucha había otras batallas.

La primera era la individual: las noches interminables, la energía agotada, el miedo a que un ataque de pánico apareciera en el lugar más inapropiado y frente a personas que, en muchas ocasiones, no alcanzaban a comprender lo que estaba sucediendo.

El remolino comenzaba a atraparla. El aire parecía no alcanzar, el corazón galopaba desbocado y el mareo le hacía sentir que perdía el control de su propio cuerpo.

Quería salir corriendo, encontrar un espacio abierto y tomar bocanadas de aire fresco. No quería ver a nadie, pero al mismo tiempo le aterraba quedarse sola. Necesitaba un abrazo, aunque no quería preocupar a nadie con su dolor.

La segunda batalla era conseguir que le creyeran.

Quizá esa era la más dolorosa. ¿Cómo explicar algo que ni siquiera ella podía describir por completo? Para algunos, su sufrimiento podía parecer una exageración, un drama o incluso un chantaje emocional. No alcanzaban a comprender que detrás de sus silencios, de sus ausencias y de sus palabras repetidas había alguien intentando sobrevivir a sus propios pensamientos.

Y ella lo intentaba. De verdad lo intentaba.

Cada veinticuatro horas representaban una nueva batalla.

No sabía si todo aquello tenía relación con su necesidad de escribir, pero agradecía aquel don. Las palabras le permitían expresar lo que sucedía a su alrededor y, en ocasiones, ponerle nombre a lo que llevaba dentro.

Leía sobre escritores que habían volcado su infierno interior en sus páginas. Pensaba en los grandes pintores, en sus lienzos cargados de tristeza, en los gritos convertidos en imágenes, en aquellos cielos de noche estrellada que parecían contener algo más que belleza.

Se los imaginaba intentando liberar, a través de su arte, todo aquello que les quemaba por dentro. Quizá crear era también una manera de gritar cuando la voz no alcanzaba.

Y allí estaba ella, siguiendo adelante, distraída, ensimismada, triste, con un futuro que a veces no parecía alentador.

Sin embargo, de vez en cuando llegaban unos días distintos. Días radiantes, luminosos, tranquilos. Momentos en los que podía respirar sin miedo, disfrutar de las pequeñas cosas y sentir que la vida todavía guardaba algo bueno para ella.

Los atesoraba. Se aferraba a ellos con la esperanza de que duraran un poco más.

Pero después regresaba aquel lugar oscuro, gris y vacío. Volvía el cansancio, la incertidumbre, la sensación de estar atrapada en un ciclo que no terminaba. Y con todo eso llegaba también la culpa.

La culpa por no ser la madre perfecta. Por no tener siempre la paciencia necesaria. Por sentirse agotada cuando los demás esperaban que pudiera con todo. Por padecer una enfermedad que, además de dolerle, parecía molestar y agobiar a quienes estaban cerca.

Algunas personas comenzaban a alejarse. Tal vez el discurso repetitivo cansaba, tal vez no sabían qué hacer con un dolor que no podían resolver. Quizá necesitaban descansar de ella, de sus palabras, de sus días grises.

Y entonces quedaban aquellos que permanecían.

Sus ángeles de bata blanca, que intentaban ayudarla a encontrar un camino. Su familia, los buenos amigos, las personas que la querían tanto por la mujer que había sido como por la que era ahora, con sus días luminosos y sus noches interminables.

Ellos contribuían a suavizar los días. No podían librar la batalla en su lugar, pero a veces bastaba con saber que no estaba completamente sola.

Una tarde, mientras escuchaba la canción de Penélope, volvió a pensar en la fragilidad de la mente. Un acontecimiento podía alterar la estabilidad emocional de una persona; la suma de muchos, también. Había heridas que no se veían, pérdidas que se acumulaban y cansancios que terminaban por desbordar aquello que durante años se había intentado mantener en equilibrio.

Se quedó pensando en lo fácil que resultaba juzgar a los demás desde la aparente normalidad. En cuántas personas ocultaban sus grietas detrás de una sonrisa, un uniforme, una oficina, una familia o una vida que, vista desde fuera, parecía estar en orden.

Y entonces se hizo una pregunta que no supo responder:

¿Realmente quién es completamente cuerdo?

Miró a su alrededor y pensó que quizá el mundo no estaba dividido entre el blanco y el negro, entre quienes estaban bien y quienes no. Existía una extensa gama de matices intermedios, territorios invisibles donde tantas personas intentaban comprenderse, sostenerse y encontrar la manera de continuar.

Tal vez esa era la radiografía que nadie podía ver a simple vista: la de una mente que, aun cansada, seguía buscando un poco de luz.

Mujer en depresión.

MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuentos para el Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Octubre 10 de 2026.

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