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Sucesos de un 31 de octubre

Tres con treinta de la madrugada y el hombre despertó por un sonido fuerte y seco. Adormilado, pensó si era parte de un sueño o si en realidad algo había sucedido. El estado de alerta desplazó al sueño. Se puso sus chanclas y caminó hacia la puerta. Estaba acostumbrado a su silencio y soledad; solo dos días a la semana recibía a Doña Mercedes, quien lo apoyaba con sus labores domésticas. Una mujer de setenta y cinco años, trabajadora y prudente, a lo que iba, sin decir palabra alguna, con solo el habitual saludo y un gracias.

Pero esa noche, cuando caminó hacia la escalera, desde arriba pudo presenciar a Mercedes en su sala. Al lado de la chimenea se encontraba trazando un pentagrama con sal en el suelo, rodeada de veladoras encendidas y una cruz invertida. Ella parecía no reparar en su presencia y comenzó con una letanía de palabras de otro idioma, aunque con certeza no podía entender de dónde provenían.

Le dio pavor; ¿qué hacía Doña Mercedes a las tres y media en su casa, y con un ritual que evidentemente pertenecía a la magia oscura? Absorto, continuaba contemplando cuando, de pronto, una ráfaga de viento abrió todas las ventanas, las luces comenzaron a parpadear y, a lo lejos, se escuchó el ladrido de los perros como una advertencia.

En la sala había un enorme espejo que adquirió en una tienda de antigüedades, y a través de él podía mirar perfectamente a la mujer. Su cuerpo comenzó a temblar, la temperatura bajó considerablemente; estaba paralizado, incapaz de moverse, una parte por miedo y otra por precaución ante aquel panorama.

Mercedes comenzó a transformarse. Lamentos y quejidos grotescos salían de su pecho; se revolcó en el suelo y sus huesos comenzaron a contraerse. Sus manos de anciana se modificaron por un par de manos blancas y jóvenes, el cabello canoso se hizo negro y ondulado, y luego apareció aquel rostro: nariz perfecta, ojos verdes intensos y una boca roja y carnosa. Se puso de pie con un cuerpo perfecto. Entre el temor y la belleza, no alcanzaba a discernir qué diantres estaba ocurriendo.

Ella volteó la mirada y se quedó observándolo, coqueta y con un magnetismo que irradiaba una tentación irresistible a bajar las escaleras. Era como si le ordenaran descender. La flama de los leños se engrandecía, igual que las velas con llama alta. Bajó los escalones mientras ella lo miraba provocativamente; se acercó a su encuentro y lo besó apasionadamente.

Estaba como en una especie de soporte entre el estado consciente, mezclado con un aturdimiento. Continuó besándola y ella lo condujo dentro del pentagrama; le hizo el amor y él quedó prácticamente desmayado.

Al día siguiente sonó el despertador a las siete de la mañana y pensó en su sueño estremecedor. Alexa, programada para despertarlo, comenzó a hablar diciendo: «Buenos días, son las siete en punto; hoy es 31 de octubre, día de las brujas, y la temperatura será de dieciocho grados».

Se levantó, se asomó hacia la sala y todo estaba en orden. A las nueve de la mañana se escuchó el sonido de la chapa; era Doña Mercedes, quien se limitó a decir:

—Buenos días, señor.

Solo que esta vez sí devolvió la mirada: sus ojos habían cambiado de color, eran verdes, y una sonrisa apenas sugerible se dibujó en su rostro. Él sintió un frío inexplicable y se metió al baño. Se miró al espejo y pudo encontrar arañazos en su pecho. Recordó entonces la fecha: 31 de octubre, día de las brujas. Pues ahí, en su propia casa, tenía una, para incredulidad de él mismo y de los demás.

Pero también recordó la noche intensa y a esa fascinante mujer. Era un precio muy caro que estaba dispuesto a pagar…

D.R.

MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento para el Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Octubre 25 de 2026.

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