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Entre mariposas y ojos verdes

Cuando se tienen 12 años, todo huele a inocencia pura.

Primer año de secundaria. Todavía me parece estar ahí, en mi gran, gran escuela, perdida entre tantos niños. Un día abrí una puerta y descubrí que era la biblioteca. Al fondo, en una mesa, unos ojos verdes se toparon con los míos.

Llegaron las mariposas. Definitivamente, se estacionaron en mi estómago.

Fue una fracción de segundo. Mi nueva amiga me tomó de la mano y me sacó corriendo para ir a otro lugar. Pasaron los días y me olvidé del incidente, hasta que una chica de otro salón me llamó.

Recuerdo perfectamente que me preguntó:

—Oye, ¿y a ti quién te gusta?

Yo iba a responder que nadie cuando, justo en ese momento, volteó hacia el vidrio y nuevamente aquellos ojos verdes se toparon con los míos.

—Ese, ese es el que me gusta.

Cuando se está en secundaria, las noticias corren velozmente y, para la hora de la salida, ya media escuela tenía conocimiento del suceso.

Para el lunes siguiente ya se estaban haciendo las presentaciones:

—Mira, ella es mi amiga Mayra y él es Leonardo.

Las mariposas llegaron y se metieron por mi oído, siguieron su camino hasta el corazón y terminaron estacionándose en el estómago.

Estoy segura de que a él también se le metieron por el oído, pues supe que años más tarde tuvo una lesión importante en el conducto auditivo. Y hoy, todavía estoy convencida de que fueron las mariposas.

No sé si alguien pueda recordar con la claridad que yo tengo lo que nos acontece durante la adolescencia. Yo recuerdo, por ejemplo, el momento exacto en que me pidió que fuera su novia.

Ese día tendríamos nuestra primera fiesta de secundaria. Me puse un vestido color café, mis botitas y me peiné con dos chongos apretados.

Al llegar, se acercó a saludarme y, después de un rato, llegó la tan esperada pregunta.

Un árbol frondoso fue testigo de aquel importante acontecimiento, al igual que un perro que merodeaba a nuestro alrededor.

Esa noche no pude dormir de la emoción. Incluso lo anoté en mi diario con letras grandes y dos corazones:

M y L se aman.

Así quedó plasmado el comienzo de la historia de mi primer amor.

Los tres años de secundaria se mezclaron con amigos maravillosos, fiestas al estilo de tornamesas y discos de acetato, bailes románticos con zapatos de charol y agua de limón.

Pero eso sí: nada de besos.

Solo unas manos entrelazadas y aquellos ojos verdes que me miraban como si no hubiera nadie más en el universo.

Así transcurrieron los tres años y llegaron los quince. Era ya el momento de un beso, pues la secundaria había concluido.

Pienso en aquel día, en la última fiesta y en esos ojos verdes que se acercaron para robarme mi primer beso.

Creo que nadie pudo quitarme la sonrisa durante toda la tarde.

Mi hermana y yo salimos de la fiesta y llovía a cántaros. Entonces me quité los zapatos y disfruté, descalza, cada charco, brincando y saltando de alegría.

Dicen que el primer amor nunca se olvida y hoy, a mis 50 años, estoy segura de ello.

Curiosamente, en un momento de profunda tristeza en mi vida, mientras atravesaba el proceso de divorcio, caminaba un día con esa sensación de que el mundo se estaba desmoronando, cuando aquellos ojos verdes se pusieron frente a mí.

Nos saludamos con gran cariño. Él acababa de contraer segundas nupcias.

Fueron apenas cinco minutos, pero en ese momento fueron un bálsamo que, aunque fuera por un día, consiguió aliviar mi dolor.

Me lo he vuelto a encontrar. Él con sus hijas, yo con los míos. Y siempre habrá ese cariño.

Un cariño por nuestra inocencia, por la magia tan hermosa de tener doce años y por aquel diario, con un corazón amarillento por el paso del tiempo, que permanece como testigo para nunca olvidar a mi primer gran amor.

PD. A los cincuenta y tantos, uno ya puede darse el lujo de contar lo inconfesable.

COPYRIGHT.

El primer amor.

MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento para el Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Agosto 30 de 2026.

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