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Secretos inconfesables

Todos, al parecer, tenemos algún secreto inconfesable. Unos que se llevan a la tumba y que, de saberse, cambiarían el rumbo de la vida de muchas personas.

Rogelio, por ejemplo, siempre tuvo una doble vida. De día era un contador confiable, trabajador, respetuoso, el típico Godínez que todos quieren como compañero de trabajo.

El día que a Rogelio le dio un infarto fulminante, toda la oficina era un caos. Lágrimas y más lágrimas de hombres y mujeres por igual.

A la hora de su velorio, la sala era insuficiente para dar cabida a tanta gente. La esposa, con su vestido negro recatado y una mantilla en la cabeza, acompañada de sus hijos, de veinte y veintitrés años, recibía a todo aquel que pasaba a darle el último adiós a su querido padre.

En eso, una mujer curvilínea, de cabello rubio artificial y zapatillas con tacón de aguja, hizo su entrada estelar. Llegó directo al ataúd y todos guardaron un silencio sepulcral.

—¡Rogelio! ¿Por qué nos abandonaste? ¿Qué va a ser de mí y de las criaturas?

El chisme corrió más rápido que la velocidad de la luz y todos entendieron que Rogelio Godínez tenía una doble vida.

La esposa, como dicta el manual de las buenas costumbres, agarró de los pelos a la intrusa y la sacó de las greñas del lugar.

Regresó a su asiento, despeinada y con la blusa rota, pero eso sí, con la dignidad bien puesta y sus tenis también.

Horas más tarde llegó el compadre. La viuda se levantó de su silla cual resorte y fue a recibirlo con un muy, pero muy efusivo abrazo.

Era un pequeño secretito, muy discreto, sutil, pero hay cosas que no se pueden esconder y Lupita, por más que intentó disimular, se delató con aquel apasionado abrazo.

Los presentes no daban crédito, pero dos verdades habían quedado al descubierto aquella noche.

Ya para las once, Guadalupe empezó a salir del shock y le cayó el veinte de que no tenía dinero para pagar el sepelio del día siguiente.

Se acercó a Felipe, el mejor amigo del difunto, y muy quedito, pero firme, le comentó:

—Felipe, hoy le tocaba la tanda a mi viejo. Por favor, dámela, porque mañana tengo que pagar.

Felipe, con toda la actitud, le respondió:

—Lupita, yo le entregué desde ayer el dinero. Lo que haya hecho con él, eso ya no fue asunto mío.

Felipe salió al pasillo y se fumó un Marlboro.

—De la que me he salvado. Ya no tendré que pagar la dichosa tanda…

Un secreto que ya no habría modo de comprobarse.

Cuando pasó el trance amargo y regresaron por fin a casa, Delfina, la hija menor, comenzó a buscar los papeles de su padre, entre ellos las escrituras. En la búsqueda encontró un botecito lleno de billetes de doscientos pesos, un pequeño tesoro que Godínez había estado guardando para quién sabe qué cosa.

Delfina lo metió en una bolsa del súper. Ya tendría la oportunidad de contarlo y largarse de vacaciones a Disney, pues durante años había pospuesto ese sueño.

Otro secretito en el costal.

Después de haber descubierto el amorío de su padre y el romance con el amante de su madre, ni un ápice de remordimiento sentiría.

El hijo mayor no estaba enterado de nada. Abstraído en su dolor, no se dio cuenta de los pequeños acontecimientos ocurridos durante aquellas noches.

Él solo sentía un gran vacío.

Se sentó en el sillón reclinable de su padre y se quedó pensativo.

Quién sabe qué secreto guardaría para sus adentros.

MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento para el Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Septiembre 20 de 2026.

Secretos inconfesables.
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