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Inocencia

​Tenía 18 años, la edad justa donde la supuesta independencia comienza. Solo que para algunas mujeres el tiempo es relativo cuando se lleva un alma de niña y un cuerpo de mujer.

​Tenía caderas anchas, senos frondosos y unas piernas largas y torneadas que, más que para presumir, le servían para trepar a los árboles y tomar vuelo en una liana para caer en el centro del manantial.

​Quizá no reparó en que sus curvas eran un deleite para los ojos de Rodrigo Alcántar. Él la veía pasar cada tarde y la seguía con discreción; apostado junto a un gran roble, se fumaba un cigarrillo disfrutando del espectáculo. Para un hombre de 53 años, ella era la manzana prohibida. Soñaba con ella cada noche y en su mente fue suya más de una vez. Era un hombre feo, de esos que nacen sin encanto y sin corazón.

​Algunas veces la abordaba en el camino y ella corría, intuyendo que esas miradas eran el presagio de un desastre.

​Esa tarde, en el pueblo festejaban a la Virgen de la Merced. La gran mayoría asistió a la santa misa, pues el cardenal había llegado para celebrar la liturgia. A Dulce María le importaban un comino los rezos; la sola idea del gentío y del sofocante calor dentro de la iglesia era una invitación directa a desertar y darse un chapuzón de esos que refrescan hasta la mente.

​Comenzó a desvestirse cerciorándose de que no hubiera nadie. Se encaminó hacia la liana y fue ahí donde un par de manos la aprisionaron con tanta fuerza que no pudo liberarse. Él le cubrió la boca con su paliacate rojo y la ultrajó con todo el deseo que guardaba. Dulce María dejó de luchar; estaba paralizada por el temor y la vergüenza.

​Al terminar su fechoría, la arrojó entre los matorrales y siguió su camino sin un ápice de arrepentimiento.

​Cuando Dulce María recobró el sentido, sus piernas sangraban profusamente y el cuerpo le dolía con los lamentos propios de cuando te han dejado muerto en vida.

​16:45 horas: la hora exacta en que Dulce María sujetó la liana, pero esta vez el motivo no era la búsqueda de la alegría. Hizo un nudo, tomó impulso como muchas otras veces y se ahorcó. Bastaron cinco minutos para pasar al mundo de los espíritus.

​Al acabar la misa, los transeúntes que regresaban a sus casas la descubrieron: una silueta colgada como un fantasma, con un rostro donde la humillación superaba a la tristeza.

​Dicen los que saben que los árboles guardaron sus gritos y que, en días de lluvia y viento, se escuchan sus lamentos, mientras que en el fondo del manantial suele vislumbrarse la figura de una mujer.

D.R.

Inocencia

​MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento para el Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Septiembre 12 de 2026.

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