Samuel tenía sesenta años, un semblante un tanto cansado. En su rostro, las líneas de expresión reflejaban hastío y enojo. Por momentos se dulcificaba al ver a sus nietos o a sus hijos, pero bastaban unos segundos para que su carácter se transformara hasta verse completamente descontrolado.
Ese día amaneció de malas. Se le atravesó una tina mal puesta y, de una fuerte patada, fue a dar hasta el fondo del patio.
Su familia ya se había acostumbrado a esa rutina, a un ambiente volátil e insano. Pero dice un refrán que a todo se acostumbra uno, menos a no comer.
Todos comenzaron a decirle que su comportamiento era errático, que quizá necesitaba ayuda profesional. Pero Samuel era como esos árboles de raíces profundas, inamovibles en sus creencias, aferrado a la convicción de que su verdad era absoluta.
En el trabajo, en la casa, con sus vecinos o con el chofer que por casualidad algún día se le atravesó, terminaba protagonizando escenas dantescas. Más de uno llegó a pensar que aquel hombre desconocido podía propinarle una golpiza a cualquiera.
Cierto día, abrumado por tantos comentarios que le señalaban que su actuar no era el correcto, decidió emprender un viaje que había postergado durante décadas. Desde los catorce años, cuando vio un documental, se prometió que algún día cumpliría ese sueño. Entrenó arduamente, escaló montañas en las afueras de la ciudad y llegó a estar en óptimas condiciones físicas.
Era el momento. Estaba seguro de que aquella travesía le devolvería cierta tranquilidad y le reafirmaría que, en su proceder, estaba en lo correcto.
Llegó al Everest y decidió realizar el ascenso completamente solo.
Para su buena fortuna, el clima le favoreció. Escaló durante varios días, instaló su tienda de campaña, preparó sus alimentos e intentó descansar. Sin embargo, su mente seguía siendo como un potro indomable que corría a toda velocidad. Su cerebro no dejaba de trabajar y, por momentos, regresaba la ira.
Ahí no había personas a quienes culpar ni objetos que lanzar. Solo el silencio, el frío y él mismo.
Dentro de él hervía un caldero de demonios: su pasado, su infancia, los errores de juventud y sus fracasos personales. De ese recipiente imaginario brotaban cabezas de formas siniestras, distintas entre sí, enfrascadas en una batalla interminable que muchas veces terminaba por dominarlo.
Se dio cuenta de que ahí podía gritar, maldecir y enojarse sin que nadie lo escuchara. Solo un eco ensordecedor regresaba a sus oídos y terminaba por espantarlo.
A veces las verdades suelen ser crueles y despiadadas.
Recordó cuántas personas le habían rehuido: unas por coraje, otras por temor y muchas más para no contagiarse de esa ira que se propagaba como la gripe.
Quizá el silencio le dio la oportunidad de escuchar aquellas voces de familiares y amigos que durante años le habían repetido:
—Ve al psiquiatra. Él te podrá ayudar.
Por las noches, bajo un cielo repleto de estrellas, comenzó a llorar. Lloró al sentirse profundamente solo y también al comprender que, en realidad, tenía personas que lo amaban. Sin embargo, había sido él quien había provocado muchos de los episodios amargos que marcaron la vida de quienes lo rodeaban.
La ausencia de ruido le permitió escuchar a esos demonios internos que no lo dejaban vivir en paz, esa necesidad permanente de hacer algo más, de cambiar de lugar, de irritarse sin importar dónde estuviera.
Empezó a descubrir que aquella faceta era el resultado de toda una vida cargando infortunios como un pesado lastre, como cadenas arrastradas por fantasmas que nunca le permitían vivir plenamente.
Se vio frente a un espejo imaginario, jactándose de que todo le valía, de que nada era más fuerte que él. Fue entonces cuando comprendió lo pequeños que podemos ser frente a la inmensidad del mundo.
Resonancia.
Aquella palabra irrumpió en su mente como un rayo.
No era el lugar.
No eran las personas.
No era el dinero.
No era el trabajo, ni la ausencia de él.
No era su pareja.
No eran las noticias abrumantes.
Al fin y al cabo, todos llevamos problemas a cuestas.
Era él.
La impresionante soledad y el frío que entumecía sus pies le hicieron valorar el calor de su hogar.
La distancia le recordó cuánto amaba a sus hijos.
Las pequeñas cosas de la vida cotidiana adquirieron un valor inmenso.
Se dio cuenta de lo afortunado que era de tener a sus padres, quienes lo recibirían con enorme alegría.
El siguiente lunes marcó desde su celular. Ya en casa retomó el rumbo correcto.
—Señorita, buenos días. ¿Podría apartarme una cita con el psiquiatra, por favor…?

MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento para el Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Julio 25 de 2026.

