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Más allá de las pesadillas

Ernesto era un escritor disciplinado. Señalaba un día en específico para comenzar a escribir su libro. Le dio por seleccionar un 31 de octubre, tras observar la luna llena en todo su apogeo. No por nada dicen que las lunas de octubre son las más hermosas.

Así, como un ritual sagrado, elegía ese día para comenzar sus obras literarias.

Este sería ya su octavo libro.

En el escritorio no podían faltar sus lentes, su vieja máquina de escribir, su música de saxofón melancólico y su jarra con té de menta helado.

Se abstraía del mundo y solo estaba inmerso en el suyo. Sin embargo, el bullicio de la ciudad, junto con las festividades de Halloween, los timbres y los gritos de los niños, le robaban su paz mental.

Fue así que a su rutina se le sumó un elemento adicional. Escogía un lugar alejado, una cabaña en algún sitio remoto y tranquilo; ponía los pies sobre el escritorio para reflexionar unos minutos y, en cuanto las ideas tomaban forma, se incorporaba para teclear en su vieja máquina de escribir sin parar hasta ver hacia dónde ese remolino de pensamientos lo llevaba para dar inicio a su novela.

Distaba mucho de seguir un orden específico para dar vida al libro. Las ideas fluían y sentía que lo iban conduciendo hasta llegar al despertar de sus escritos.

Aquel treinta y uno, en particular, escogió un pueblo pequeño en las afueras de Zacatecas. Se sentía un terrible frío y cambió el té helado por una humeante olla de café con canela y piloncillo.

Doña Cruz era una acompañante reservada que le auxiliaba en los quehaceres y a quien se le solicitó que, durante la renta de la cabaña, no podía, por ningún motivo, interrumpir ni hacer ruido al escritor.

Ella le dijo que no tendría problema con eso, pues por lo general no le interesaba hablar y mucho menos lo que su huésped hiciera mientras pagara lo solicitado.

Antes de comenzar a escribir, salió a observar la impresionante luna y el cúmulo de estrellas en un cielo raso.

Se frotó las manos y sintió un frío de esos que no respetan chamarra alguna. Faltando cinco minutos para las doce, comenzó su tarea.

Solo antes bebió algunos tragos de café. Se preguntó si Doña Cruz ya se habría ido a dormir, cosa rara, pues ella esperaba hasta que su huésped cerraba la puerta del cuarto para después hacer lo mismo.

Comenzó a escribir y el paisaje de la luna, su descripción de aquella noche, fue un buen comienzo.

Pocos tienen el privilegio de observar una luna tan perfecta, quizá porque la perfección ya viene de manera intrínseca con ciertos elementos de la naturaleza…

De pronto, algo pasó de manera fugaz por la ventana. Hizo una pausa y se levantó para ver qué había sido aquello.

Se dijo a sí mismo que pudo ser el reflejo de algún coche que, a lo lejos, había hecho un cambio de luces.

Regresó a su asiento y continuó con varias ideas que empezaban a cobrar vida.

Nuevamente, otro destello y otro más.

Le gritó a Doña Cruz, pero nadie respondió.

Seguro estará ya dormida.

Escuchó entonces algunos ladridos de una jauría de perros y volvió a asomarse por la ventana.

Nada. Ni ladridos, ni perros, ni luces. Solo la luna, de una dimensión extraordinaria y excesivamente cercana.

La observó con detenimiento y algo giraba a su alrededor.

Mujeres que solo en los cuentos o leyendas uno encontraría. Volaban alrededor de la luna, ataviadas con vestidos negros y rostros siniestros.

Ninguna se percató de que estaban siendo observadas.

Miedo. Sintió un miedo profundo, pues aquello estaba lejos de ser algo que simplemente pudiera haber leído.

Gritaban de manera espantosa.

Después de las doce, las vio hacer un círculo. Recordó entonces que era noche de brujas, aquellas que hasta ese momento solo habían sido producto de la imaginación, pero él lo estaba viviendo.

Comenzaron una danza extraña, con cantos y alaridos simultáneos.

Las cabañas de alrededor estaban con las luces apagadas. Los perros, con ojos de color rojo, estaban formados al lado de cada bruja.

Fue en ese momento que recordó que en todos los días previos no había visto a un solo hombre. Todo era dirigido por mujeres ancianas.

No podía dar crédito a lo que sus ojos y sus oídos presenciaban.

Estaba realmente asustado. Intentó hacer una llamada de auxilio, pero en el lugar no había conexión.

No estaba dispuesto a esperar. Tendría que haber una lógica detrás de aquellas visiones.

Dos cincuenta y cinco de la madrugada.

Llegó a su límite de espera. Se colocó la chamarra y saldría a caminar rumbo a la carretera para salir de ese macabro lugar.

Recordó entonces que, al llegar al lugar, se había topado con mujeres muy hermosas ubicadas en la primera de las cabañas.

Sin embargo, no las había vuelto a ver. Solo a las ancianas que cruzaban las largas distancias con pasos lentos y rostros cansados.

Al asomarse a la ventana, reparó en que varios pares de ojos lo miraban sin perder detalle alguno de sus movimientos.

Se alejó de las ventanas y, siendo un ateo recalcitrante, por primera vez comenzó una oración que de niño su abuela le había enseñado.

Se sentó en un sillón de la sala y, temblando de frío, pero más de miedo, el sueño le fue ganando.

En su sueño, entre varias ancianas, lo llevaron afuera y lo encerraron en su círculo. Continuaron con sus cánticos y sintió un profundo dolor en su brazo. Le estaban haciendo un corte para obtener su sangre, que era depositada en una cubeta.

Fue tal el dolor que se observó desmayado.

Un gallo fue el redentor de esa horrible pesadilla.

El reloj de la sala marcaba las seis.

Se puso de pie, se lavó la cara con agua fría y guardó su vieja máquina de escribir en su maletín. Se puso la chamarra y se dispuso a salir de aquel lugar.

Doña Cruz le dio los buenos días y solo atinó a comentar:

—Anoche lo escuché quejarse, señor. Supongo que tenía pesadillas. A lo mejor no le cayó bien el café.

Ernesto recapituló sus vivencias de esa noche y se dijo a sí mismo:

—Quizá solo fue una espantosa pesadilla.

Sin embargo, ya no estaba cómodo en el lugar. Se fue caminando y, a su lado, se encontró a varias mujeres que disimuladamente lo miraban.

Apresuró el paso y llegó a la primera cabaña, que se encontraba a unos cuantos kilómetros de la carretera.

Con incredulidad, vio que todo alrededor estaba lleno de muñecas desnudas y se sintió observado por cada una de ellas.

No había ninguna de las mujeres con las que al inicio se había encontrado. Solo muñecas. Muchas muñecas.

Llegó a la carretera, abordó el primer autobús que pasó y regresó a su departamento.

Se dio un baño y la cordura volvió, así como su lógica racional.

Sí, debió haber sido un muy mal sueño.

Se comenzó a poner crema en los brazos y notó una herida profunda y lineal.

Todos los argumentos lógicos se cayeron de golpe.

Ya tenía material siniestro para su nueva novela, uno que, por supuesto, nadie creería.

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MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento para el Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Agosto 16 de 2026.

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