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Moneda de cambio

Escuché un fuerte ruido. Entre los escombros, el lodo y los fétidos olores, algo sacudió ese pequeño espacio donde había permanecido durante años. Estaban limpiando el canalón y allá fui a dar, a la bolsa de esa máquina feroz. Después, el hombre del overol gris echó todo lo encontrado en el cajón de una camioneta. Supongo que mi aspecto dorado atrajo su atención y me rescató de aquel sitio.

Me tomó entre sus guantes, me restregó en el overol y volví a brillar. El hombre sonrió y dijo:

—Pa’ mi coquita.

Así, sin más ni más, me llevó a la tienda, donde terminé en el cajón del dinero.

No pasaron ni cinco minutos cuando llegó un militar y compró algunos artículos. Su gesto era serio y su voz firme. Únicamente dijo:

—Gracias.

Me guardó en la bolsa de su pantalón. Al llegar a casa, su esposa comenzó a reclamarle cómo era posible que no se hubiera cambiado, que estaba por llegar su familia y que se quitara esa expresión que asustaba a todos.

El hombre entró al cuarto. Estaba agotado, pues las misiones de su trabajo demandaban tiempo y una enorme cantidad de energía. Se quedó profundamente dormido. Desde el bolsillo escuchaba a la señora explicarles a los invitados que el militar estaba muy cansado y que no los acompañaría durante la cena.

Cuando se despidió el último familiar, la mujer, harta de estar siempre sola, entró hecha una furia. Le reclamó todo y más: que nunca estaba cuando lo necesitaba, que era muy difícil desempeñar dos roles y enfrentar las situaciones con sus hijos sin apoyo alguno. Le pidió que se fuera, pero eso sí, que no olvidara dejar el dinero de la semana sobre la mesa.

El capitán, incrédulo y aún adormilado, apenas atinó a ponerse la gorra. Su rostro inexpresivo se transformó en dolor y tristeza, pero estaba tan acostumbrado a ocultar sus emociones que se recompuso y salió sin pronunciar palabra. Antes de marcharse, me dejó sobre la mesa junto a seis billetes de quinientos pesos.

La señora lloró durante horas, hasta que los billetes y yo quedamos relucientes de limpios. Al día siguiente, como ocurre con todas las madres, la vida continuó.

Fuimos al mercado y, entre lechugas, jitomates, ajos, cebollas, plátanos y guayabas, recorrí puesto tras puesto.

Más tarde llegué a otro lugar. Unas manos con olor a pollo acomodaron todo el dinero y a mis compañeras, las monedas, en una caja de cartón. Comenzó la separación entre billetes y monedas, y terminé dentro de un garrafón junto con muchas otras parecidas a mí.

Pasaron varios meses hasta que el carnicero comenzó a sacudirnos y a contar cuánto dinero había reunido.

Escuché el monto total:

—Dieciocho mil quinientos sesenta pesos.

Era suficiente para unas buenas vacaciones.

Allá fuimos a dar, a una playa hermosa. Sin embargo, el intenso calor del sol nos quemaba. Fue ahí cuando reparé en que había algo diferente en mí. Estábamos juntas, pero no revueltas. Algunos de mis trazos y relieves no eran iguales a los de las demás.

Al día siguiente me llevaron a un bar de poca monta y, entre olores a tequila y ron, volví a caer en otra caja de dinero.

Uno de los clientes me recibió como cambio y, movido por la curiosidad, al llegar a su casa comenzó a investigarme. Me tomó varias fotografías y soltó una carcajada. Creo que le causó alegría encontrarme.

Resultó que pertenecía a una edición limitada de monedas y valía mucho más que diez pesos.

Después me limpió con sumo cuidado y me colocó en un estuche especial, con fondo rojo y una cubierta de vidrio. Ahora permanezco en un salón iluminado por pequeñas lámparas que parecen cañones diminutos, dentro de una vitrina transparente.

Me gusta este lugar. Es tranquilo y ya no me traen de un lado para otro.

Así cambió la suerte de una moneda.

Moneda de Cambio.

D.R.

MAYRA EVANGELINA DÍAZ / Un Cuento para el Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Julio 12 de 2026.

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