Rosita Calvillo era su nombre. Mujer de esas que, entaconadas, rebasan al mundo y, sin zapatos, de todos modos el mundo les viene chico. Nació brava, decía su madre. Al salir del vientre materno, lo hizo echando gritos y no paró nunca. Fuerte como esos árboles bien cimentados que nada los tumba, ni el frío, ni la lluvia, ni el aire de febrero que llega como queriendo arrasar con los males para traer aires renovados.
Unos ojos café que al sol eran casi verdes, y al enojo, casi rojos. Dicen que cuando se enfurecía, nadie la miraba de frente, pues dolía más una mirada de Rosita encabronada que un par de chanclazos. Los hijos lo aprendieron bien: cinco chiquillos que ya juntos formaban un pelotón de travesuras y que robaban la energía de cualquiera.
La casa de Rosita Calvillo era famosa en el pueblo; vivía llena de plantas y cualquiera, al pasar, se detenía a llenarse los pulmones del olor a gardenias y azahares. Bastaba con voltear para ver un pasillo largo atiborrado de macetas y de cotorros que saludaban a los transeúntes con una mentada de madre o con un chiflido capaz de arrancarles las carcajadas a las damas a su paso. Al fondo, una hamaca y tres perros callejeros postrados a los pies de Rosita, quien permanecía sentada en su mecedora. Para los que llegaban de fuera, aquello parecía un cuadro de Diego Rivera digno de ser enmarcado.
A Rosita Calvillo no se le conoció nunca un novio, pues los hombres le tenían más miedo que amor. Hubo algunos que pensaron conquistarla e incluso lo intentaron. Uno de ellos, Juan Armenta, llegó a apostar en la cantina que ella estaría en su cama en menos de treinta días. Los hombres sacaron sus billetes y el cantinero guardó las apuestas. Durante las semanas siguientes llegaron flores, mariachis, tambora y hasta una marimba chiapaneca, una guacamaya e incluso un caballo blanco a las puertas de la casa de Rosita. Pero, como pueblo chico es infierno grande, el chisme de la apuesta no tardó en filtrarse.
Al día 29, sintiéndose ya casi seguro de haber conquistado el corazón de Rosita, llegó Juan vestido de traje blanco, sombrero, bota piteada y cargando —con la ayuda de dos hombres— un arreglo de trescientas rosas rojas que metieron hasta el pasillo. Los amigos lo acompañaban para atestiguar la declaración y la respuesta.
Ese día, Rosita Calvillo se bañó en agua de gardenias, se lavó su negra cabellera, se pintó los labios de rojo y, con un trozo de carbón, delineó sus ojos café. Se puso una flor en el cabello y su vestido de manta blanca ceñido a la cintura. Se sentó en su mecedora y, en punto de las ocho, el chisme llegó a domicilio: la nana Lupita había pasado a la tienda de abarrotes y ahí los hombres comentaban que en un rato más se sabría el destino de las apuestas.
Rosita Calvillo pasó de los ojos café a los rojos del sulfuro. Esperó pacientemente hasta que se escucharon dos toquidos en el timbre. Los perros comenzaron a ladrar y entraron primero los amigos con las rosas, seguidos por Juan Armenta, quien así como entró, salió huyendo como el mismísimo demonio al escuchar las detonaciones del rifle con el que fue recibido. Antes de irse, los hizo bailar el jarabe tapatío a punta de balazos; de la apuesta, lo único ganado fue la dignidad perdida de Juan Armenta y la risa de todo el pueblo. Así que de amores, Rosita Calvillo no quiso saber más.
Pasaron algunos meses y llegó la nana Lupita a contarle lo que acababa de ver camino al pueblo: en la casa verde al borde del camino estaban golpeando a un pobre chiquillo que gritaba angustiado por semejante paliza. Ojalá no le hubiera dicho nada, pues apenas lo supo, tomó su bolso y allá fue a dar.
Con piedra en mano tocó la puerta y a Don Seferino no le quedó más remedio que abrir. Rosita fue a buscar al pequeño que lloraba desesperado, lo tomó en sus brazos y les leyó la cartilla: a partir de ese momento, ese niño no regresaría jamás a esa casa, y si ponían un solo pie en la suya, también bailarían el jarabe tapatío. Lo metió a bañar, curó sus heridas y le cantó esas melodías que escuchaba de su abuela, las cuales eran un remanso de paz y cura para un cuerpo adolorido. Esa parte de Rosita estaba reservada de la puerta hacia adentro, entregada solo a un gran amor… y qué mayor amor que un alma inocente.
El modo en que llegaron los gemelos fue cosa de la mismísima divina providencia. Casi al alba, cabalgaba en el caballo blanco —legado del apostador y bailarín del jarabe tapatío— cuando escuchó a unos niños llorar cerca del río. Se acercó y no daba crédito al ver a dos criaturas titiritando de frío, flacos y sucios como salidos de un pantano, con los ojos brillantes y pidiendo auxilio. Los subió al caballo y los llevó a un lugar seguro. Los metió a bañar con agua caliente y, entre la nana y ella, se pasaron parte del día quitándoles los piojos, cortándoles las uñas y preparando un caldo de pollo, pues su sabia abuela le había enseñado que para curar el abandono de una mala madre no hay mejor medicina que el olor a gallina en una mesa cualquiera.
Al cuarto niño se lo dejaron ahí nomás, envuelto en un chal viejo y acompañado de una nota de auxilio que pedía con toda clemencia cuidar de la criatura, llegada a este mundo de forma clandestina. Lo recogieron en el umbral y los tres nuevos hermanos se encargaron de prodigarle cariño junto con Rosita.
El último hijo fue su propia decisión. Buscó a un forajido que estaría solo de paso por el pueblo y que no regresaría jamás. Se puso su vestido de manta, su flor en el cabello y entró a la cantina. Ella lo escogió, lo tomó de la mano y se lo llevó con la plena convicción de querer una noche de cama y un hijo para su vida. Al llegar, los hombres admiraron discretamente su belleza; eso sí, con los ojos incapaces de mirarla de frente, pues nadie estaba dispuesto a bailar un jarabe tapatío en plena cantina, por muy chula que fuera Rosita. El único ignorante de esta historia era el recién llegado, quien por supuesto se sintió afortunado al ver que semejante hermosura de mujer lo había elegido para una noche de pasión.
Así fue como llegaron los cinco amores a su vida. Nunca uno fue hijo menos ni hijo más. De Juan Armenta solo se supo que abandonó el pueblo, pues encontrarse con Rosita equivalía a bailar otro jarabe tapatío.
Así la vida de Rosita Calvillo…
D.R.
MAYRA EVANGELINA DÍAZ LARA / Un Cuento para el Domingo / San Luis Potosí, S.L.P. / Noviembre 8 de 2026.

