“ENTRE TODOS, LA FAMILIA”.
El día martes, 2 de septiembre, Zacatecas fue escenario de dos eventos que, aunque en distintos espacios, tocaron un mismo nervio sensible de nuestra sociedad: la violencia y la adicción.
En el Foyer del Teatro Calderón, la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ) abrió un foro nacional bajo el título “Diálogos Universitarios para la Prevención y Atención de las Violencias Sexuales y de Género”. Académicos, activistas, jueces y autoridades universitarias se congregaron para hablar de protocolos, derechos humanos y la urgencia de un campus libre de violencias. Mientras tanto, en el recinto legislativo, durante la sesión de la Comisión Permanente, el diputado Santos Antonio González Huerta presentó una iniciativa para reformar la Ley de Salud del Estado. Su propuesta: regular y certificar los centros privados de rehabilitación de adicciones —los conocidos “anexos”—, con la intención de proteger la vida y dignidad de quienes buscan rehabilitarse.
Ambos discursos tienen un aire común: la preocupación por atender males profundos que laceran nuestro tejido social. Uno enfocado en la violencia de género, otro en las adicciones. Uno desde la universidad, otro desde el Congreso. Sin embargo, hay un punto ciego que no deja de ser alarmante: ninguno menciona, ni siquiera de manera tangencial, a la familia.
La familia, esa célula base de la sociedad, permanece invisible en las agendas oficiales. Y, sin embargo, es allí donde germinan tanto la fortaleza como la vulnerabilidad del individuo. Un estudiante víctima de violencia sexual, una joven atrapada en relaciones abusivas, un hombre que busca refugio en las drogas, no son fenómenos aislados ni accidentes sociales: son síntomas que nacen y se agudizan en entornos familiares frágiles, fragmentados, muchas veces ausentes.
La Psicología Familiar lo sabe bien: cuando un miembro presenta el síntoma, el problema suele estar en la estructura que lo contiene. Si el hijo consume drogas, la adicción no es únicamente “su” problema; refleja una dinámica relacional enferma. Si la hija calla abusos o normaliza la violencia, no solo se trata del agresor, sino también de un hogar que no supo —o no pudo— proteger, escuchar y acompañar.
Por ello, resulta contradictorio que la universidad y el legislativo quieran diseñar protocolos y marcos jurídicos sin integrar a la familia como agente preventivo y corresponsable. Regular anexos es necesario; visibilizar violencias de género también. Pero si el círculo íntimo donde crece la persona —ese primer espacio de socialización, afecto y cuidado— no se coloca en el centro de las estrategias, lo único que hacemos es atender emergencias sin tocar las raíces.
El problema no es solo el legislativo ni solo la universidad. El verdadero problema es un Estado que ha preferido mirar al individuo de manera aislada, dejando en la penumbra a la familia, cuando es allí donde se construye o se desmorona la dignidad humana.
¡Que no solo haya crítica también propuesta!
Recomendaciones desde la Psicología Familiar
Si de verdad queremos prevenir la violencia y erradicar las adicciones, necesitamos políticas públicas y universitarias que integren a la familia en la ecuación. Algunas líneas de acción serían:
- Escuelas para padres y madres en todos los niveles educativos, con orientación en manejo emocional, comunicación afectiva y resolución no violenta de conflictos.
- Protocolos familiares de acompañamiento en casos de violencia sexual o consumo de drogas, donde la familia no sea espectadora, sino parte activa de la recuperación.
- Centros de terapia familiar accesibles, integrados a universidades y servicios de salud, para atender la raíz relacional de los problemas.
- Campañas sociales que valoren y fortalezcan el rol de la familia, no desde la moralización, sino desde la responsabilidad compartida en la construcción de entornos seguros.
- Capacitación a autoridades, docentes y profesionales de la salud en enfoque sistémico, para que comprendan que cada persona es parte de una red relacional que influye en su bienestar.
Un llamado necesario
Hoy es momento de ser claros: ni la UAZ, con sus foros y protocolos, ni el Congreso local, con sus reformas, pueden seguir dejando a la familia fuera de la conversación. Si ambos quieren ser coherentes con sus objetivos —prevenir la violencia y erradicar las adicciones—, deberán reconocer que, sin la familia como núcleo activo de la transformación, todo esfuerzo quedará a medias.
El llamado es directo: que la universidad abra espacios de formación y acompañamiento familiar en paralelo a sus protocolos, y que el legislativo legisle con visión sistémica, considerando la célula base de la sociedad en cada norma que pretenda “proteger la dignidad humana”.
De otra manera, la prevención será un espejismo y la erradicación, una utopía. La familia no puede seguir siendo la gran ausente.
Y a partir de ahora el eslogan será: “ENTRE TODOS, LA FAMILIA”.
Tres para ti Doc.
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VICTOR HUGO GARCÍA / Tercera Fuerza / Zacatecas, Zac. / 04/ septiembre/ 2025.

