- ** Traje a la medida.
- ** Un patrón psicológico en líderes políticos, militares y académicos.
- ** ¿Sirves o te sirven?
Intentar comprender una conducta socialmente grave sin reducirla únicamente al juicio moral, sino explorando los patrones psicológicos que pueden explicarla.
Desde luego, cualquier análisis debe ser hipotético, como éste, porque solo una evaluación clínica directa permitiría un diagnóstico. Pero sí podemos construir un panorama de personalidad probable a partir de las conductas públicas observadas. Sin dejar de observar que ya vienen las campañas políticas y veremos quien o quienes encajan es el siguiente análisis.
La legitimidad se construye.
El tema de hoy es porque en las últimas semanas, ha vuelto a surgir en el debate público una pregunta incómoda para la comunidad universitaria y para la sociedad zacatecana: ¿es legítimo que el ex rector de la Universidad Autónoma de Zacatecas, intente regresar al espacio institucional que alguna vez encabezó?
Más allá de la discusión jurídica o administrativa, hay una dimensión poco explorada: la psicológica. Porque cuando un personaje público insiste en recuperar un lugar que socialmente le ha sido retirado, la pregunta ya no solo es política o legal. También es profundamente humana: ¿qué ocurre en la mente de alguien que no acepta la caída del poder?
Desde la psicología conductual sabemos que el poder prolongado produce efectos muy concretos sobre la percepción de la realidad. Quien ocupa durante años posiciones de autoridad suele recibir una combinación peligrosa de reforzadores sociales: reconocimiento constante, escasa confrontación real y una amplia capacidad de decisión. Con el tiempo, ese entorno puede generar lo que algunos investigadores llaman distorsión de poder: una percepción de excepcionalidad que debilita los límites internos que normalmente regulan la conducta.
El psicólogo social Dacher Keltner, quien ha estudiado durante décadas la relación entre poder y comportamiento humano, sostiene que el poder puede reducir la empatía y aumentar la tendencia a actuar impulsivamente, porque disminuye la percepción de consecuencias. En otras palabras: mientras más alto se está en la jerarquía, más fácil puede resultar olvidar que las normas también aplican para uno mismo.
Pero cuando ese poder desaparece, abruptamente ocurre otro fenómeno psicológico: la fractura de identidad. Para muchas personas que han construido su vida pública alrededor del prestigio, la autoridad o el reconocimiento, perder ese lugar equivale a perder una parte central de su propio yo. No es extraño entonces que aparezcan mecanismos de defensa clásicos, como la negación.
Negar no significa necesariamente mentir; significa, sobre todo, proteger la propia identidad frente a una realidad que resulta emocionalmente insoportable.
En este punto, la psiquiatría ha observado un patrón frecuente en líderes que han ocupado posiciones de poder durante largos periodos. El psiquiatra Otto Kernberg, uno de los principales estudiosos de la personalidad narcisista, ha señalado que ciertos liderazgos desarrollan rasgos narcisistas funcionales: una fuerte sensación de excepcionalidad, necesidad constante de reconocimiento y dificultad para aceptar la humillación pública.
Estos rasgos no necesariamente constituyen una enfermedad mental. Sin embargo, cuando se combinan con el poder institucional prolongado pueden producir una percepción inflada de legitimidad personal: la persona llega a creer que su presencia es indispensable, incluso cuando la comunidad ya ha decidido lo contrario.
El historiador y médico británico David Owen describió este fenómeno como el “síndrome de hubris”, un patrón psicológico observado en líderes políticos, militares y académicos. Entre sus rasgos aparecen la convicción de superioridad moral, la incapacidad para reconocer errores y la persistente necesidad de mantener o recuperar el poder perdido.
No se trata de un diagnóstico clínico formal, pero sí de una advertencia histórica: el poder puede alterar profundamente la relación de una persona con la realidad y con sus propios límites.
Sin embargo, hay un elemento aún más profundo en el caso que hoy sacude a la universidad. Un rector no es únicamente un administrador. En la cultura universitaria representa un símbolo: la autoridad del conocimiento, la ética académica, la formación de nuevas generaciones.
Cuando ese símbolo se fractura, la institución enfrenta algo más que un problema político. Entra en lo que la psicología institucional llama crisis de confianza colectiva. La comunidad universitaria —estudiantes, docentes y sociedad— ya no discute solamente decisiones administrativas; discute el significado moral de la institución.
Por eso la reacción social suele ser tan intensa. No se trata únicamente de juzgar a una persona. Se trata de defender el valor simbólico de la universidad como espacio de conocimiento, ética y formación humana.
Desde esta perspectiva, la pregunta sobre un eventual regreso deja de ser una cuestión individual. Se convierte en una pregunta institucional y social:
¿Puede una universidad reconstruir su autoridad moral ignorando la herida que un episodio así dejó en su comunidad?
La historia de las instituciones demuestra que la legitimidad no se impone por decreto ni se recupera por insistencia personal. La legitimidad se construye —y también se pierde— en el delicado territorio de la confianza colectiva.
Y cuando esa confianza se rompe, la verdadera discusión ya no es si alguien quiere volver.
La verdadera discusión es si la institución puede permitírselo.
… Y recuerda que… Entre Todos, La Familia.
Tres para ti Doc.
Facebook: Víctor De LA Brecha
Twitter: @GarciaVicko
vickoo911@gmail.com
VÍCTOR HUGO GARCÍA / Tercera Fuerza / Zacatecas, Zac. / 12 / marzo / 2026.

