La historia no miente. Sólo cambia de escenario.
El horror más escalofriante es aquel que nadie espera.
Algo ríe.
En los anales de la historia política contemporánea de México, el año de 1994 se erige como una sinfonía macabra de expectativas truncas, promesas rotas y actores políticos que jugaron con los destinos de millones. Curiosamente, un escenario similar parece tejerse en la Universidad Autónoma de Zacatecas (UAZ), donde el rector Rubén Ibarra protagoniza un libreto con tintes salinistas, sostenido por una precaria legitimidad y un equipo de trabajo sumergido en la simulación.
En este peculiar ejercicio de analogías, Ibarra funge como el Carlos Salinas de Gortari del recinto universitario. Ambos líderes, en sus respectivos contextos, llegaron al poder con promesas de prosperidad, crecimiento y estabilidad. Sin embargo, en el ocaso de su mandato, se enfrentan a una erosión vertiginosa de confianza, acusaciones de autoritarismo y un entorno plagado de pugnas internas. ¿Coincidencia? Difícil creerlo.
A un lado de Ibarra, como el eterno operador político, se yergue Ángel Román, su Manuel Camacho Solís particular. Román, como Camacho, se muestra como el eterno negociador, el que tiene la tarea de apagar incendios provocados por la torpeza política de su líder, pero sin jamás poder opacar su propia ambición de algún día ascender al trono.
Pero la historia nos enseña que, en estos escenarios, siempre aparece un delfín político, una figura diseñada para garantizar la continuidad del régimen. Aquí entra en escena Hans Hiram Pacheco, la versión universitaria de Ernesto Zedillo. Pacheco, como Zedillo, es el tecnócrata impecable, presentado como el rostro limpio de una administración en putrefacción, pero cuya independencia está tan comprometida que difícilmente podría gobernar con autonomía.
Y entonces, como un recordatorio de que las cosas podrían salirse de control, aparece la figura del SPAUAZ (Sindicato de Personal Académico de la Universidad Autónoma de Zacatecas), encarnando el papel del EZLN en esta tragicomedia institucional. Como los zapatistas en Chiapas, los académicos han sido históricamente ignorados, marginalizados y empobrecidos, pero encontraron en la movilización social su última carta para impedir que el régimen (universitario o político) los devorara por completo.
Sin embargo, todo clímax tiene su punto de quiebre. En 1994, el asesinato de Luis Donaldo Colosio simbolizó el fin del salinismo tal como se conocía. En esta historia, la UAZ —metáfora de Colosio— se encuentra en un momento crítico. Su voz institucional parece tambalearse mientras en los rincones del poder ya se teje el próximo acto.
La pregunta es: ¿quién apretará el gatillo? ¿Será Rubén Ibarra quien, al igual que Salinas, se desvanezca en la penumbra de un legado destruido? ¿O será Hans Hiram quien, como Zedillo, pacte con los poderes fácticos para sostener el orden bajo un nuevo nombre, pero con las mismas entrañas podridas?
El silencio en los pasillos universitarios es inquietante. El ambiente huele a pólvora política. Nadie lo dice, pero todos lo sienten: algo oscuro está por ocurrir. Como en una película de Alfred Hitchcock, justo cuando parece que la calma ha llegado, una sombra imponente se perfila tras el telón.
Y entonces, en un instante helado, la UAZ caerá de rodillas. No será un disparo literal, pero sí una ejecución simbólica. El poder nunca muere, sólo muda de piel. Y mientras todos observan el escenario, convencidos de haber visto el final… la verdadera tragedia apenas está por comenzar.
Epílogo: La Última Puerta
El horror no llega con un grito, sino con un silencio sepulcral. El espectador piensa que todo terminó… pero luego la cámara hace un último paneo y, en el fondo, algo se mueve en las sombras. Eso está pasando ahora en la UAZ.
La administración Ibarra se desmorona lentamente, como un cadáver que se pudre sin que nadie lo toque. Los ojos ya no lo ven, pero el olor es inconfundible. La comunidad universitaria, cual público ingenuo, se convence de que con la llegada de Hans Hiram todo será diferente. Es un autoengaño clásico.
Pero la cámara, en un movimiento imperceptible, nos muestra la verdad: el poder real nunca dejó de existir. Sigue ahí, agazapado, disfrazado de renovación, listo para resurgir con otra cara…
Y entonces, la última toma: una oficina oscura. Alguien, desde la penumbra, se ajusta la corbata. Es Rubén Ibarra, es Ángel Román, es Hans Hiram… es todos y ninguno a la vez. La música sube. Los créditos aparecen. El público aplaude… convencido de que la pesadilla terminó.
Pero en la penumbra… algo ríe.
Fin del acto uno. La verdadera tragedia apenas comienza.
Pronto comenzará el acto dos…
Tres para ti Doc.
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VICTOR HUGO GARCÍA / Tercera Fuerza / Zacatecas, Zac. / 13 / marzo/ 2025.

