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Solo fue solo un segundo de distracción

Cuéntame un Cuento, Mayra

Fue solo un segundo de distracción: el sonido de un mensaje y mi atención se dividió, impactándome contra el muro de concreto. Un dolor abrupto… y luego, negro total.

Siempre pensé que el día de mi muerte sería un proceso transformador y que me convertiría en un colibrí. Se lo decía a todos: a mis amigos, a mi familia. Mi madre me regañaba, decía que no anduviera hablando de esas cosas, que si a mí me pasaba algo ella se moriría de pena.

Jamás imaginé que, efectivamente, la muerte de un hijo atrae muchos decesos más.

Cuántas veces escuché historias de gente que, por unos minutos, había muerto y, al regresar, recordaba observar su entorno desde otro lugar, atrapada entre dimensiones, presenciando el infortunio de ver llorar y desgarrarse a la familia.

Pues yo no tuve la fortuna de regresar.

Solo la de ser, por un tiempo, una simple observadora de lo que sucedió… y de cómo mi partida transformó otras vidas.

Me impresionó ver a mi madre desgarrarse. Se retraía, lloraba sin descanso, como si el dolor le rompiera el corazón en mil fragmentos.

Mi padre, un hombre jovial, siempre con una carcajada en los labios, se transformó en una sombra callada. Salía a caminar fumando, quizá para evadir con el humo una realidad insoportable.

Si hubiera sido más cuidadosa… si tan solo hubiera ignorado el sonido, no estaría viendo a mi mejor amiga más delgada que nunca, ojerosa, con una tristeza que le pesaba en la piel. Gritaba y reclamaba, preguntando por qué fui tan estúpida.

¿Con quién compartiría ahora sus secretos?
¿Con quién cantaría en las fiestas?
¿Con quién iría a los bailes o a patinar?
¿Con quién se subiría a la azotea para ver las estrellas?
Y Mario, mi hermano…
Todos esos planes de viajar por el mundo, de hacer un negocio, de casarnos algún día, de que nuestros hijos fueran los mejores primos del mundo… todo quedó suspendido en el aire, como si el futuro también hubiera muerto conmigo.
Las imágenes eran desoladoras.
Un coche partido a la mitad.
Un parabrisas hecho añicos.
Un zapato tirado al borde del camellón.
Tres de mis libros favoritos saliendo como proyectiles.
Mi cabeza retumbando contra las bolsas de aire… como si nada pudiera contenerlo.
Nada lo contuvo.
Un impacto brutal… y el sonido de un celular incesante.
Creo que el único consuelo fue que, durante el sepelio, mi yo transformado en colibrí se acercó a mi madre y se posó en su hombro.
Ella tembló, como si lo hubiera sentido, como si por un instante su alma hubiera sabido que yo seguía ahí… intentando abrazarla de la única forma que me quedaba.
Si tan solo…
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