Cuéntame un Cuento, Mayra
Fue solo un segundo de distracción: el sonido de un mensaje y mi atención se dividió, impactándome contra el muro de concreto. Un dolor abrupto… y luego, negro total.
Siempre pensé que el día de mi muerte sería un proceso transformador y que me convertiría en un colibrí. Se lo decía a todos: a mis amigos, a mi familia. Mi madre me regañaba, decía que no anduviera hablando de esas cosas, que si a mí me pasaba algo ella se moriría de pena.
Jamás imaginé que, efectivamente, la muerte de un hijo atrae muchos decesos más.
Cuántas veces escuché historias de gente que, por unos minutos, había muerto y, al regresar, recordaba observar su entorno desde otro lugar, atrapada entre dimensiones, presenciando el infortunio de ver llorar y desgarrarse a la familia.
Pues yo no tuve la fortuna de regresar.
Solo la de ser, por un tiempo, una simple observadora de lo que sucedió… y de cómo mi partida transformó otras vidas.
Me impresionó ver a mi madre desgarrarse. Se retraía, lloraba sin descanso, como si el dolor le rompiera el corazón en mil fragmentos.
Mi padre, un hombre jovial, siempre con una carcajada en los labios, se transformó en una sombra callada. Salía a caminar fumando, quizá para evadir con el humo una realidad insoportable.
Si hubiera sido más cuidadosa… si tan solo hubiera ignorado el sonido, no estaría viendo a mi mejor amiga más delgada que nunca, ojerosa, con una tristeza que le pesaba en la piel. Gritaba y reclamaba, preguntando por qué fui tan estúpida.


