- ** Las Grutas de La Puente, de lo mejor de la Sierra de Alvarez, muy cercano a la Capital potosina.
- ** Reseña Scout del año 2012.
San Nicolás Tolentino, S.L.P. / Carlos Cadena y Fernando, Fotos / Octubre 9 de 2012.- “Si fueron capaces de entrar a esta gruta, de ahora en adelante no habrá ningún camino difícil para ustedes”, con esta frase, Víctor Landeros, uno de los lideres del grupo Scout, se dirigió orgulloso a niños de entre 7 y 11 años, después de haber recorrido con éxito casi tres kilómetros entre rocas, agua, arena, murciélagos y obscuridad, mucha obscuridad.
Adentro de la gruta, para los niños, y sus acompañantes, era exactamente igual tener los ojos abiertos o cerrados, la obscuridad era plena.

Adentro de la gruta, los lobatos de la manada del grupo IV San Jorge, comprendieron lo pequeño que resultan los seres humanos ante los caprichos de la naturaleza, comprendieron la grandeza de Dios y aprendieron a respetar lo imponente de sus creaciones.
No se trataba de una simple excursión a la Sierra de Álvarez, como muchos de los niños creían, era un viaje al encuentro con ellos mismos, una invitación a conocerse y saber hasta dónde son capaces de llegar.

Inicia la aventura en la Sierra de Alvarez
Era el último sábado de septiembre, llegamos puntuales a la cita, 10 camionetas, vehículos que creíamos no tendrían problema en llevarnos hasta nuestro destino, partieron en caravana por la hoy antigua Carretera 70 que conduce a Rioverde, al llegar al crucero de Villa de Zaragoza, a la derecha nos encontramos con un poblado de nombre La Salitrera y seguimos sierra arriba, aquello era impresionante para quienes no estamos tan acostumbrados a apreciar la zona de bosque que se encuentra muy cerca de la capital.
Faltaban unos 5 o 6 kilómetros para llegar al lugar destinado para levantar el campamento, los niños tuvieron su primer reto, bajaron de los vehículos y caminaron por una brecha ascendente, accidentada y lodosa, pero el entusiasmo por explorar lo desconocido era mayor que el cansancio.

Cuando los niños llegaron a la zona de acampar sintieron alivio, las casas de campaña de levantaban una a una, de diversos modelos y colores. Los Scouts, por más pequeños que estén, conocen perfectamente sus obligaciones y entienden el verdadero sentido de trabajar en equipo, algunas veces, más que los adultos.
Se levantó la base de operaciones donde los expertos del grupo instalaron la enfermería y la cocina central, un buen lugar para comer y aventarse una buena platica, grilla o carrilla al adulto que lo permita. (los scouts “veteranos” agarran parejo cuando se trata de echar carrilla) y si no, que le pregunten a Don Fernando Velasco, quien por cierto no es ningún dejado.

Vino la hora de la comida y un poquito de relax, la gran mayoría y ningún niño sabíamos que lo bueno, pero difícil, estaba por venir.
Se dio el llamado. Bajamos unos 60 metros entre brechas hasta la boca de la gruta (se puede leer muy fácil pero no lo fue) hicimos un momento de oración al pie de una majestuosa cruz blanca, fue última parada, nos internamos en lo desconocido.

La temperatura corporal generada por el “ejercicio” de arrastrarse, caminar, hacer sentadillas, lagartijas etc, no nos dejaba sentir la temperatura ambiente que existe dentro de la gruta, pero bastaba detenerse unos 10 o 15 minutos para llegar hasta esos casi 4 grados centígrados, tiempo muy valioso para tomar agua, la mejor agua filtrada por la naturaleza.
Beto Díaz, otro de los scouts con experiencia me había advertido sobre la necesidad de conseguir y usar rodilleras, guantes y casco, solo me falto el casco, no lo creí tan importante hasta que me di el primer golpe, al que le siguieron otros tres “te dije que era como tratar de mover al mundo con la cabeza”, me recordó.

Dentro de la gruta, imágenes que difícilmente se pueden describir, pues por más que uno intente que su receptor se llegue medianamente a imaginar, resulta imposible, porque además del espectáculo visual y de la experiencia física, la sensación es incomparable.
Caminar algunos metros con el agua helada hasta el pecho, o sobre pisos volados que parecen frágiles, escalar pequeñas cascadas a contra-corriente, convertirse en contorsionista para pasar por pequeños espacios con paredes filosas por los que no pasaríamos en otras circunstancias, ver (con ayuda de la pequeña lámpara sujeta a la cabeza) a pequeños murciélagos que pasan a 20 centímetros de la nariz, insisto, sensaciones incomparables, indescriptibles.

Cuando salimos de la gruta, algunos nos sentimos triunfadores, pues ya no recordamos esos 60 de brecha que habíamos bajado a la luz del sol y en circunstancias razonables, ahora los tendríamos que subir, pero en medio de la lluvia y en la oscuridad natural después de las 9 de la noche a varios kilómetros de lo que llamamos civilización, las piernas ya no respondían, pero no podíamos quedarnos ahí.
En el campamento cenamos unos tacos de picadillo con los lideres de la manada, mi hijo “kako”, quien ese día me dio un motivo más para sentirme orgulloso, me esperaba en la casa de campaña dispuesto a descansar, nadie lo evitaría, hasta que el ruido de un grupo de cerdos silvestres nos despertó cuando husmeaban cerca del campamento en busca de alimentos, ante los primeros rayos del sol del domingo.

De regreso, el camino que un día antes lo recorrimos en poco mas de una hora, nos llevó casi 7 para llegar a casa, toda una odisea 4 X 4 de la que después platicaremos.
Mientras tanto, se queda la invitación a que conozca (con real responsabilidad ecológica) Las Grutas de la Puente, localizadas en medio de la Sierra de Álvarez, en el municipio de San Nicolas Tolentino.



P.D. Gracias al Grupo IV San Jorge… Carlos Cadena.

