- ** La rutina no destruye necesariamente el matrimonio; a veces revela aquello para lo que nunca nos preparamos.
- ** Una crisis puede convertirse en una oportunidad para revisar acuerdos.
- ** La intimidad no elimina la individualidad.
Hay una pregunta que pocas parejas se hacen antes de casarse: ¿qué haremos cuando amar deje de ser suficiente para resolver nuestros problemas cotidianos?
Durante el noviazgo solemos conocer la mejor versión de la otra persona. Compartimos tiempo, conversaciones, proyectos, detalles y momentos que alimentan la ilusión de un futuro juntos. Después llega el matrimonio y, con él, una realidad que no siempre aparece en las fotografías de la boda: las cuentas por pagar, el cansancio acumulado, las diferencias de carácter, las responsabilidades domésticas, los hijos, las familias de origen y las expectativas que ninguno se atrevió a expresar con claridad.
Entonces descubrimos algo fundamental: una cosa es elegir a alguien para compartir momentos felices y otra aprender a construir una vida con esa persona, incluso cuando las circunstancias no son favorables.
El problema no consiste en que el amor cambie. El problema aparece cuando esperamos que permanezca intacto mientras nosotros cambiamos, las responsabilidades aumentan y la vida cotidiana exige decisiones para las que quizá nunca nos preparamos.
El amor también necesita aprender a convivir
El psicólogo Robert J. Sternberg, mediante su teoría triangular del amor, distingue tres componentes: intimidad, pasión y compromiso. Estos elementos pueden combinarse de distintas maneras y experimentar transformaciones a lo largo de una relación.
La propuesta permite comprender que el vínculo amoroso no depende de una sola emoción. La pasión puede cambiar de intensidad; la intimidad necesita tiempo, confianza y comunicación; y el compromiso exige decisiones sostenidas. Ninguno de estos componentes, por sí solo, resuelve todas las dificultades de la convivencia.
Por eso, cuando una pareja atraviesa una etapa de distanciamiento, no necesariamente significa que haya dejado de amarse. Puede significar que ha dejado de escucharse, que las responsabilidades han desplazado el encuentro afectivo o que ciertos conflictos se han repetido durante tanto tiempo que ambos aprendieron a convivir con ellos sin resolverlos.
Pero hay una diferencia importante entre atravesar una crisis y normalizar el deterioro.
Una crisis puede convertirse en una oportunidad para revisar acuerdos, reconocer errores y reconstruir la relación. El deterioro comienza a instalarse cuando uno o ambos integrantes renuncian al diálogo, desprecian al otro, utilizan el silencio como castigo o consideran que la convivencia les concede derecho a controlar la vida de su pareja.
La intimidad no elimina la individualidad. Casarse no significa adquirir la propiedad emocional, corporal o psicológica de otra persona.
La rutina: ese territorio donde se revela la corresponsabilidad
En muchas familias, el conflicto no comienza con una gran traición. Comienza con pequeñas desigualdades que se acumulan.
Uno trabaja fuera de casa y considera que su obligación termina al regresar. El otro trabaja, atiende a los hijos, organiza las compras, recuerda las citas médicas y resuelve las necesidades domésticas. Ambos pueden terminar agotados, pero no necesariamente por las mismas razones ni con el mismo reconocimiento.
En otros hogares, el dinero se convierte en instrumento de poder: quien gana más pretende decidirlo todo, mientras quien depende económicamente de su pareja comienza a perder voz en las decisiones familiares.
También ocurre lo contrario: hay parejas que aportan cantidades similares, pero mantienen una distribución profundamente desigual de las responsabilidades, la disponibilidad emocional y el cuidado.
Por eso, cuando hablamos de un matrimonio 50-50, no deberíamos reducir la fórmula a una división matemática de gastos. La corresponsabilidad significa disposición para participar, negociar, reconocer el esfuerzo del otro y revisar los acuerdos cuando las circunstancias cambian.
No siempre será posible aportar lo mismo, pero sí es posible conversar con honestidad sobre lo que cada persona puede aportar y necesita recibir.
La igualdad en una pareja no exige que ambos hagan exactamente lo mismo. Exige que las diferencias no se conviertan en pretexto para establecer relaciones de subordinación.
El hogar no debería funcionar como una empresa en la que cada integrante lleva una contabilidad de favores para cobrarla durante la siguiente discusión. Tampoco debería ser una institución donde una sola persona trabaja para sostener la vida común mientras la otra disfruta de sus beneficios sin reconocer el esfuerzo que implica.
La familia es una comunidad de responsabilidades, no una competencia para determinar quién se sacrifica más.
Los hijos no reparan lo que los adultos se niegan a resolver
Con la llegada de los hijos, muchas parejas experimentan una transformación profunda. Aparecen nuevas responsabilidades, se modifica la intimidad, disminuye el tiempo disponible y las prioridades familiares adquieren otra dimensión.
La crianza puede fortalecer el vínculo, pero también puede hacer visibles desacuerdos que antes permanecían ocultos: diferencias sobre disciplina, límites, educación, economía, distribución de tareas y relación con las familias de origen.
Cuando los adultos no logran hablar de estas diferencias, los hijos pueden quedar atrapados en medio del conflicto. Se les pide tomar partido, transmitir mensajes, guardar secretos o comportarse como si fueran responsables de mantener unida a la familia.
La investigación de la psicóloga clínica y del desarrollo E. Mark Cummings, junto con Patrick T. Davies, ha contribuido a documentar la importancia del conflicto interparental para el bienestar emocional infantil. No toda diferencia entre los padres perjudica a los hijos; importa cómo se expresa, cómo se maneja y si existe capacidad para reparar el daño y recuperar la seguridad familiar.
Discutir no es necesariamente destruir. Humillar, amenazar, intimidar o convertir a los hijos en instrumentos de la disputa es otra cosa y nos ayuda a generar acuerdos.
Una pareja puede dejar de estar de acuerdo y, aun así, ofrecer a sus hijos un ambiente de respeto. Puede reconocer que cometió errores, pedir disculpas y enseñar que los desacuerdos se resuelven sin negar la dignidad de nadie.
Los hijos no necesitan padres perfectos. Necesitan adultos capaces de asumir sus responsabilidades sin trasladarles el peso de sus decisiones.
Y una verdad debe quedar clara: tener hijos no obliga a permanecer en una relación violenta ni convierte la conservación del matrimonio en una prioridad superior a la seguridad de quienes integran la familia.
Cuando las expectativas se convierten en reproches
Hay matrimonios que comienzan con acuerdos que nunca fueron realmente conversados.
Uno espera que su pareja cambie después de casarse. El otro supone que las responsabilidades domésticas corresponden naturalmente a una sola persona. Alguien imagina que siempre tendrá la misma atención que recibió durante el noviazgo. Otra persona cree que aportar dinero basta para cumplir con todas sus obligaciones familiares.
Con el tiempo, las expectativas no expresadas se transforman en decepciones; las decepciones, en reproches; y los reproches, en una forma de comunicación que termina desgastando el vínculo.
John Gottman y sus colaboradores han estudiado los patrones de interacción relacionados con la estabilidad y el deterioro de las relaciones de pareja. Sus investigaciones destacan la relevancia de la crítica destructiva, el desprecio, la actitud defensiva y el bloqueo de la comunicación cuando se convierten en patrones persistentes.
Esto no significa que una discusión determine el destino de un matrimonio, pero si lo conduce. Significa que debemos prestar atención a la manera en que discutimos, al daño que causamos y a nuestra disposición para reparar.
No es lo mismo decir: «Me siento solo con las responsabilidades y necesito que revisemos cómo las estamos distribuyendo», que afirmar: «Eres una persona egoísta y nunca has servido para nada».
En el primer caso se comunica una experiencia y se plantea una necesidad. En el segundo se ataca la identidad del otro y se reduce la posibilidad de diálogo.
La comunicación respetuosa no garantiza acuerdos inmediatos, pero crea mejores condiciones para alcanzarlos.
Y cuando las conversaciones se han convertido en agresiones repetidas, la ayuda profesional puede contribuir a identificar patrones, recuperar herramientas de comunicación y valorar qué cambios son posibles. Si existe violencia, amenazas o control coercitivo, la prioridad debe ser la seguridad y una atención adecuada; la terapia de pareja no es siempre la intervención indicada.
Permanecer juntos no siempre significa construir una familia
Hemos aprendido a celebrar las bodas, pero no siempre enseñamos a prepararse para la convivencia. Admiramos las promesas, pero hablamos poco de las habilidades necesarias para cumplirlas. Defendemos la permanencia, pero a veces olvidamos preguntar en qué condiciones permanece una pareja.
Hay matrimonios que atraviesan temporadas difíciles y encuentran la manera de reconstruirse. Otros necesitan ayuda para reconocer errores, establecer nuevos acuerdos o recuperar una intimidad que se ha debilitado.
También existen relaciones en las que el miedo, la violencia, la humillación o el control hacen necesario establecer límites y buscar protección.
No todas las historias deben terminar en separación, pero tampoco todas deben conservarse a cualquier precio.
La voluntad de permanecer puede ser valiosa cuando se acompaña de respeto, responsabilidad y cambios reales. Convertida en obligación unilateral, puede servir para justificar que una persona soporte indefinidamente lo que la destruye.
La madurez afectiva no consiste en aguantarlo todo. Consiste en reconocer lo que sucede, asumir la parte de responsabilidad que corresponde a cada quien y decidir con honestidad qué relación se está construyendo.
La familia no se sostiene solamente con amor
Desde una perspectiva sistémica, la familia es una red de relaciones interdependientes. Lo que hace una persona afecta a las demás, y los problemas no siempre pueden comprenderse observando a un solo integrante. Los aportes de Salvador Minuchin a la terapia familiar permiten pensar en la importancia de los límites, los roles y la organización de la convivencia.
Esta mirada nos invita a dejar de preguntar únicamente quién tiene la culpa y comenzar a examinar qué dinámicas se repiten, qué acuerdos han dejado de funcionar y qué necesita cambiar para que la relación sea más saludable.
Pero comprender el sistema familiar no significa borrar la responsabilidad individual. Cada persona responde por sus decisiones y por la manera en que trata a los demás.
Una familia puede aprender a conversar, distribuir responsabilidades, establecer límites y pedir ayuda. Puede reconocer que el cansancio no debe convertirse en desprecio, que la economía no concede autoridad absoluta y que la crianza requiere colaboración.
Sobre todo, puede comprender que el matrimonio no es una obra terminada el día de la boda. Es una construcción cotidiana que exige voluntad, respeto y capacidad de adaptación.
Tal vez una de las preguntas más importantes que una pareja puede hacerse no sea si todavía siente lo mismo que al principio, sino si está dispuesta a conocerse de nuevo, negociar sus diferencias y construir una relación en la que ambos puedan vivir con dignidad.
Porque el amor puede ser el comienzo de una historia, pero la forma en que nos tratamos determina buena parte de la calidad de esa historia.
Y si queremos fortalecer a la familia como núcleo fundamental de la sociedad, debemos dejar de enseñar solamente a celebrar el amor y comenzar a enseñar también a ejercerlo con responsabilidad.
La boda puede durar unas horas. La convivencia ocupa la vida cotidiana. Y una familia no se construye con la promesa de no separarse nunca, sino con la voluntad de aprender a vivir juntos sin dejar de reconocerse como personas.
Y Recuerda que… Entre Todos, La Familia.
Tres para ti Doc.
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VÍCTOR HUGO GARCÍA / Tercera Fuerza / Zacatecas, Zac. / 29 / octubre / 2026.

