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El matrimonio

  • ** Cuando el amor deja de ser promesa y se convierte en responsabilidad.
  • ** Del noviazgo a la vida en común.
  • ** El verdadero 50-50 no se mide en dinero, sino en voluntad, presencia y compromiso.

Hay un momento en la vida de una pareja en el que las palabras pronunciadas durante el noviazgo dejan de ser suficientes. Ocurre cuando se cierra la puerta de la casa que ahora compartirán, se guardan las maletas, desaparecen los invitados y comienza la convivencia sin testigos. Ya no basta con decir «te amo»; ahora hay que descubrir cómo se expresa ese amor cuando aparece el cansancio, cuando falta el dinero, cuando uno enferma, cuando las responsabilidades se acumulan o cuando las expectativas de ambos no coinciden.

Es entonces cuando el matrimonio comienza a revelar su verdadera naturaleza.

En una entrega anterior hablamos del noviazgo como una etapa de conocimiento, preparación y reconocimiento de compromisos. Hoy corresponde dar el siguiente paso: preguntarnos qué sucede cuando esas promesas se enfrentan con la realidad cotidiana y qué necesitan hacer dos personas para convertir una decisión de casarse en la construcción de una familia.

Porque una cosa es enamorarse de alguien y otra, muy distinta, aprender a vivir con esa persona sin dejar de reconocerla como un ser humano independiente, con derechos, necesidades, límites y aspiraciones propias.

El matrimonio no es la culminación del noviazgo; es el comienzo de una responsabilidad compartida.

Las primeras semanas: cuando aparecen las personas reales

Durante el noviazgo, muchas diferencias pueden permanecer ocultas detrás de los encuentros programados, las conversaciones agradables y el deseo de agradar. Cada quien regresa después a su espacio, conserva sus rutinas y administra su tiempo con relativa independencia.

La convivencia modifica ese escenario.

De pronto, aparecen las costumbres que nunca se discutieron, las distintas formas de entender el orden, la limpieza, el descanso, el dinero, la intimidad, las visitas familiares y la distribución de las obligaciones. Uno necesita conversar antes de dormir; el otro necesita silencio. Uno considera indispensable visitar a sus padres cada domingo; el otra, espera construir espacios propios para la nueva familia.

Ninguna de estas diferencias significa, por sí misma, que la elección haya sido equivocada. Significa que dos historias personales están intentando construir una historia común.

El psicólogo Erich Fromm, en El arte de amar (1956), plantea el amor como una capacidad que requiere cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento. Su reflexión permite cuestionar una de las ideas más arraigadas en nuestra cultura sentimental: creer que amar intensamente es suficiente para saber amar bien.

No lo es.

El afecto puede ser sincero y, al mismo tiempo, estar acompañado de inmadurez, hábitos aprendidos en la familia de origen, dificultades para comunicar necesidades o expectativas imposibles de cumplir. Nadie llega al matrimonio completamente terminado. Llegamos con aprendizajes, fortalezas, temores y asuntos personales que todavía necesitamos comprender.

Por eso, los primeros días de convivencia no deberían convertirse en una competencia para demostrar quién tiene la razón, sino en una oportunidad para aprender quién es realmente la persona con la que hemos decidido compartir la vida.

La pregunta no es solamente: ¿Por qué haces las cosas de esa manera?

También conviene preguntar: ¿Qué aprendiste en tu familia?, ¿qué necesitas de mí?, ¿qué podemos construir de una manera diferente?.

Comprender no significa justificarlo todo (saberlo no es justificarlo, sino atenderlo). Significa abrir la posibilidad de establecer acuerdos sin convertir cada diferencia en una batalla.

El verdadero significado del 50-50

En el matrimonio se habla frecuentemente de repartir los gastos a la mitad. Es una conversación necesaria cuando se organiza la economía familiar, pero insuficiente cuando pretendemos comprender el compromiso afectivo.

El 50-50 del que hablamos aquí no es una fórmula contable. Es una disposición ética: que ambos estén comprometidos con el cuidado de la relación y con la responsabilidad de construir la vida que decidieron compartir.

No significa que cada quien deba lavar exactamente el mismo número de platos, trabajar las mismas horas o aportar idénticas cantidades de dinero. Significa que ninguno debe considerar que la construcción de la familia es obligación exclusiva del otro.

Hay matrimonios en los que una persona trabaja fuera de casa y la otra dedica buena parte de su jornada al cuidado de los hijos y del hogar. En otros, ambos trabajan fuera y necesitan distribuir las tareas domésticas. También existen etapas en las que uno enferma, pierde el empleo, estudia, atraviesa una crisis emocional o necesita dedicar más tiempo al cuidado de un familiar.

La reciprocidad no exige que las contribuciones sean idénticas en todo momento; exige que sean reconocidas, dialogadas y asumidas con responsabilidad.

Si hoy uno puede aportar más tiempo, quizá mañana necesite recibir más apoyo. Si uno sostiene económicamente el hogar, el otro puede estar realizando una labor de cuidado indispensable para el bienestar familiar. Ninguna contribución debe darse por inexistente simplemente porque no aparece en un recibo de nómina.

La pregunta fundamental no es quién hizo más esta semana. Es si ambos están dispuestos a mirar las necesidades de la familia y a responder de manera justa.

La investigación sobre las relaciones de pareja respalda la importancia de estos elementos. Hou, Jiang y Wang (2019), en un estudio con 400 parejas chinas, encontraron una relación entre el compromiso, la comunicación y la satisfacción matrimonial, aunque sus resultados deben interpretarse considerando las características de la población estudiada. La comunicación aparece como una pieza importante para comprender cómo el compromiso se relaciona con la satisfacción de los cónyuges.

La American Psychological Association también recomienda mantener conversaciones abiertas, escuchar el punto de vista de la pareja y atender los conflictos antes de que se conviertan en resentimientos persistentes.

En otras palabras, el compromiso necesita traducirse en conductas observables.

El 50-50 consiste en que ambos pregunten qué hace falta, que ambos puedan expresar lo que necesitan, que ambos reconozcan sus errores y que ninguno se instale cómodamente en la idea de que el otro debe resolverlo todo.

No se trata de hacer siempre lo mismo, sino de no dejar siempre a la misma persona con toda la responsabilidad.

La familia no se administra por intuición

Uno de los errores más frecuentes al comenzar la convivencia consiste en suponer que las cosas se resolverán espontáneamente porque existe amor.

No necesariamente.

La organización familiar necesita conversaciones que muchas parejas posponen por temor a incomodarse. ¿Cómo se tomarán las decisiones económicas? ¿Qué deudas existen? ¿Cómo se repartirán las tareas domésticas? ¿Qué límites se establecerán frente a las familias de origen? ¿Cómo se resolverán las diferencias sobre la crianza? ¿Qué significa para cada uno la fidelidad? ¿Cuánto tiempo personal necesita cada integrante? ¿Cómo se tomarán las decisiones importantes?

No son preguntas que deban responderse una sola vez. Son asuntos que requieren revisión conforme cambian las circunstancias.

Es conveniente establecer acuerdos claros, revisar si funcionan y modificarlos cuando la realidad lo exija. Un acuerdo no debería convertirse en una sentencia inamovible ni en un instrumento para controlar al otro.

La psicología familiar permite comprender que la pareja no vive aislada. Cada integrante llega con una historia, un sistema de creencias, modelos de autoridad y maneras aprendidas de expresar afecto o enfrentar conflictos. La convivencia exige construir límites saludables entre la nueva familia y las familias de origen, sin confundir autonomía con abandono ni cercanía con intromisión.

Tampoco conviene esperar a que aparezca una crisis para aprender a conversar.

John Gottman, a partir de sus investigaciones sobre las relaciones matrimoniales, ha estudiado cómo los patrones cotidianos de interacción se relacionan con la estabilidad y la calidad de la pareja. Su trabajo subraya la importancia de escuchar, responder a los intentos de conexión del otro y manejar los desacuerdos sin recurrir sistemáticamente a la hostilidad.

Un matrimonio no se fortalece únicamente durante las vacaciones, las celebraciones o los aniversarios. También se construye cuando uno pregunta cómo estuvo el día del otro y escucha la respuesta; cuando se reconoce el esfuerzo que suele pasar inadvertido; cuando se puede decir «me equivoqué» sin sentir que se ha perdido autoridad.

Son actos pequeños, pero no insignificantes.

La vida familiar está hecha, en gran medida, de esa suma de decisiones ordinarias que terminan definiendo si un hogar es un espacio de seguridad emocional o un lugar al que sus integrantes llegan para defenderse.

El peligro de convertir el matrimonio en una relación de subordinación

Hay una diferencia fundamental entre asumir responsabilidades y someterse a una voluntad ajena.

En algunas familias persiste la idea de que uno de los cónyuges debe decidirlo todo y el otro limitarse a obedecer. En otras, se considera que quien aporta más dinero adquiere automáticamente mayor autoridad. También hay relaciones en las que una persona utiliza el cansancio, el sacrificio económico, la maternidad, la paternidad o incluso las creencias religiosas para exigir obediencia.

Estas prácticas merecen ser cuestionadas.

La autoridad familiar no debe confundirse con el dominio. La responsabilidad no concede propiedad sobre la pareja. El matrimonio no elimina la individualidad ni suspende la dignidad de quienes lo integran.

Una persona no deja de tener derecho a expresar desacuerdo porque su pareja pague la renta. Tampoco pierde su autonomía por dedicarse al cuidado de los hijos, por ganar menos dinero o por encontrarse temporalmente en una situación de dependencia económica.

En México, el artículo 4.º de la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos reconoce la igualdad entre mujeres y hombres ante la ley. El artículo 2.º del Código Civil Federal, por su parte, establece la igualdad de capacidad jurídica entre mujeres y hombres. Las obligaciones y consecuencias concretas del matrimonio deben analizarse también conforme al código civil o familiar aplicable en cada entidad federativa y al régimen matrimonial correspondiente.

No es necesario convertir el hogar en un tribunal para comprender que el respeto tiene una dimensión ética y también jurídica.

Controlar, humillar, aislar, amenazar o utilizar los recursos económicos para someter a la pareja no son manifestaciones saludables de compromiso. Algunas de estas conductas pueden constituir violencia y tener consecuencias legales, dependiendo de los hechos y de la legislación aplicable.

Por eso, defender la familia no significa defender cualquier matrimonio a cualquier precio. Significa defender las condiciones para que sus integrantes puedan vivir con dignidad, seguridad y respeto.

Y aquí debemos decir algo importante: el 50-50 no significa que una persona deba seguir aportando voluntad, paciencia y sacrificio para compensar indefinidamente la indiferencia o el maltrato de la otra.

La reciprocidad no puede exigirse a quien está siendo violentado como condición para merecer respeto. Ante situaciones de violencia, la prioridad es la seguridad, la protección y la búsqueda de apoyo especializado.

Cuando uno de los dos comienza a sentirse solo

Hay una forma de soledad que pocas veces se reconoce públicamente: la que se experimenta dentro del matrimonio.

Es la soledad de quien prepara los alimentos, organiza los horarios, atiende las necesidades de los hijos, recuerda las citas médicas, administra las preocupaciones y procura mantener la tranquilidad del hogar, mientras su pareja parece limitar su participación a cumplir una parte de sus obligaciones.

Es la soledad de quien intenta conversar y recibe indiferencia; de quien pide ayuda y escucha que está exagerando; de quien necesita afecto, pero termina sintiéndose culpable por solicitarlo.

Puede vivirla una mujer o un hombre. No tiene una sola identidad ni una única explicación.

A veces nace de una distribución injusta de las tareas. Otras veces, de dificultades emocionales, patrones familiares aprendidos, jornadas laborales extenuantes o problemas de comunicación que nunca se han atendido. En ocasiones, detrás de esa soledad existe una dinámica de desprecio o violencia que exige una intervención distinta.

No debemos diagnosticar desde una columna ni atribuir todas las dificultades a la mala voluntad. Pero tampoco debemos normalizar el sufrimiento de quien lleva demasiado tiempo pidiendo ser escuchado.

La pregunta que necesita hacerse una pareja es sencilla, aunque su respuesta puede resultar incómoda: ¿los dos estamos construyendo esta familia o uno de nosotros está intentando sostenerla mientras el otro solamente la habita?

Quien se reconoce en esta situación necesita saber que su malestar merece atención. Pedir corresponsabilidad no es ser egoísta. Expresar agotamiento no equivale a dejar de amar. Solicitar apoyo psicológico no representa un fracaso matrimonial.

En ocasiones, una conversación honesta permite reconocer lo que estaba oculto. En otras, la terapia de pareja ayuda a identificar patrones, construir acuerdos y recuperar formas saludables de comunicación. Cuando existe violencia, es necesario valorar primero las condiciones de seguridad y buscar atención adecuada; la terapia conjunta no es siempre la intervención indicada.

También debemos aceptar una verdad difícil: una persona puede invitar al diálogo, cumplir sus compromisos y hacer esfuerzos genuinos, pero no puede realizar por sí sola el trabajo emocional que corresponde a dos.

El amor puede ofrecer razones para intentarlo. No puede sustituir la voluntad de quien se niega sistemáticamente a participar.

¿Cómo llevar a la práctica lo que prometimos?

La transición del noviazgo al matrimonio necesita menos discursos grandilocuentes y más acuerdos cotidianos. Algunas acciones concretas pueden ayudar:

Conversar sin esperar a estar enojados. Reservar un momento de la semana para hablar de las preocupaciones, los pendientes y las necesidades de ambos, sin convertir la conversación en una lista de reproches.

Distribuir las responsabilidades de manera explícita. No dar por hecho que cocinar, limpiar, cuidar a los hijos, atender a los familiares o recordar las obligaciones corresponde naturalmente a uno de los cónyuges. Las tareas deben acordarse de acuerdo con las circunstancias, la disponibilidad y las capacidades de ambos.

Aprender a reconocer el trabajo invisible. Planear, anticipar, organizar y recordar también consume tiempo y energía. La corresponsabilidad incluye tanto realizar las tareas como participar en la carga mental que implica mantener funcionando el hogar.

Proteger la identidad de cada integrante. El matrimonio no exige renunciar a las amistades, los proyectos personales, el descanso o el desarrollo profesional. Una relación sana busca compatibilizar la vida compartida con el crecimiento individual.

Establecer límites con respeto. Las familias de origen pueden ser una fuente de apoyo, pero las decisiones de la nueva familia necesitan construirse entre sus integrantes, sin permitir que terceros sustituyan sistemáticamente la voluntad de la pareja.

Reparar después de los conflictos. No basta con dejar de discutir. Es necesario comprender qué ocurrió, reconocer el daño cuando lo hubo, asumir responsabilidades y acordar cambios verificables.

Revisar los acuerdos. Lo que funcionaba sin hijos puede dejar de funcionar cuando llegan. Lo que era posible con dos ingresos puede cambiar ante una enfermedad o la pérdida de empleo. La flexibilidad no debilita el compromiso; permite adaptarlo a la realidad.

Y, finalmente, pedir ayuda a tiempo. La orientación psicológica puede ser útil antes de que los desacuerdos se conviertan en una crisis profunda. No es necesario esperar a que la relación esté a punto de terminar para aprender a cuidarla.

Estas acciones no garantizan un matrimonio libre de dificultades. Ninguna herramienta puede prometerlo. Su valor consiste en ofrecer caminos para afrontar los problemas sin perder de vista la dignidad de las personas involucradas.

La familia se construye todos los días

La sociedad suele celebrar las bodas con entusiasmo. Reconoce el vestido, los anillos, las fotografías, la ceremonia y las promesas pronunciadas frente a los invitados. Sin embargo, dedica mucha menos atención a la preparación para la convivencia, la distribución de las responsabilidades, la resolución de conflictos y la educación emocional necesaria para sostener una relación.

Necesitamos cambiar esa perspectiva.

La preparación para el matrimonio no debería limitarse a una ceremonia, una tradición o una conversación ocasional. También debería contemplar habilidades de comunicación, conocimiento de los derechos y obligaciones, responsabilidad afectiva, organización doméstica, educación financiera y comprensión de las diferencias personales.

La familia constituye un espacio fundamental de socialización. Allí se aprende, muchas veces sin palabras, qué significa cuidar, cómo se ejerce la autoridad, cómo se resuelven los desacuerdos y qué lugar ocupa la dignidad de cada persona.

Cuando los hijos observan que sus padres se escuchan, negocian responsabilidades y reconocen sus errores, reciben un aprendizaje que difícilmente puede sustituirse con un discurso. Cuando observan desprecio, desigualdad o silencio impuesto, también aprenden, aunque nadie lo haya planeado.

Por eso, la corresponsabilidad matrimonial no es únicamente un asunto privado. Tiene consecuencias sociales. La manera en que construimos nuestras relaciones influye en los modelos de convivencia que transmitimos a las siguientes generaciones.

Defender la familia exige, entonces, algo más que proclamar su importancia: requiere crear las condiciones para que sea un espacio de cuidado y desarrollo, no una estructura en la que alguien deba desaparecer para que los demás puedan vivir cómodamente.

El compromiso no se hereda: se demuestra.

Volvamos al punto de partida: el noviazgo como etapa de conocimiento y compromiso. Lo que se habla antes de casarse adquiere un significado distinto cuando comienza la convivencia. Las promesas necesitan transformarse en hábitos, los proyectos en decisiones y las intenciones en responsabilidades compartidas.

El matrimonio no exige que dos personas sean perfectas. Les exige disposición para aprender, reconocer sus límites, hablar con honestidad y reparar aquello que dañan. Exige que comprendan que la persona que duerme a su lado no es un recurso doméstico, una fuente de ingresos, una obligación permanente ni alguien cuya presencia está garantizada sin importar cómo se le trate.

Es un ser humano que también se cansa, que también necesita apoyo y que también merece sentirse acompañado.

El verdadero 50-50 no se alcanza cuando ambos hacen exactamente lo mismo, sino cuando ambos pueden reconocer que la familia les pertenece como proyecto común y que ninguno debe cargar, por costumbre o imposición, con todo el peso de sostenerla.

Porque una familia no se construye cuando dos personas firman un documento, intercambian anillos o pronuncian un «sí, acepto». Se construye cuando ese sí se renueva en las decisiones ordinarias, en la manera de discutir, en la disposición para cuidar, en la voluntad de cambiar y en el respeto que permanece incluso cuando el enamoramiento atraviesa sus días difíciles.

Y si después de hablar, negociar y buscar ayuda uno de los dos descubre que el otro no está dispuesto a asumir su parte, también tendrá que reconocer que el compromiso no puede fabricarse unilateralmente.

Casarse es decidir compartir la vida. Construir una familia es demostrar, todos los días, que ninguno tendrá que vivirla en soledad.

 

Recuerda que… Entre Todos, La Familia.

Tres para ti Doc.

Facebook: Víctor De LA Brecha

X: @GarciaVicko

VÍCTOR HUGO GARCÍA / Tercera Fuerza / Zacatecas, Zac. / 15 / octubre / 2026.

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