- ** Relaciones humanas, responsabilidad afectiva y el desafío de construir una familia
- ** El amor puede ser el punto de partida de una relación, pero el conocimiento mutuo, la madurez emocional y la responsabilidad afectiva son elementos fundamentales para decidir si dos personas desean compartir un proyecto de vida.
Hay una etapa en la vida en la que el deseo de compartir nuestra existencia con alguien más comienza a cobrar un significado especial. Nos enamoramos, descubrimos la emoción de sentirnos queridos, buscamos compañía y encontramos en otra persona la posibilidad de construir una historia. A esta experiencia la llamamos noviazgo, una relación que, más allá del romanticismo, puede convertirse en uno de los aprendizajes más significativos de nuestra vida emocional.
Sin embargo, vale la pena preguntarnos: ¿realmente estamos utilizando el noviazgo para conocernos o simplemente estamos aprendiendo a enamorarnos?
En una sociedad donde las relaciones parecen construirse cada vez con mayor rapidez, donde la inmediatez también alcanza los vínculos afectivos y donde la satisfacción personal puede colocarse por encima de los compromisos compartidos, el noviazgo enfrenta un desafío: recuperar su dimensión de conocimiento, madurez y responsabilidad emocional.
El psicólogo Robert J. Sternberg (1986), en su teoría triangular del amor, plantea que el amor puede comprenderse a partir de tres componentes: intimidad, pasión y compromiso. La intimidad implica cercanía, confianza y comprensión; la pasión comprende la atracción y la activación emocional, mientras que el compromiso se relaciona con la decisión de amar y mantener ese vínculo.
Esta propuesta nos permite entender que el enamoramiento, aunque puede ser intenso y significativo, no necesariamente implica que exista una relación preparada para afrontar las exigencias de una vida compartida. Una pareja puede experimentar una gran pasión sin haber desarrollado suficiente intimidad o sin haber reflexionado sobre el compromiso que desea asumir.
Enamorarse no es lo mismo que estar preparado para construir una vida en pareja.
El noviazgo: el encuentro con el otro y con nosotros mismos
Desde la psicología humanista, las relaciones afectivas representan una oportunidad para el crecimiento personal. El encuentro con otra persona nos confronta con nuestras necesidades, temores, inseguridades y experiencias previas, muchas de las cuales influyen en nuestra manera de amar.
Erich Fromm (1956), en su obra El arte de amar, propone comprender el amor no solamente como una emoción que nos sucede, sino como una capacidad que requiere conocimiento, cuidado, responsabilidad, respeto y compromiso. Su planteamiento cuestiona la idea de que amar depende exclusivamente de encontrar a la persona adecuada y nos invita a reflexionar sobre nuestra propia capacidad para amar.
Desde esta perspectiva, el noviazgo puede convertirse en un espacio para aprender a relacionarnos, reconocer nuestras limitaciones y desarrollar habilidades emocionales que nos permitan establecer vínculos más conscientes.
No se trata únicamente de descubrir lo que nos gusta de nuestra pareja, sino también de comprender cómo reaccionamos ante sus diferencias, cómo expresamos el afecto, de qué manera resolvemos los desacuerdos y qué tan capaces somos de escuchar sin intentar imponer nuestra voluntad.
El noviazgo nos permite reconocer que la persona que amamos también tiene defectos, miedos, inseguridades, una historia familiar y una manera particular de interpretar el mundo. Conocerla significa reconocer su individualidad y comprender que amar no implica poseer, controlar ni transformar al otro a nuestra conveniencia.
John Bowlby (1969), mediante su teoría del apego, explicó la importancia de los vínculos afectivos tempranos en el desarrollo humano. Posteriormente, Cindy Hazan y Phillip Shaver (1987) llevaron estas ideas al estudio de las relaciones románticas, proponiendo que las experiencias de apego también ayudan a comprender cómo las personas establecen vínculos amorosos en la adultez.
Esto nos permite reflexionar sobre la influencia que pueden tener nuestras experiencias tempranas en la confianza, la cercanía, el miedo al abandono y la búsqueda de seguridad emocional dentro de una relación. Sin embargo, estas experiencias no determinan de manera inamovible nuestro destino afectivo: también podemos aprender nuevas formas de relacionarnos.
El noviazgo, por tanto, puede ser una oportunidad para identificar nuestros patrones emocionales y desarrollar relaciones en las que la confianza no se confunda con vigilancia, ni la cercanía con dependencia.
El amor no debe confundirse con la dependencia
Uno de los desafíos más importantes de las relaciones contemporáneas es aprender a distinguir entre amar a alguien y necesitarlo para sentir que nuestra propia existencia tiene valor.
El miedo a la soledad, la necesidad de aprobación, la inseguridad personal o las experiencias previas de abandono pueden influir en la elección de una pareja y en la manera de relacionarnos con ella.
En algunas circunstancias, las personas permanecen en relaciones que les generan sufrimiento porque consideran que estar solas sería todavía más doloroso. Otras renuncian a sus proyectos, amistades, aspiraciones e incluso a sus convicciones con tal de evitar que la otra persona se marche.
Desde la perspectiva de Fromm, el amor maduro no supone la desaparición de la individualidad. Por el contrario, implica la capacidad de establecer un vínculo con otra persona sin dejar de reconocernos como seres autónomos.
Una relación saludable debe permitir que ambos integrantes crezcan, conserven espacios personales y desarrollen sus capacidades sin experimentar amenazas, humillaciones o violencia.
Los celos no son necesariamente una demostración de amor, el control no es protección y el sacrificio permanente de una persona no constituye una condición indispensable para sostener una relación.
Amar también significa reconocer la dignidad del otro y defender el derecho de ambos a ser personas libres.
El noviazgo debe permitirnos identificar aquello que no estamos dispuestos a negociar: el respeto, la integridad, la seguridad personal, la libertad y el derecho a conservar nuestra identidad.
Ningún proyecto matrimonial justifica tolerar el maltrato. Tampoco es responsabilidad de una persona cambiar a su pareja a costa de su propia integridad.
El matrimonio no comienza en la boda
Existe una idea socialmente arraigada de que el matrimonio comienza el día en que dos personas formalizan su unión. Sin embargo, desde una perspectiva relacional, muchas de las condiciones que influyen en la vida matrimonial comienzan a desarrollarse mucho antes.
El noviazgo ofrece la oportunidad de explorar la compatibilidad entre dos proyectos de vida. No se trata de que ambos piensen de la misma manera, compartan todos sus gustos o provengan de entornos familiares similares. Se trata de descubrir si pueden construir acuerdos a partir de sus diferencias.
El investigador Scott M. Stanley, junto con Galena Kline Rhoades y Howard J. Markman (2006), desarrolló el concepto de sliding versus deciding, que distingue entre avanzar de manera gradual e incluso involuntaria hacia compromisos importantes y tomar decisiones deliberadas sobre el rumbo de una relación. Su investigación plantea que algunas transiciones, como vivir juntos o casarse, pueden ocurrir por inercia, sin que ambos integrantes hayan reflexionado suficientemente sobre su decisión.
Esta aportación nos lleva a una reflexión fundamental: ¿cuántas parejas deciden casarse porque realmente comparten un proyecto de vida y cuántas lo hacen porque consideran que, después de cierto tiempo de noviazgo, el matrimonio es simplemente el siguiente paso?
El compromiso no debería surgir de la presión familiar, del temor a la soledad, de un embarazo, de las expectativas sociales o de la creencia de que el tiempo invertido en una relación obliga a continuarla.
El noviazgo debe ser un espacio para hablar de asuntos que, aunque poco románticos, son profundamente importantes: la administración del dinero, las responsabilidades domésticas, las expectativas profesionales, la relación con las familias de origen, la crianza de los hijos, las creencias religiosas, la sexualidad y la manera en que cada uno entiende el compromiso.
Son conversaciones que pueden resultar incómodas, pero que permiten conocer las expectativas reales de la pareja y evitar que, una vez casados, descubran que imaginaban futuros completamente distintos.
El matrimonio no debería ser el intento de resolver aquello que nunca nos atrevimos a conversar durante el noviazgo.
Tampoco debemos asumir que una relación de muchos años garantiza la madurez necesaria para el matrimonio. El tiempo compartido no siempre equivale a conocimiento mutuo. Hay parejas que permanecen juntas durante años sin hablar profundamente de sus necesidades, sus temores o sus expectativas.
La duración de un noviazgo no determina por sí misma su calidad. Lo verdaderamente significativo es lo que ambos han aprendido, la manera en que se han tratado y la capacidad que han desarrollado para tomar decisiones libres y responsables.
La familia que aprendemos a construir
Cuando hablamos del noviazgo como una etapa previa a la formación de una familia, debemos comprender que no todas las parejas desean casarse o tener hijos. La construcción de una familia es una decisión que pertenece a cada persona y a cada pareja, y no una obligación que deba imponerse como destino universal del amor.
No obstante, para quienes deciden formar una familia, el noviazgo ofrece una oportunidad invaluable para reflexionar sobre los modelos familiares que cada uno trae consigo.
Todos somos portadores de una historia. Venimos de hogares donde aprendimos, de manera consciente o inconsciente, formas particulares de expresar el cariño, ejercer la autoridad, resolver los problemas y asumir las responsabilidades.
En ocasiones, reproducimos comportamientos que observamos durante nuestra infancia, incluso aquellos que alguna vez nos hicieron sufrir. Otras veces, intentamos construir un hogar completamente distinto al que tuvimos, sin haber reflexionado suficientemente sobre las razones que motivan esa decisión.
Desde la teoría del apego de Bowlby y sus aplicaciones al amor romántico desarrolladas por Hazan y Shaver, podemos comprender que nuestras primeras experiencias vinculares pueden influir en la manera en que buscamos cercanía, expresamos confianza y afrontamos las separaciones.
Por ello, es importante que las parejas se pregunten qué tipo de familia desean construir, qué valores consideran fundamentales y qué patrones de sus familias de origen quieren conservar, transformar o evitar.
La formación de una familia no depende exclusivamente del amor que dos personas se profesan, sino también de su disposición para asumir responsabilidades, acompañarse en las dificultades y construir un entorno donde prevalezcan el respeto, la seguridad emocional y la corresponsabilidad.
Los hijos, cuando llegan, no deberían convertirse en el instrumento para reparar una relación deteriorada, resolver conflictos matrimoniales o llenar vacíos emocionales. Son personas con derechos, necesidades y una dignidad propia, cuya crianza demanda la participación responsable de quienes deciden asumir la maternidad y la paternidad.
La familia no es una estructura que se sostiene únicamente por compartir un apellido, un domicilio o un vínculo biológico. Es también una relación cotidiana que se construye mediante el cuidado, la convivencia, la protección y la responsabilidad.
La comunicación: aprender a dialogar antes de convivir
Uno de los elementos esenciales para la construcción de una relación es la capacidad de comunicarnos. No basta con hablar todos los días, compartir mensajes o expresar constantemente cuánto nos amamos. La comunicación implica también escuchar, comprender y estar dispuestos a reconocer que nuestra pareja puede experimentar una misma situación de manera diferente.
Stanley y Markman (1992), en sus investigaciones sobre el compromiso en las relaciones personales, distinguen dimensiones del compromiso que permiten comprender por qué las personas deciden permanecer en una relación y qué factores pueden sostener esa decisión.
En el noviazgo, el compromiso puede expresarse en la congruencia entre lo que decimos y lo que hacemos, en la disposición a cumplir acuerdos y en la capacidad de afrontar los problemas sin recurrir a la manipulación o a las amenazas.
Una pareja que aprende a dialogar no es necesariamente una pareja que siempre llega a acuerdos inmediatos. Es una pareja que puede reconocer sus diferencias, expresar sus desacuerdos y buscar soluciones sin vulnerar la dignidad del otro.
El silencio utilizado como castigo, la descalificación, la humillación y la amenaza de terminar la relación cada vez que surge un conflicto no constituyen herramientas saludables de comunicación.
Por el contrario, aprender a expresar nuestras necesidades, establecer límites y asumir la responsabilidad de nuestras propias emociones permite crear condiciones para una convivencia más respetuosa.
El noviazgo es, en este sentido, una oportunidad para observar no solo cómo nos trata nuestra pareja cuando todo marcha bien, sino también cómo nos relacionamos cuando aparecen las frustraciones, las diferencias y las dificultades.
La calidad de una relación no se revela únicamente en los momentos felices, sino también en la manera en que sus integrantes se tratan cuando no están de acuerdo.
El noviazgo también es una decisión de responsabilidad social
La manera en que nos relacionamos no es exclusivamente un asunto privado. Las relaciones de pareja también forman parte del tejido social, porque en ellas se reproducen, se cuestionan o se transforman valores, creencias y comportamientos que pueden influir en las familias y en las generaciones siguientes.
Por eso, hablar del noviazgo es también hablar de educación emocional, prevención de la violencia, responsabilidad afectiva y construcción de relaciones basadas en la igualdad y el respeto.
Stanley (2001) ha defendido la importancia de la educación prematrimonial como una herramienta preventiva para que las parejas desarrollen conocimientos y habilidades que favorezcan sus relaciones. Asimismo, investigaciones posteriores de Stanley y sus colaboradores han estudiado la relación entre la educación prematrimonial, la calidad conyugal y la estabilidad de los matrimonios.
Estas aportaciones nos invitan a reflexionar sobre la importancia de proporcionar a los jóvenes espacios de orientación y diálogo en los que puedan comprender que el amor no es una experiencia idealizada, libre de dificultades, sino una relación humana que requiere conocimiento, comunicación, límites y responsabilidad.
Educar para el amor no significa enseñar a las personas a permanecer juntas a cualquier precio. Significa proporcionarles herramientas para establecer vínculos respetuosos, reconocer sus necesidades, expresar sus emociones y tomar decisiones conscientes.
También significa comprender que la libertad afectiva conlleva responsabilidad sobre la manera en que tratamos a los demás. No podemos exigir respeto mientras vulneramos la dignidad de nuestra pareja, ni reclamar compromiso mientras evitamos toda responsabilidad emocional.
Una sociedad que aspira a construir familias saludables necesita reconocer que la prevención de la violencia y el fortalecimiento de los vínculos comienzan mucho antes del matrimonio.
Elegir al otro también es elegirse a uno mismo
Quizá una de las reflexiones más importantes que podemos hacer sobre el noviazgo es que elegir una pareja no significa entregar nuestra vida a otra persona, sino decidir libremente compartirla.
La madurez afectiva implica comprender que nadie tiene la obligación de satisfacer todas nuestras necesidades emocionales, resolver nuestros conflictos personales o garantizar nuestra felicidad permanente.
Somos responsables de nuestro propio desarrollo y, desde esa autonomía, podemos establecer relaciones en las que el acompañamiento no se convierta en dependencia y el compromiso no se confunda con sometimiento.
Elegir a alguien implica conocerlo, escucharlo y reconocerlo como una persona diferente a nosotros, con su propia historia, sus aspiraciones y su derecho a decidir. Y, de la misma manera, implica permitir que esa persona nos conozca, con nuestras virtudes, nuestras limitaciones y aquellas áreas de nuestra vida en las que todavía necesitamos crecer.
El noviazgo no es un contrato que garantice un matrimonio, ni debería convertirse en una obligación de permanecer juntos por el simple hecho de haber invertido tiempo o emociones. Es una relación que requiere libertad, honestidad y voluntad compartida.
Cuando dos personas deciden continuar juntas, el compromiso adquiere sentido precisamente porque existe la posibilidad de elegir de otra manera.
Amar es una decisión que se construye todos los días
El noviazgo puede ser el inicio de una historia compartida, pero también es una oportunidad para descubrir que el amor, por sí solo, no resuelve todas las dificultades de la convivencia humana.
Amar requiere aprender a escuchar cuando no estamos de acuerdo, respetar cuando pensamos diferente, reconocer nuestros errores cuando nos equivocamos y comprender que el otro no existe para cumplir nuestras expectativas.
Si el noviazgo conduce al matrimonio, ambos tendrán que aprender a convivir, negociar, asumir responsabilidades y adaptarse a las transformaciones que trae consigo la vida. Si deciden no continuar juntos, el aprendizaje también puede formar parte de su crecimiento personal.
Porque el propósito de una relación no debería medirse únicamente por su permanencia, sino también por la dignidad, el respeto y la libertad con los que fue vivida.
El noviazgo no es una garantía de matrimonio; es una oportunidad para descubrir si dos personas desean y pueden construir un proyecto de vida en común.
Y quizá, antes de preguntarnos cuánto amamos a nuestra pareja, deberíamos preguntarnos cuánto la conocemos, cuánto la respetamos y qué estamos dispuestos a construir junto a ella, sin dejar de ser quienes somos.
Porque una familia no se construye solamente con la decisión de casarse, ni el matrimonio se sostiene únicamente con la emoción de haberse enamorado. Ambos requieren voluntad, responsabilidad, respeto y, sobre todo, la disposición de reconocer que el amor no consiste en poseer la vida del otro, sino en aprender a compartirla.
Tal vez el verdadero sentido del noviazgo no sea encontrar a alguien con quien necesariamente casarnos, sino descubrir si hemos aprendido a amar lo suficiente para construir, con libertad y responsabilidad, una vida junto a alguien más.
Recuerda que… Entre Todos, La Familia.
Tres para ti Doc.
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VÍCTOR HUGO GARCÍA / Tercera Fuerza / Zacatecas, Zac. / 02 / octubre / 2026.

