El 6 de agosto de 1945 sucedió el primer ataque con bomba nuclear de la historia, el bombardeo de Hiroshima. 74 años después, el mundo está inmerso de nuevo en una carrera armamentista, sin embargo, esta vez tenemos mucho más que temer que solo ataques nucleares.
Los bombardeos de Hiroshima y Nagasaki abrieron una herida que le dejó al mundo una lección muy clara: una guerra a gran escala significa destrucción masiva, la bomba atómica, destrucción total. Gracias a esto, se realizaron esfuerzos internacionales conjuntos por décadas para prevenir la catástrofe.
Desafortunadamente, parece ser que esta herida está terminando de cerrar y que, en su lugar, una cicatriz entierra lo aprendido.
El pasado viernes 02 de agosto, EEUU y Rusia dieron fin al Tratado de Fuerzas Nucleares de Alcance Intermedio. Este tratado es solo el último de una lista cada vez más larga de acuerdos y esfuerzos fallidos para frenar la carrera armamentista actual.
¿Pero cómo fue que empezamos a volver a perder el miedo a las amenazas nucleares?
En mi opinión, las respuestas son varias. Por una parte, el miedo a la guerra duró muy poco tiempo en realidad. Durante la Guerra Fría, las potencias mundiales aprendieron rápidamente a hacer guerras de manera diferente. Ahora, muchas de las guerras son conflictos bélicos de baja escala en países específicos y, sobre todo, extranjeros (véase el Medio Oriente). Esto permitió a las potencias seguir peleando sin arriesgar mucho.
Por otro lado, la tecnología nunca dejó de desarrollarse. Armas nuevas y mejores fueron el pan de cada día durante toda la Guerra Fría. Hoy, la realidad no es diferente. Países siguen peleando y armas nuevas se desarrollan cada día, es decir, la carrera armamentista jamás terminó, solo se normalizó.
Los nacionalismos actuales solo empeoraron la situación. Con el discurso reforzado de “nosotros los buenos y ellos los malos”, en varias partes del mundo, la motivación de algunos países por pelear se ha hecho más grande.
Sin embargo, el factor más importante ha sido el tiempo. Después de Hiroshima y Nagasaki, el mundo tenía un saldo de millones de muertos y muchas ciudades destruidas para recordar el peligro de la bomba atómica. Ahora, las heridas que nos hacían recordar han sanado y nadie parece temer ni a las nuevas amenazas.
Porque algo es claro, ya no hablamos solo de ataques nucleares. Las armas cibernéticas, los drones no tripulados y los robots han llegado para hacer que las nuevas guerras sean cada vez más peligrosas.
Al preguntarme si la memoria que aún nos queda será suficiente para evitar heridas como la de Hiroshima y Nagasaki, solo puedo pensar una cosa: quizás hay cicatrices que nunca debieron cerrar.
Rubén Gerardo / Letras y Pensares / Hermosillo, Son.

