
La madre vida llora hoy al ver las afrentas que sufren sus hijos a manos de sus hermanos. Hijos que caminan a través de un frío que casi congela hasta las lágrimas. Un frío como aquel que describía Dante en el círculo más profundo del infierno. Ese frío que se presenta donde falta el fuego del amor.
Hace algunos días un grupo de hermanos centroamericanos empezó a caminar. Sin embargo, la necesidad de caminar que los empuja comenzó hace mucho tiempo.
La violencia, el hambre, la desesperanza, la muerte y la nada a veces nos hacen partir en busca de algo.
No a todos nos empujan las mismas cosas. Hay quienes buscan un algo que otros siempre hemos tenido, aun si nunca lo pedimos. Seguridad, comida, esperanza, vida, algo, lo que sea.
Porque nadie tiene la culpa de venir de un lugar donde no hay nada por que quedarse. Lugares donde la nada es tan grande que desaparece hasta la patria y la cercanía de los propios.
Tampoco hemos tenido jamás el mérito de nacer en un lugar donde siempre ha habido algo por que quedarse. Un algo tan grande que ni la indiferencia con la patria y con los propios nos haría movernos.
En ambos casos, en realidad en todos, nadie escoge el punto de partida. No se escoge el lugar, tampoco el tiempo, ni la familia, ni si habrá algo o si habrá nada.
Nuestras decisiones, si tenemos el privilegio de decidir, comienzan siempre después de nacer. Porque incluso nacidos, hay hermanos obligados a caminar como los que caminan hoy entre nosotros.
Los que sí tenemos el privilegio de decidir a dónde ir somos gobernantes. Porque gobernar significa dirigir. Pero hemos gobernado mal, pues hemos gobernado contra nuestros hermanos. Los hemos envuelto en una red de odio por creer que nos merecemos todo aquello que se nos dio y a ellos no. Nos hemos pensado ricos frente a los que pensamos pobres, cuando en el buen gobierno se le ha de dar igual cabida a ambos.
Así lo entendía el manchego famoso cuando aconsejaba a su escudero. “Hallen en ti más compasión las lágrimas del pobre, pero no más justicia que los alegatos del rico”.
Y mientras ellos caminan nosotros los vemos como otros, así como si no fuéramos los mismos. Pues es más fácil culpar a un extranjero antes que reconocer que atacas a un hermano. Es más fácil hablar de México y Guatemala que hablar del Mayab y del Petén, de Arizona y de Sonora que hablar de Yaquis.
Por eso lo decía Medea: “No hay mayor dolor que verse privada de la tierra patria. Lo hemos visto, no ha hecho falta que nadie nos lo cuente. Ni la ciudad ni los amigos comparten la pena tremenda que sufres”.
Esa pena es como el peor de los fríos. No es uno del que te puedas abrigar, porque no lo causa la temperatura. No es como un dolor que puedes medicar, porque no lo causa el cuerpo. No es como un cansancio que puedas dormir, porque no lo causa la fatiga. Esa pena es un odio que solo se cura con amor, porque lo causa la falta de un cariño cálido como el abrazo de quien amas.
Los odiamos por pasar, por pisar para huir del lugar que siempre los odió. Odiamos a los que no pueden decidir a dónde ir, ni por qué ir, sino solo caminar o morir. Y mientras caminan decidimos insultarlos, atacarlos, dejarles claro que aquí no pertenecen, que aquí no encontrarán cariño, nada más que un odio frío.
Nuestra madre llora.
La madre vida es la que llora, la madre vida es la Llorona. Llora por la falta de amor entre sus hijos, llora por el odio entre sus hijos. “Tápanos con tu rebozo Llorona”, que hace frío, de ese que casi congela hasta las lágrimas. Tápanos, pero por favor, tapa primero a mis hermanos.
Contacto vía twitter: @rubengerardon
RUBÉN GERARDO / Letras y pensares / Noviembre 10 de 2018.

