
Usualmente, como podrán ver en esta columna, en la que llevo escribiendo gracias a la invitación de un estimado amigo con el que precisamente como dice el título, coincidí hace algunos meses, se percatarán que no soy muy dado a expresar mis ideas fuera de un contexto político o de temas nacionales o internacionales, sin embargo, por motivos personales y un proceso de introspección, hoy decido compartirles un poco de lo que he vivido y que me parece importante compartir.
Soy de las personas que comparte la idea de los que dicen que “los tiempos de Dios son perfectos” y “que todo llega en su respectivo momento”, a veces esto puede ser algo que esperas y deseas tanto, que realizas los esfuerzos necesarios para lograrlo; en otros casos, las cosas te van llegando sin pedirlas, sin buscarlas, pero tienen algo en común, el tiempo y el momento siempre es el indicado.
A título personal, les comparto lo que he vivido desde hace poco más de un año, en donde comenzó todo y que hoy me motiva a escribir esto. Hace un año exactamente, me encontraba en mi habitación en la ciudad de Washington D.C., regresando de la oficina en donde estaba realizando prácticas profesionales; la vida, el tiempo, Dios, mi esfuerzo, mi dedicación me llevó a conseguir una beca para llegar hasta ese lugar. En un inicio, no comprendía mucho como es que yo llegaría a volar tan alto y sobresalir de esa manera para obtener ese resultado, que si bien, lo busqué y trabajé fuerte, en algún momento llegó a atravesarse por mi cabeza que no era el momento para que yo aceptara a tener esa beca.
Con todas las dudas e intrigas que esto pudo haberme ocasionado, realizaba esta aventura muy entusiasmado, contento, pero con más dudas que respuestas; a diario me preguntaba ¿Por qué yo? ¿Por qué en este momento de mi vida? ¿De verdad tengo algo que aportar?
En México dejaría por algunos meses una vida bastante cómoda, dejaba a mi familia, a mi hermana, amigos entrañables, a una niña con la que me encontraba saliendo, dejaba mis cosas materiales, mi universidad, en fin, demasiadas cosas por irme a aventurar yo solo a otro país.
Estando fuera, como era de esperarse, comencé poco a poco a perder contacto con muchas personas aquí en México, sin embargo, en ese momento no importaba mucho ya que estaba construyendo una nueva vida en D.C. y estaba comenzando a coincidir con muchas otras personas. Fueron meses increíbles los que pasé fuera, en donde academicamente y profesionalmente crecí demasiado, pero también me hizo darme cuenta de ciertas cosas que ya no permitiría en mi vida nunca, y que me hizo establecer un piso mínimo para mis relaciones laborales, académicas, de amistad y hasta amorosas.
Un día alguien me dijo que lo difícil de un intercambio no es irte, si no, regresar, y no precisamente por las personas que dejas a tu regreso y que es probable que a algunos no los vuelvas a ver o que tal vez, vaya a pasar mucho tiempo hasta volverlos a encontrar, por supuesto que es complicado, de hecho, en Washington, afortunadamente compartí momentos extraordinarios con un grupo de mexicanos con los que coincidí y que hasta la fecha sigue habiendo contacto y que tratamos de frecuentarnos lo más que se puede, pero bueno, hay que comprender que también cada uno tenía su vida antes y que no se iban a detener tampoco a su regreso.
Pero desde mi punto de vista dejarlos de ver tanto a los mexicanos, como a otros amigos extranjeros, no fue lo más difícil; para mi, lo más difícil fue darme cuenta de algo que desde que me fui mi mamá me dijo y esto fue: “no esperes mucho cuando regreses, acuérdate que la foto se mueve”. Y eso me pasó, cuando regresé, algunos grupos de amigos se habían deshecho, en otros simplemente yo ya no encajaba, la niña con la que salía antes de irme evidentemente no me tenía porque esperar, en fin, una serie de situaciones que me hacían llorar y extrañar cada vez más mi vida fuera de México.
Fue complicado regresar y ver como las cosas habían cambiado tanto, y que quienes eran tus amigos, realmente ya solo quedaban pocos de ellos, contados con los dedos. Fue difícil iniciar prácticamente de cero, pues yo regresé también revolucionado y aumentado, con otro chip y donde ya no encajaba en algunos lugares. Es precisamente en este punto, donde comencé a aferrarme a recuperar un poco mi vida que llevaba antes de mi partida, no obstante, fue un fracaso.
Después de ese proceso en el que me aferré, podré decir que llegué a un punto en el que toqué fondo y me dí cuenta de que tenía que comenzar a soltar y seguir fluyendo por la vida, con la luz que muchas personas me dicen que transmito. Ese proceso no ha sido nada fácil, pues me he dado cuenta de que muchas personas que antes creía que estarían para siempre en mi vida, hoy unicamente no pasamos de darnos un buenos días o buenas tardes.
Por otro lado, la parte bonita de todo esto, es que en el momento que me decidí a comenzar a soltar y dejar atrás, poco a poco me han llegado nuevas oportunidades, afortunadamente he conseguido un trabajo en el que me siento feliz y que día con día es retador para mí, también tengo la oportunidad de continuar en proyectos que me apasionan, y continúo estudiando una carrera que me apasiona, y finalmente, lo más lindo, es que he consolidado las amistades que siguieron a pesar del tiempo que me separe, y también, que poco a poco he ido conociendo a personas que no solo están sumando, si no, multiplicando en mi vida.
Por eso, estimados lectores, les comparto un poco de mi experiencia, y quienes se encuentren en una situación similar, les digo 3 cosas:
- Los tiempos de Dios, de la vida, de quien crean, de verdad son perfectos.
- No te aferres, lo que es para ti, será.
- Coincide con personas que lleguen a multiplicar a tu vida, y los que no, pa’ fuera.
@alexsol26
ALEJANDRO SOLCHAGA / Contraposición / León, Gto. / Octubre 2 de 2018.

