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El Retrato de Acapulco

AYUDAME-250xPor Emmanuel Ameth/ Los Ángeles Press

Acapulco, que otrora fuera el puerto paradisíaco de México por excelencia es hoy blanco de un sinfín de tragedias. A los desastres naturales más comunes como lo son sismos de alta magnitud, huracanes, tifones, etc., habrá que sumarle el desempleo, la pobreza y sobre todo, la corrupción y la delincuencia exacerbada. Las condiciones actuales del puerto representan no sólo la consecuencia lógica del abandono por parte de las autoridades sino también, el resultado de una política pública perversa que hoy el Revolucionario Institucional (PRI) quiere extrapolar a todo el país.

Lucrando con el sufrimiento

Porque los desastres naturales duelen más donde menos recursos y organización hay; incluso pareciera que la inundación se hubiera dado en Haití si lo medimos por sus consecuencias. Existen recursos para hacer frente a este tipo de tragedias como lo han habido cada año por parte del Fondo de Desastres Naturales y muchos otros; pero si estos no son supervisados para que se lleven a cabo trabajos de calidad, los mismos problemas se presentan de forma periódica.

La corrupción fomenta así el bizarro negocio de la tragedia, el que les garantiza recursos a las empresas pertenecientes a la clase política tener actividad cada temporada, arreglando los defectos intencionales que no se corrigieron en la anterior.

Cultivando mano de obra barata

En Acapulco la formación superior de calidad simplemente no existe a pesar de contar con más de 700 mil habitantes. Quien desee tener una buena formación académica, deberá mudarse a otro municipio con las dificultades que ello implica. Sus instituciones públicas no destacan mientras que las privadas son de muy baja calidad. Tampoco fomentan el emprendurismo y es que no les interesa tener nuevos empresarios ni generadores de empleo. Así garantizan la conservación del statu quo que mantiene a 9 de cada 10 habitantes allí en condiciones de pobreza y vulnerabilidad, candidatos perfectos para ocupar las vacantes que requiere el sector turístico.

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Acapulco es el municipio con mayor número de pobres alimentarios que hay en México como bien reconociera Desarrollo Social.

El puerto está ubicado en el Estado de Guerrero, mismo que forma que junto con sus vecinos Oaxaca y Chiapas complementan el cinturón de mayor pobreza en México, con municipios que viven con Índices de Desarrollo Humano equiparables a los de África Subsahariana a pesar de la abundancia de recursos naturales.

La muestra más terrible de la descomposición social del puerto es la delincuencia. Tan sólo el año pasado Acapulco se convirtió en la 4ta ciudad con mayor número de homicidios dolosos en el mundo, a pesar de no ser, aparentemente, una región que se encuentre en guerra. La disputa de cárteles por el control de territorio se torna cada vez más cruenta a la vez que mientras se engrosan las filas de estos grupos, mayores son las necesidades de financiación para su subsistencia.

Muchos de estos grupos se formaron por líderes locales siendo Manuel Añorve y Ángel Aguirre un exquisito ejemplo de la falta de escrúpulos de la clase política. Los entonces priístas que contendían para ser candidatos a la gubernatura de Guerrero, se acusaron de trabajar bajo órdenes del narco. Lo peor, que incluso presentando pruebas uno del otro siguieron el proceso hasta que Ángel Aguirre resultó ganador.

inundacion acapulco mexicoLa estrategia que eligieron las autoridades para ‘recuperar’ el puerto de la creciente delincuencia fue convencerlos a base de spots televisivos, discursos triunfalistas y censura de la prensa de que su situación no era grave. Y la estrategia de ocultar la verdad mientras no se mueve un solo dedo para que las condiciones mejoren, agrava la situación.

Ahora no sólo la delincuencia es impune sino que quienes allí habitan se vuelven apáticos. Acostumbrados a caminar entre cadáveres y balaceras con la misma naturalidad que lo hacen entre mendigos y niños de la calle, se consuelan repitiéndose frases como ‘por algo lo mataron’ o ‘andaba en malos pasos’, sabiendo en su interior que la mayor parte de las víctimas eran inocentes. Es tanta la negación que incluso se les escucha los tristes ‘por lago lo secuestraron’, ‘por algo lo asaltaron’…

Tienen razones de sobra para no confiar en las autoridades pero tampoco lo hacen en sí mismos. La única forma de componer el tejido social es dejando que la misma sociedad se organice; pero se creyeron el cuento del individualismo, el de buscar el bienestar para sí antes que el de los demás, ese que les repite que sus acciones individuales y el dedicarse a lo suyo, a no mirar más allá de su responsabilidad por sí mismo traerá buenas consecuencias. Dicha mentalidad no sólo les aleja cada vez más de encontrar una solución sino que además alienta el consumismo, que es otra forma de manipulación.

El estrato

La clase más baja es invisible si bien es la más numerosa. Y es que esta allí, pero avergonzada, se esconde. La doctrina que les han inculcado les ha enseñado que deben bajar la mirada, salir lo menos posible y desaparecer rápido de cualquier lugar público antes de ser reconocidos: es por ello que a las autoridades no les preocupan pues son incapaces de organizarse. Les han convencido que el valor de las personas está en función de sus posesiones y ellos no poseen nada; al menos nada de lo que la sociedad de Acapulco aprecia.

Al resto de los pobres y de los que poseen carencias sociales les han convencido de que son clase media. Pero su ingreso es apenas suficiente para la subsistencia y entre sus necesidades contemplan accesorios para los cuales necesitan no sólo dedicar más horas al día sino renunciar a ciertas necesidades básicas, al punto de esclavizarse por darse ese ‘lujo’. Son ellos los trabajadores perfectos, a los que ponen la zanahoria enfrente. Por ello no les interesan los problemas sociales, están convencidos que trabajando toda una vida, como empleados, algún día dejarán de serlo, ‘porque son clase media, no baja’. Muy tarde se dan cuenta de que no es así, o los años les cansan o al fin se dan cuenta de que bajo las condiciones en las que viven, jamás lo conseguirán. En ambos casos suele ser tarde para que comiencen a inconformarse con el sistema, además que luego de haberlo adoptado y obedecido durante tanto tiempo, les es más difícil reconocer que vivieron la mayor parte de su vida equivocados.

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Los obreros que esclavizaron su mente y renunciaron a cualquier tipo de organización que les lleve a mejores condiciones son quienes llenan los bolsillos de la minoría, de la clase rica de Acapulco conformada por empresarios y políticos, casi siempre siendo ambos y comenzando por un cargo público antes de emprender.

Los delincuentes obedecen a esa misma mentalidad. No hay oportunidades de empleo y todos quieren ser consumistas, necesitan serlo. En ciudades donde lo más importante es lo que se tiene y lo que se aparenta, la consecuencia es lógica. Bajo el capitalismo puro, las formas son lo menos y el suyo lo observan como sólo un negocio irregular. Cambian su propia vida y venden los años de vejez por unos años de accesorios. Es paradójico que busquen un auto, buena ropa, todo ello para verse como mejores personas según las ideas capitalistas cuando para conseguirlo, tienen que convertirse en los peores de los monstruos… despojar de la vida a alguien por unos accesorios que ni siquiera acercan a la felicidad y que sólo son apreciados por gente igual de vacía, es la muestra clara de que algo se pudrió.

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Es común que en las tragedias naturales la desesperación lleve a las personas a hacerse de víveres donde estos se encuentren. Lo que no lo es, es que antes de buscar los mismos lleven electrodomésticos e ingresen a saquear otras viviendas con el mismo propósito, mucho menos que lo hagan a tan poco tiempo de haber transcurrido la tragedia.

Sí, Acapulco se perdió por su gente y las tragedias no cesarán mientras esta no cambie. La forma en la que los afectan fenómenos naturales reflejan la forma de conducirse en este puerto: los deslaves carreteros, las inundaciones y un sinfín de otras consecuencias no se dan por otra cosa que no sean deslaves e inundaciones anteriores, que nunca se arreglaron y que por ello cada tormenta se aprecia lo mismo. Así de descompuestos están. La delincuencia se incrementó bajo la complacencia de las autoridades pero también de ellos mismos. La doctrina de negación de los problemas y de ‘esforzarse’ sin quejarse, sin organizarse, viendo por ellos mismos, es la misma política que amenaza a México y que quiere emular las mismas consecuencias. La condición más terrible de Acapulco es que es la misma que podría observarse en todo el territorio nacional. Con información de Los Ángeles Press.

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