- ** Porque los hermanos no son simplemente personas.
- ** Con ellos aprendimos a compartir y a defender lo nuestro.
- ** La familia no solamente nos acompaña en la vida.
Hay momentos en la vida en los que las palabras parecen insuficientes.
Una enfermedad grave puede ser uno de ellos.
Cuando un médico pronuncia la palabra de una enfermedad terminal, cuando habla de una enfermedad avanzada, cuando explica que las posibilidades de curación son limitadas o cuando comienza a hablarse de cuidados paliativos, no solamente cambia la vida de quien recibe el diagnóstico.
Cambia la vida de toda la familia.
Y quizá una de las transformaciones más profundas ocurre entre los hermanos.
Porque los hermanos no son simplemente personas que comparten padres, apellidos o una casa.
Son, para muchos de nosotros, la primera comunidad a la que pertenecemos.
Antes de los amigos, antes de la escuela, antes del trabajo, antes de aprender las complejas reglas de la convivencia social, aprendimos a convivir con nuestros hermanos.
Con ellos aprendimos a compartir y a defender lo nuestro; a competir y a cooperar; a negociar, a enojarnos, a reconciliarnos; a pedir ayuda y a prestarla.
Aprendimos incluso algo fundamental para la vida: Que podemos pertenecer a un grupo sin dejar de ser nosotros mismos.
El psiquiatra y terapeuta familiar Murray Bowen convirtió precisamente la posición entre hermanos en uno de los conceptos de su teoría familiar. Para Bowen, la familia puede comprenderse como un sistema emocional en el que sus integrantes se influyen mutuamente y desarrollan distintas formas de responder a las circunstancias.
Salvador Minuchin, desde la terapia familiar estructural, también señaló la importancia de los subsistemas familiares —entre ellos, el de los hermanos— y de la capacidad de la familia para reorganizarse frente al estrés y las circunstancias cambiantes.
Y aquí aparece una verdad que solemos olvidar:
La familia no solamente nos acompaña en la vida; también nos enseña a acompañar.
Cuando la enfermedad entra en la casa, cuando uno de los hermanos enferma gravemente, la familia comienza a reorganizarse.
Aparecen nuevas responsabilidades, alguien acompaña al hospital.
Otro se ocupa de los medicamentos, alguien habla con los médicos, otro prepara alimentos, uno más se encarga de los trámites, alguien cuida a los hijos del enfermo, y otro, quizá sin que nadie se lo pida, simplemente permanece cerca.
Porque hay momentos en que ayudar no consiste en encontrar una solución, consiste en no dejar solo al otro.
La Organización Mundial de la Salud reconoce que los cuidados paliativos no se dirigen únicamente al paciente: buscan mejorar la calidad de vida tanto de la persona enferma como de su familia y atender dimensiones físicas, psicológicas, sociales y espirituales del sufrimiento.
Esto es fundamental.
Porque una enfermedad que amenaza la vida no enferma solamente al cuerpo, también puede enfermar las relaciones, puede producir miedo, ansiedad, culpa, enojo, agotamiento, desesperanza y conflictos entre quienes cuidan.
Y puede hacer aparecer viejas heridas familiares que parecían olvidadas, por eso, una familia fuerte no es aquella que nunca tiene conflictos.
Una familia fuerte es aquella que puede reorganizarse sin destruirse cuando llega una crisis.
Los hermanos no siempre han sido amigos, conviene decirlo con honestidad, no todos los hermanos se quieren de la misma manera.
Hay hermanos que se aman profundamente, hay otros que se toleran, hay quienes están distanciados, algunos dejaron de hablarse, otros llevan años cargando resentimientos, comparaciones, celos o viejas injusticias.
Y sería ingenuo afirmar que una enfermedad terminal borra mágicamente todo eso.
No lo hace.
Pero una enfermedad grave puede colocar las cosas en otra perspectiva, de pronto, aquello por lo que llevábamos diez años sin hablarnos puede comenzar a parecer menos importante que los diez minutos que todavía podemos conversar.
No siempre sucede.
No debemos romantizar el sufrimiento, pero algunas veces ocurre, y entonces aparece una pregunta incómoda:
¿Qué queremos hacer con el tiempo que todavía tenemos?
No se trata necesariamente de reconciliarse, a veces se trata simplemente de dejar de pelear.
A veces de pedir perdón, a veces de decir «te quiero», a veces de sentarse junto a la cama, a veces de escuchar, y a veces, simplemente, de estar.
Porque en determinadas circunstancias la presencia se convierte en una forma de amor, la familia también necesita cuidarse del cuidador.
Hay otra realidad de la que debemos hablar, cuando uno de los integrantes enferma, suele aparecer un cuidador principal, y poco a poco, sin que nadie lo advierta, esa persona comienza a cargar con casi todo.
Las citas médicas, los medicamentos, los traslados, la alimentación, los gastos, las llamadas, la incertidumbre, las noches sin dormir, y, además, el miedo.
Por eso los hermanos pueden cumplir una función esencial: repartir el cuidado, no todos podrán hacer lo mismo, uno tendrá tiempo, otro tendrá recursos económicos, otro podrá acompañar físicamente, otro podrá realizar trámites, otro podrá escuchar, otro podrá cuidar a los niños, otro podrá simplemente llamar todos los días.
No existe una única manera de cuidar.
Lo importante es comprender que el cuidado no debe convertirse en la responsabilidad exclusiva de una persona cuando existe una red familiar capaz de compartirlo.
La American Cancer Society recomienda las reuniones familiares para mantener informados a quienes participan en el cuidado, distribuir responsabilidades, hablar de necesidades, recursos, tiempos y preocupaciones económicas, y procurar también descansos para el cuidador principal.
Porque también hay que decirlo: El cuidador tiene derecho a cansarse, tiene derecho a llorar, tiene derecho a pedir ayuda, tiene derecho a dormir, tiene derecho a seguir viviendo.
Cuidar a alguien que amamos no significa desaparecer nosotros mismos, pero hay algo que la familia nunca debe olvidar: el enfermo sigue siendo una persona con voluntad.
Aquí es donde el amor necesita encontrarse con la ética.
Cuando alguien enferma gravemente, la familia puede caer en una tentación comprensible: comenzar a decidir por él, «Nosotros sabemos qué necesita.» «Nosotros sabemos qué le conviene.» «El médico debe hacer todo.» «No le digan que está grave.» «No le digan la verdad porque se va a deprimir.»
Pero cuidar no significa sustituir la voluntad de quien está enfermo.
El amor no autoriza a quitarle al otro su autonomía.
La legislación mexicana reconoce derechos específicos para las personas en situación terminal: recibir atención médica integral, trato digno, información clara y suficiente, participar en las decisiones sobre tratamientos y cuidados paliativos, y expresar su voluntad respecto de determinados tratamientos. También contempla la posibilidad de designar a una persona de confianza para representarlo cuando posteriormente no pueda expresar su voluntad.
Y esto merece especial atención de las familias: la enfermedad no elimina los derechos de la persona.
Al contrario.
Cuando el cuerpo pierde fuerza, preservar la dignidad se vuelve todavía más importante.
La NOM-011-SSA3-2014 establece criterios para la atención de personas en situación terminal mediante cuidados paliativos, con énfasis en el trato digno, el control de síntomas y la atención de aspectos psicológicos, sociales y espirituales.
Por eso, frente a una enfermedad terminal, la familia debería preguntarse no solamente:
«¿Qué podemos hacer para salvarlo?»,
También:
«¿Qué necesita para vivir este proceso con dignidad?»
Y esas dos preguntas no siempre tienen la misma respuesta, cuidar no es prolongar el sufrimiento a cualquier precio.
Esta conversación también necesita madurez.
Continuaré con el tema la próxima semana.
Y Recuerda que… Entre Todos, La Familia.
Tres para ti Doc.
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VÍCTOR HUGO GARCÍA / Tercera Fuerza / Zacatecas, Zac. / 28 / agosto / 2026.

