“Un caballero no habla mal sobre quién lo acompañó y vivió un buen tiempo, sobre todo, si fueron los mejores tiempos”. Esta frase reconstruida a vuelo de pájaro por quien esto escribe puede ser interpretada como un remordimiento, una explicación no solicitada, una ingenuidad romántica o hasta como una mentada de madre. Le preciso que lo que resulte de su interpretación es respetable y con independencia de lo que usted decida, la coloco ahí al principio, para referirme a una compañía que no puedo ni quiero negar pues lo fue durante gran parte de mi juventud.
En efecto milité en el Partido Revolucionario Institucional en el que ocupé desde los encargos más pequeños hasta algunos de dirección y al que habré de referirme ahora, tratando de ser objetivo y cuidadoso, justo por el acompañamiento, experiencias y aprendizaje que de ahí obtuve. Lo hago en un momento que parece ser, ahora sí, el declive final de esta organización política, una de la más longevas y poderosas en el ámbito político del mundo. No estoy seguro sin embargo de que en verdad se trate de su final, pues recuerdo momentos difíciles que han dado lugar incluso a algunos libros que en la época de los años 90s vaticinaban ya -lo hayan dicho como haya sido- su desaparición. Recuerdo “Las horas contadas del PRI” de Julio Hernández expresidente estatal o “¿Tiene futuro el PRI?” de José Antonio Crespo (también ex priista por citar solo algunos “recientes” y de eso hace ya mas de 30 años. De hecho, desde su infancia atravesó momentos críticos y hasta sufrió transformaciones que hablan por si mismas de tales crisis: Ahí esta el cambio de Partido Nacional Revolucionario a Partido de la Revolución Mexicana a penas 10 años después de que aquel naciera. Y luego a mitad de la década de los 40´s hacia su última denominación y ya sabemos que no sólo fueron cambio de nombre sino estructurales e ideológicos, de un inicial Instituto que concitaba principalmente a federaciones y partidos comunistas al igual que socialistas y una que otra fuerza más hecha hacia el centro. Pasando por el partido de masas en una expresión menos militarizada que apuntaba hacia el centro y la vida civil en forma ya clara; pasando luego por una transición de la prevalencia de los sectores con sus cuotas de poder a la incorporación de algunas organizaciones internas que participaban también de la distribución de espacios. Y en las últimas épocas la omisión, cuando no abolición, de principios de esencia socialista o al menos social, hasta el neoliberalismo de fines de los 80´s con sus centenas de privatizaciones realizadas y algunas mas intentadas pero truncas. Estos cambios históricos señalan pese a lo que se diga, momentos de crisis que fueron sin embargo bien afrontados por el que Dulce María Sauri llamaba “el eje articulador” del partido y que no era otra cosa que el Presidente de la República en turno, con la élite que lo acompañaba en la toma de decisiones, reinventándose con una reingeniería que siempre dejaba a salvo a las burbujas de poder más empoderadas en lo local y lo nacional, pero siempre disciplinadas al partido. Así funcionó hasta el año 2000, que constituyó otra gran crisis, pero no marcó, pese al cambio de partido en el poder, una alternancia ni transición, pues sólo significó el compartir poder con lo que había sido la fuerza de derecha más importante: el PAN. Ahí el revolucionario se soltó de nuevo en el tobogán, pero se pudo controlar un descenso más cordial mediante acuerdos con su otrora enemigo acérrimo. La capacidad de aliarse del revolucionario no podrá cuestionarse nunca.
Hoy frente a la consolidación de una alternancia real innegable, y frente al resultado de las últimas elecciones por las que el PRI ha reducido su fuerza a su mínima expresión histórica; aunado a la rebelión que sin aquel eje articulador y omnipotente, comienza a cundir en una lucha encarnizada entre grupos que disputan lo que queda de ese partido incluyendo el boleto para apostar por su regeneración, la pregunta que resurge es aquella que formuló el entonces renegado priista Antonio Crespo: ¿Tiene futuro el PRI? pregunta difícil de contestar habida cuenta de las ocasiones en que indudablemente se la han hecho propios y extraños del PRI, aún muchos años antes que el propio tabasqueño Crespo. Personalmente creo que existe la posibilidad de reinventarlo si se presentan las virtudes de la tolerancia, paciencia y hasta el sacrifico y aún así esta reinvención no se podría llegar a ver (como en el 2012 en que no se dio realmente tal reinvención) sino hasta bien pasados algunos años y dos o tres elecciones en las que el PRI se perciba más competitivo y fuerte sin necesidad de coaliciones, pues soy de la idea de que, las coaliciones y alianzas sólo fortalecen a la fuerza mayor, como aquel principio de física en que nos explicaban que las fuerzas menores son atraídas por las más grandes hasta llegar incluso a subsumirse en ellas. Recuérdese si no sucedió con aquel Partido Popular Socialista y el Auténtico de la Revolución Mexicana respecto al PRI; o a contrario sensum con la estrategia última del Movimiento Ciudadano que, al negarse a ir coaligado, mal que bien y con un Máynez sacado de la chistera, no sólo mantuvo su registro, sino que multiplicó exponencialmente su votación, aunque ahora le falte convertir votos en militancia.
Las coaliciones no han sido difíciles de realizar para el PRI, pero hay que saber no sólo conseguirlas sino negociarlas de forma tal que le permitan la preservación del patrimonio propio y si es posible su aumento.
El PRI fue un partido admirable en muchos sentidos, aunque opresor en otros tantos; conjuntó fuerzas e institucionalizó la lucha democrática a pesar de imposiciones y autoritarismo, pero no pudo evitar ingresar y auto atraparse en una dinámica de inercia pendular y, el péndulo va… y viene.
@PedroOlveraV
PEDRO OLVERA / Retruécanos / San Luis Potosí, S.L.P. / Julio 12 de 2024

