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Hasta dónde existe el perdón con un hijo

Claudia Salazar Martínez

Casi todos crecimos con varias ideas sembradas por nuestros padres y abuelos, una de ellas es que debemos aguantar todo lo que los hijos nos hagan. Que nos ignoren, que nos falten al respeto, que no nos llamen, que hablen mal incluso de nosotros.

Si bien es nuestra obligación educarlos, mantenerlos, darles educación, valores, principios y demás; lo de mantenerlos es hasta cierta edad, sobre todo cuando deciden hacer su vida y marchar de casa; sin embargo, siempre que podemos y por voluntad propia hemos seguido apoyando.

Pero llega un punto donde hay que tomar una decisión, porque si bien les inculcamos todo sobre el amor propio, debe de venir con el ejemplo.

Y es que pareciera que somos dos entes en una misma persona, la mayoría o muchísimos como hijos somos ingratos, igual no malos, pero sí ingratos y la otra parte somos como nos llamamos, es complicado lo que intento decir. Como hija pude haber sido ingrata, pero como Claudia soy diferente, curioso ¿no? Y somos la misma persona.

Los sube y bajas de los últimos meses de mi vida, me han puesto a pensar en muchas cosas, una de ellas son los hijos, mis padres y en medio yo. Debo decir que en retrospectiva me siento una hija muy amada por mis padres, ¡Muy amada! Fui muy deseada sobretodo por mi madre, porque quería una mujercita, siempre lo decía así.

Ellos, mis padres, sí que han dolido, con ese dolor que crees que al voltear la página del día será mejor y no.

Es curioso pero quizá la edad o el duelo, la vida que pasa rapidísimo y con una bola de cambios que nos deja girando como trompo, sin saber si vamos o venimos. Me han puesto a recapacitar mucho. Quitando de mi vida a muchas personas, incluso familia. Duele, pero no lo necesito y si no quieren estar en mi vida, aviso que tampoco estarán en mi muerte.

Eso de podar el árbol genealógico es muy sano, si no te suma, pues que no te reste. ¡Me encanta! Con dolor, pero ¡Me encanta! Y me reconforta saber que las otras partes están igual, no hace mucho me enteré de que son mas felices sin verme, sin saber de mí.

Debo reconocer que me dio una punzada en el corazón y dolió algunos días. Hasta que me pregunté y ¿Por qué lloras? ¿Por qué te duele? ¡Estás en lo mismo! No los necesitas y estás mejor.

No nos quedemos nunca, en donde quizá, nunca fuimos. Larguémonos de ahí, corre de donde se te ofende y se te intriga.

Vete de donde solo importaba lo material y no las personas, sobre todo cuando al lado de ellos hay mas personas echando veneno, personas que ni siquiera participaron en varios estadios de la familia. Que piensan que mantener una familia disfuncional (lo cual no critico para nada) es estar bien, es cumplir con los «canones» del deber ser. Y que con ese «deber» se atreven a juzgar y criticar la vida de otros.

Es increíble. Se ofendían de todo sin que tuvieran que ver en nada, pero en ¡Nada! Ni siquiera cuando se necesitó, cuando se presentan ese tipo de personas, creen que se merecen y se les debe todo, así es muy seguido una familia. Corta, aléjate y vete para siempre de ahí.

Siempre habrá un lugar donde puedas hacer tu nido, tu espacio, tu casa, tu pequeña tribu. Pero nunca nunca permitas que nadie, absolutamente nadie intente siquiera lastimar a tu persona.

Se va siendo mas fácil, aunque doloroso, pero también cada día menos, si recordamos, que si no nos quisieron en vida, nosotros tampoco en nuestra muerte.

CLAUDIA SALAZAR MARTÍNEZ / Rodamundos / Saltillo, Coahuila / Octubre de 2023.

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