A veces me pregunto cómo sabía la sopa de murciélago que lo empezó todo. ¿Habrá tenido algún sabor diferente a las demás sopas de murciélago? Ni siquiera me puedo imaginar el sabor de un murciélago, o si es cómodo comerlo con tantos huesitos. No sé, si tuviera que apostar diría que fue una muy buena sopa.
Diría que se necesita una gran sopa (o un gran murciélago) para paralizar nuestra civilización, pero la verdad es que si nuestra civilización puede ser paralizada por una sopa (o por un murciélago), quizás necesitamos cambiar de civilización.
Y esto lo menciono porque veo que hay mucha gente desesperada por volver a esa realidad que dábamos por sentada, a eso que llamamos normalidad. Yo me permito reflexionarlo al menos.
Pero no me mal interpreten, no es que diga que quiera quedarme en esta realidad por siempre. Simplemente ya que estamos inmersos, literalmente, en un mundo de cambios, igual y es mejor que aprovechemos la oportunidad para cambiar la realidad a la que esperamos volver. Una que aguante, yo que sé, una toxina extraterrestre o aunque sea una sopa de insectos.
Dejando las bromas de lado, es momento de que tengamos muchas discusiones que hemos estado evitando.
Quizás el sabor de un murciélago no sea importante, pero qué hay de la gente que no sabe qué va a comer mañana porque no puede salir y se quedó sin trabajo.
El discurso de “esto nos afecta igual a todos, esto mata tanto a ricos como pobres” trata de hacernos creer que la realidad es igual para todos cuando no es así.
Una cosa nos tiene que quedar bien clara a todos: la gente que mejor parada va a salir de esto es la gente que mejor parada recibió la contingencia. Ese “desafortunado” empresario que va a perder sus ganancias y quizás hasta su empresa, va a salir de esto con el estómago lleno y su dignidad intacta.
Los demás, los que no tenemos empresas que perder, puede que únicamente perdamos la vida. Lo que sí es seguro, es que si sobrevivimos lo habremos hecho a costa de nuestros ahorros y nuestra salud mental, o sea, de nuestra dignidad.
Con esto no intento decir que no es lamentable lo que sufren muchas personas, sino que hay diferencias que no podemos seguir ignorando.
Seguro vamos a escuchar un puñado de historias de ricos, políticos y poderosos que ¡ni con todo lo que tenían pudieron sobrevivir el coronavirus!
Sin embargo, la mayoría de los ricos, políticos y poderosos van a volver al mundo listos para seguir explotándolo. Mientras tanto, aquellos que ya vivimos esclavos de las deudas, del trabajo, de la incertidumbre, de la mala o inexistente seguridad social; mejor dicho, pues, de la falta de dinero, aquellos que, dicho sea de paso, mantenemos la economía en movimiento (y volteen a ver lo que pasa si aún lo dudan) vamos a volver al mundo a seguir intentando sobrevivir como podamos.
Personalmente, quiero volver a un mundo diferente. Quiero que aprovechemos la oportunidad para formar un mundo donde la dignidad importe.
Porque si, después de todo, logro sobrevivir esto y en unos 50 años a alguien se le ocurre comer otro platillo exótico, no quiero escuchar en los medios de comunicación que “este nuevo virus mata más que nada a ancianos”, así como muchos piensan y dicen ahora.
Es perverso que la medida del valor de una persona sea su productividad. O debería, porque en la actualidad así es. Por eso mucha gente piensa en ancianos como en población desechable, por eso incluso en la cuarentena la gente intenta ser productiva, porque quiere sentir que vale.
Para mí, el preocuparnos por ser productivos en estos tiempos es suficiente para que nos deba preocupar el hecho de que tenga tanta importancia el ser productivos. Vale la pena intentar liberarnos recordando que lo que pasa no está en nuestro control, pero entiendo que muchos tienen que comer.
Por estas razones y por muchas que no alcanzo a discutir aquí, es necesario que el mundo cambie, necesitamos un mundo diferente. Necesitamos un mundo donde lo más importante no sea el capital, la economía y la productividad, sino el progreso, la cooperación y, sobre todo, la dignidad humana. Uno donde además de supervivencia, haya bienestar.
Ya muchos genios como Harari y Zizek han explicado que otras formas de organización son posibles; y multitudes en Puerto Rico, Chile, Hong Kong y todo el mundo han dejado claro el camino: tenemos que exigir.
Uno de los grandes pilares del sistema actual es vendernos la idea de que está en uno hacer que todo vaya bien. Así como ahora que los medios repiten y repiten formas de ser positivos y aprovechar la situación.
Por más incómodo que sea, es tiempo de que reconozcamos que no está en uno, está en todos.
Está en todos luchar “hasta que la dignidad se haga costumbre”. Exigir sistemas de salud globales, mejor distribución de la riqueza, mejores derechos laborales, menos impunidad, parar el cambio climático y lo que haga falta para que todos estemos bien, incluso cuando haya momentos difíciles.
A aquellos que ciegamente defienden el sistema actual pensando que cualquier otra posibilidad es un robo o una locura les digo una cosa: no se trata de que nadie trabaje y se nos regale todo, sino de que el trabajo de todos garantice una vida digna para todos.
Y si una realidad así parece demasiado irrealizable con solo imaginarla entonces voltea a tu alrededor, que esta realidad, inimaginable hace unos meses, comenzó con una sopa de murciélago.
Por cierto, ni se les ocurra decirme que el murciélago sabe a pollo.
RUBÉN GERARDO / Letras y pensares / San Luis Potosí, S.L.P. / 20 de abril de 2020.

