
A una semana del estado de alarma decretado por el gobierno español, deseo expresar, desde el encierro que vivo en mi casa, unas palabras a manera de reflexión en estos duros momentos que nos hace vivir la pandemia del coronavirus (COVID-19).
Todos temblamos al escuchar la palabra pandemia, y no es para menos, por la alarma social que despierta, pero si hacemos un recorrido en la historia de muchos países, seguramente nos encontraremos con que han padecido epidemias muy fuertes que, en su momento, no se convirtieron en pandemias, porque el flujo de viajeros y mercancías internacionales no era global, como lo es hoy en día.
Desgraciadamente nuestro fabuloso mundo global nos reservaba esta sorpresa. Todos hemos aprovechamos esa globalización que se ha ido generando en los últimos años, desde comer productos frescos que sólo se producen en los países donde originalmente se cultivan, hasta aprender idiomas en los sitios de origen, así como, conocer, ver florecer nuevos comercios y tipos de vida.
Todo parecía ir muy bien, pero todo tiene un precio, y eso, con tanta globalización, se nos olvidó.
Olvidamos que todo lo que va y viene, lleva y trae; olvidamos que la comodidad limita y, sobre todo olvidamos que somos humanos y vulnerables.
Soy mexicana y tengo 65 años, estoy casada con un francés desde hace 42 años y he pasado por muchas situaciones en esta vida, que me coloca en una minoría de la población.
Tengo dos hijos: uno está casado. Él y mi nuera nos han regalado dos fabulosas nietecitas. Mi otro hijo, el menor, es informático, vegano y le gusta estar asilado del bullicioso mundo, de las reuniones, los chismes, las tertulias, etc.
Soy la última hija de una familia de ocho hermanos: cuatro hombres y cuatro mujeres.
Nací cuando mi madre tenía 45 años. Tuve un hermano con Síndrome Down, una hermana con artritis juvenil, una hermana asmática, un hermano presumido, uno mentiroso, otro aventurero, una hermana que fue la guapa de la familia con un corazón de oro y una hermana más, la inteligente y sensata, pero miedosa de tomar decisiones, que opacaba sus virtudes.
Y precisamente a este punto de decisiones es al que quería llegar con esta reflexión que comparto, en la cual era necesario presentarme.
Hoy, con la situación que nos ha tocado vivir, debemos decidir nosotros mismos ser responsables. Cada uno lo hará a su manera, pero hay que recordar que la responsabilidad no rompe, no daña, tal vez limite o lastime, pero el resultado siempre será positivo.
Es momento de ser conscientes de nuestras acciones, en beneficio de nosotros mismos y de los que nos rodean.
Tuve la suerte de vivir en China durante siete años de manera intermitente, estando tres meses allá y un mes en España, que es donde tenemos nuestra residencia permanente.
La primera vez que estuve en ese país fue en abril de 1997. Reconozco que me impactó empezar a descubrir esa nación que lo primero que salta a la visa son sus millones de ciudadanos en bicicleta por todos lados, dado que es el principal medio de transporte.
Calles con poco alumbrado, tiendas y supermercados en donde, para sorpresa de cualquier extranjero, se usaba el ábaco para hacer las cuentas de la compra. No había pastas de dientes, no se encontraban cubiertos para comer, sólo palillos chinos. Y así una gran cantidad de productos y servicios que para el mundo occidental eran comunes, pero ahí, por su cultura, no se utilizaban.
El diario escupitajo en las calles del país, era un sonido desagradable, ante la perplejidad de los foráneos y los baños públicos se detectaban por el olor a orín y excremento. En fin que la lista de costumbres, tradiciones y escenas poco sanitarias que se veían en ese país, es larga.
Lo admirable, hoy en día, es ver cómo esa sociedad ha evolucionado. Cómo ha crecido y, sobre todo, cómo su gente se ha vuelto disciplinada y solidaria, de tal manera que en estos días son un verdadero ejemplo para el resto del mundo, por ver cómo han enfrentado la epidemia del coronavirus.
Puede haber formas de superar la crisis sanitaria que ahora vivimos y todos tendremos fórmulas efectivas, pero no hay que olvidar que todo parte de cada uno y hacia los demás, con responsabilidad, disciplina y conciencia.
Seguro que saldremos de esta dura prueba, como China ya lo empieza a hacer, porque al final todo lo que sucede es consecuencia de nuestros actos, por eso es importante que estos sean buenos y conscientes para que entre todos podamos solucionar la crisis.
¡Vamos!
ROCÍO RUIZ SALDIERNA / En cuarentena / Valencia, España / Marzo 22 de 2020.

